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Por estas extrañas, pero buscadas, coincidencias, estoy estudiando historia del arte e historia del mundo contemporáneo, a mi modesta altura y comprensión, que no es mucha. Y me asombro de ver, de leer, de saber, que esa misma especie que es capaz de crear tan bellas catedrales, tan magníficas pinturas, tan extraordinarias melodías, es la misma de hacer dos guerras mundiales, de crear bombas atómicas, de construir campos de concentración, de fusilar a su propia familia, de violar mujeres y reventar niños. Da que pensar que sea la misma especie, que tal vez antes de lanzar un misil sobre una población sea capaz de emocionarse con Bach, o que después de temblar de rubor ante una pieza de Brahms pueda matar a un ser humano o algo con vida. No me cabe en la cabeza, aunque entiendo que es así, que el ser humano tiene en su interior todos los demonios del infierno a la vez que todos los ángeles del cielo, y que unas veces afloran unos y otras veces los otros. Extraña raza.

Tal vez no haya santos perfectos, ni malos perfectos, tal vez es un cúmulo de actos los que determinan qué somos más. El propio Hitler, estereotipo de maldad, era capaz de emocionarse con Wagner, que digan lo que digan los que odian (y con motivos) a los nazis, era un compositor muy bueno, un gran músico. ¿Puede un hombre sensible hacer cosas malas? ¿Puede un hombre rudo hacer cosas buenas? ¿Está en las sencillez más absoluta la más absoluta belleza? ¿Puede la belleza conducir al horror? ¿Puede haber una bondad sesgada? Son muchas preguntas de este estilo. Hasta un hombre malo es capaz de dar cosas buenas a sus hijos. Pero hay tántos puntos de vistas, tántas clases de personas, tántas formas de expresar los sentimientos… El autor del Pijama a Rayas, con su genial nóvela, muestra a un padre bueno que era el director de un campo de exterminio, una narración mezcla de inocencia y de locura, de sinsentidos, de sueños rotos, de pesadillas reales… La Lista de Schindler es otro ejemplo. Pero no hay que centrarse en el ambiente nazi y en el exterminio judío. En otras guerras, en otras contiendas, en otras persecuciones, en otras catástrofes, el ser humano a sacado lo peor de sí y lo mejor de sí, incluso en la misma persona ambas cosas. ¿De qué madera estamos hechos? Creo que en los grandes acontecimientos es donde sale a relucir lo que realmente pesa en nosotros.

Yo tengo mis respuestas a preguntas como estas, y aunque equivocado puede que esté, sé los entresijos del corazón humano, porque al examinar mi alma veo la condición humana, y todos somos así. No puedo creer que en lo más profundo del más horrible asesino no hay un rescordo de amor, quizás gritando salir, quizás enterrado entre millones de toneladas de rencor. Me cuesta creer, asimismo, que la profundidad más absoluta de un santo no haya un hueco para la ira, para la lujuria, para el rencor, quizás machacado por millones de toneladas de buenas acciones, de amor, de bondad. Por los frutos los conoceréis, será que al final solamente cuenta lo que hemos hecho, no lo que somos capaces de hacer; porque todos somos capaces de hacer las cosas horribles que vemos y las cosas maravillosas que comprobamos.

Conociendo estas cosas no es de extrañar que tengamos que pedir el perdón de nuestras deudas, a la misma vez que perdonamos a nuestros deudores. Pero, ¡es tan difícil perdonar! Lo es, y lo es porque nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos, nos cuesta porque la ceguera del rencor no nos deja ver más allá del sufrimiento. No podemos encontrar la paz en nuestro corazón porque el perdón no es sincero, porque la mansedumbre no está en nuestra alma. Nos falta la humildad, esta mágica virtud tan imposible obtener.

Hoy voy a bajar la cabeza y voy a pedir perdón, a Dios tal vez, a mí mismo seguro. Será un primer paso para poder perdonarme a mí mismo. No sé si seré lo suficientemente humilde como para pedir perdón a otros, quizás se me debieran de abrir los ojos para ver a quién ofendí, que de seguro fue a muchos; porque esta es otra cuestión, la capacidad de ver el daño es primordial para enmendarlo.

1. El pelo de los ángeles

Es un fenómeno natural rara vez visto, sobre el cual los científicos todavía no tienen explicación. Se trata de un material filiforme, suave y liso, que desciende del cielo al suelo, pero se evapora y desaparece al momento de caer en el suelo y antes de ser visto por la gente. Este fenómeno sucede en todas partes del mundo, y frecuentemente hay personas que declaran haber hallado pelos de ángel en lugares donde se han producido fenómenos OVNI.
 

2. Mapa de Pill Rees

Es un mapamundi antiguo mundialmente conocido, elaborado por Pill Rees, almirante de las fuerzas navales del Imperio Otomano y especialista cartógrafo del siglo XVI. El mapa presenta con precisión la topografía de una parte de la costa occidental europea, el norte de África y la costa de Brasil.

3. El Arca perdida de la Alianza

Considerada como uno de los mayores tesoros del mundo, el hallazgo del Arca presentaría un hecho irrefutable: que las descripciones del Antiguo Testamento se acercan a la realidad. El Arca perdida de la Alianza, que se guardaba en el Sancta Sanctórum del Templo de Salomón en Jerusalén, es uno de los mayores enigmas en la historia de la Biblia. Para los creyentes, el Arca es el valioso recipiente que contiene las Tablas de la Ley con los Diez Mandamientos entregados por Dios a Moisés en el Monte Sinaí.

4. Objeto metálico de hace 65 millones de años

El ser humano no existía aún hace 65 millones de años, y menos aún el ser humano podía elaborar instrumentos metálicos. Sin embargo, una creta (una clase de calcita blanda) de 65 millones de años de antigüedad hallada en Francia contiene dentro un tubo de metal en forma de semihuevo.

5. Fósiles de existencia imposible

Hasta el momento aún queda cierta cantidad de fósiles que no se pueden evaluar mediante la geología o la paleontología. Por ejemplo, el fósil de un dedo humano, hallado en las rocas calizas de la zona ártica canadiense, tiene una historia que se remonta a hace 100 ó 110 millones de años. Y en el estrato sedimentario de esquistos de la región de Delta, en el Estado norteamericano de Utah, se ha descubierto un fósil de huella humana, dejada posiblemente por unas sandalias, cuya historia puede datar de hace 300 a 600 millones de años.

6. Libro de Oera Linda

Es un manuscrito de los polémicos frisones, antiguos habitantes de la región al norte de Holanda, que incluye temas de historia, mitología y religión. Llamó la atención de la gente por primera vez ya en el siglo XIX.

7. Enormes bolas de piedra de Costa Rica

En los años treinta del siglo pasado, unos obreros de la construcción, al abrir camino para una plantación de bananos en el bosque de Costa Rica, descubrieron de repente decenas de bolas redondas misteriosas, con tamaños que iban de una bola de pingpong a un diámetro de ocho pies y con diferente peso, hasta 16 toneladas. Quiénes han hecho estas bolas perfectas y por qué constituye realmente un enigma.

8. Piedras de Ica

Un antropólogo peruano ha reunido más de 1.100 piedras de andesita. Todas ellas, cuya historia puede remontarse a hace 500 a 1.500 años, han sido conservadas considerándose como piedras de Ica. Lo sorprendente está en que éstas tienen grabados con muchos motivos, algunos de ellos muestran escenas sexuales, de operaciones quirúrgicas de corazón o transplantes de cerebro, y algunos muestran con claridad imágenes de dinosaurios, estegosaurios y pterodáctilos.

9. Piedras de Dropa

En 1938, una expedición arqueológica dirigida por Qi Futai descubrió en unas cuevas de la cordillera de Bayanhar, en el Tíbet de China, vestigios de una cultura asombrosa de la antigüedad remota: en las cuevas están enterradas centenares de piedras, que según parece tienen una historia de 10.000 a 12.000 años. En el centro de cada piedra está grabado un círculo y una hendidura cóncava espiral. Estas hendiduras, al girarse, parecen unos pequeños jeroglíficos contando historias fantásticas sobre el aterrizaje de naves espaciales procedentes de un mundo lejano en esta cordillera. Los locales llaman a los seres inteligentes que conducen estos vehículos similares a OVNIs como “Dropa”. Es posible que los restos de sus descendientes estén conservados aún en las cuevas.
10. Bolas metálicas con hendiduras cóncavas de la antigüedad remota en Sudáfrica

En los últimos 10 años, los mineros de Sudáfrica han excavado unas bolas metálicas misteriosas, cuyo origen todavía no está claro. Estas bolas tienen un diámetro de alrededor de una pulgada y tres hendiduras cóncavas paralelas. Aún no se conoce su forma de elaboración ni su uso.

Esta lista está tomada de la web: Spanish.China.org.cn, cuyo enlace es el siguiente: http://spanish.china.org.cn/science/txt/2009-12/25/content_19130554.htm La lista, a mi juicio, podría ser más extensa, pero los que están son verdaderamente enigmáticos, y en muchos casos no existe explicación racional, al menos a la razón de la ciencia actual, que muchas veces obvian los hallazgos de este tipo, que es más fácil que redefinir lo que se sabe.

Dulces sueños

Ante la inmensidad de la vida, ante la puerta de los misterios, ante la infinitud de las estrellas, ¿cuántas preguntas nos vienen a la cabeza?

Preguntas sin respuesta, ahogadas en un profundo suspiro, en el suspiro de un enamorado. Apreciamos de repente la pureza, la pureza con contiene y conlleva tales pensamientos; lejos del mundanal ruido, donde todo es engaño y odio.

Como los suspiros de un enamorado, sí, un enamorado sólo vive para su amada, se centra en ello, no hay más allá ni más acá de ella, no existen preguntas ni respuestas fuera de ella. Es el encanto y el embrujo del amor que lo embarga. Así cuando miramos a la inmensidad.

Sueños, suspiros, suspiros y sueños. ¿Qué diferencia hay entre un bello sueño y estar muerto? ¿Estar muerto es soñar eternamente? No. La vida, la vida es una, no se le conoce principio ni fin, la vida es una, toda ella es un sueño, la muerte, los acontecimientos, las cosas, no son más que parte de ese gran sueño.

Ayer era un niño hoy soy adulto, pero el ayer y el hoy es lo mismo. Ayer había nacido, mañana moriré, hoy me hago preguntas, pero el ayer y el mañana es lo mismo. Todo forma parte de un gran sueño, el sueño de la vida.

Liberémonos de las ataduras mentales, de las certezas, de las creencias, y vivamos en un perpetuo baile, muestrario de música. Porque no todo tiene tanta importancia como se le adjudica, y hay cosas que parecen ñoñas y son imprescindibles.

Dulces sueños, que tengáis dulces sueños, porque la vida es sueño, y no es de Calderón de la Barca.

Detrás de mis ojos

¿Quién nos negará que unos ojos así no son en realidad un grito al Cielo, un hasta cuándo Señor, hasta cuándo? Ojos de esperanza porque sólo se espera, sólo se espera. ¿Y qué esperamos? ¿Nada? ¿Todo? ¿Que vengan a rescatarnos de esta atrocidad llamada vida que hemos convertido en muerte, en parajes de zombies? ¿En que nuestro espíritu trascienda mares allende, brincando infinitos y eternidades? ¿En qué de repente todos demos un salto evolutivo y empecemos a usar la cabeza, ese 90 % que no usamos, y el corazón, ese 100 % que no utilizamos?

Muchas veces he perdido la esperanza, creo, muchas veces la he recuperado, a veces me siento a contemplar mi propia estupidez, mi pequeñez, otras cabalgo entre los dioses, hinchado de orgullo y vanidad. Muchas veces he sentido la llamada compasión universal, otras hubiera sido capaz de destruir el mundo. Muchas veces miro el lado negro de las cosas, otras el lado blanco. Mis sueños se han podrido dentro de mí, haciéndome daño anda las muy jodidas ensoñaciones, aquellas que me llenan a veces de temor y siempre al final de esperanza. Pero mi esperanza no es más que un grito al Cielo, un decir: “Esto debe acabar alguna vez”. Porque yo, al igual que tú, ando sediento y hambriento, pero de paz, de libertad, de justicia, de amor.

A veces pienso que nada tendrá solución, que en realidad estamos abocados a incrementar nuestra ignorancia y a autodestruirnos. Pero pienso, también, no será esto como  lo de Sodoma, que cuando salga Lot… Pero también me mueve ciertos hilos; y dígome que aunque no llegue a ser lo de Jonás, habría que intentarlo, que debemos intentarlo, que debemos correr el riesgo de convertirnos en estatuas de sal, si es que no toca este lado de la historia, que creo que sí.

A veces lloro, pero no por aquello que me toca directamente, aunque todo toca al final directamente, lloro por los horrores que contemplo, por el mal que se hace, el daño que se provoca a los semejantes por cualquier razón. Lloro por la ignorancia, por el fanatismo, por los rencores, por las venganzas, por las discriminaciones, por los que tienen hambre y sed, de pan y agua, de justicia y equidad, de paz y libertad. Lloro por aquellos que siendo indefensos son víctimas de la guerra. Lloro porque existen, hay, millones de niños, de jóvenes, que ya tienen los ojos cargados, de dolor, de odio, de derrota, y han perdido esa sonrisa del que espera con esperanza, porque ya sólo les queda el grito al Cielo y a veces ni eso.

¿Hasta cuándo estaremos así? O mejor: ¿Dios mío, Dios mío, por qué nos has abandonado?

La ignorancia

Me sorprendo, a veces, pese a mis experiencia, del comportamiento de la gente; como si no conociera ya de qué pie cojean la mayoría. Supongo que nunca se deja de aprender, de ahí la razón de las sorpresas.

No hay peor traba (pecado según teorías) que la ignorancia. Ya Buda tachó a la ignorancia como uno de los capitales obstáculos para alcanzar la iluminación, lo que no me extraña, pues la ignorancia es y vive en oscura sombra, valga la redundancia. A esta lacra, que parece insalvable a priori, le supera una peor, la ignorancia del que cree saber, y es aquí donde la iluminación, el Nirvana, el Reino de los Cielos, se hacen un hito inalcanzable. Es delitoso saberse ignorante y no intentar obtener conocimientos y alcanzar la sabiduría; es aún mayor delito, creerse sabio y por ello no intentar adquirir conocimientos y por supuesto alcanzar una sabiduría, ya que según éstos ya son sabios.

Una vez más hay que hacer un alegato a la humildad. Humildad, señores, humildad, la pequeña llave que abre las gigantescas puertas del Reino o del Nirvana. La falta de humildad, su carencia total a veces, hace que los ignorantes alcancen altas cuotas de fanatismo; fanatismo que disfrazan con razonamientos, a mi juicio insostenibles. Tales argumentos productos de la ignorancia fabrican defensas a ultranza, violencia, rudeza… Sí, es la violencia fiel reflejo del que carente de razón quiere defender su ignorancia. La intimidación es una clase de violencia, el tono incluso, el mensaje oculto de una conversación también lo puede ser. La violencia tiene muchas formas de manifestarse. Unas veces se manifiesta en sus sucio esplendor, con toda la ira, con la fuerza bruta, con sangre; otras con una mirada, con una palabra, con un tono, con una omisión. Todo es fruto de la ignorancia.

¿Como se conoce a un ignorante? No se puede conocer por las razones o argumentos, cualquier disparate puede ser verdad, cualquier convención puede ser una locura; el ignorante se le reconoce por sus frutos, por sus actos, por los medios que utiliza para imponer su criterio. Si yo veo que uno adora a una piedra, a la cual habla y reza, pero obra bondad y no ataca a quien le contradice, puedo decir, que aunque no comparta su visión, estoy ante un no-ignorante. Si otro, adore lo que adore, o no adore, si tiene que acudir a la violencia, a la falta de humildad, y está pintado de fanatismo, entonces estoy ante un ignorante.

El amor por la vida, por aquello que contiene vida, y el sentimiento de misericordia por el prójimo, es una señal de sabiduría. La capacidad de perdón, de corrección, de enmienda, de entrega, son señales inequívocas de que estamos ante un sabio, un iluminado. Puede que no sepa sumar, ni siquiera escribir o leer, pero estaremos ante un sabio. De nuevo son los actos los que define a un ser así, del mismo modo que la violencia es el acto que delata a un ignorante, la paz define al sabio.

La paz, ¡cuán deseada paz y cuán lejos de este mundo de ignorancia! Aún así y todo, el ignorante es digno de misericordia, porque anda perdido y no lo sabe, y esto es muy triste.

La Atlántida

La Atlántida: lo que la ciencia oculta

La Atlántida: el continente perdido

La Atlántida en Andalucía

La Atlántida en los Andes

Video-Conferencia sobre la Atlantida de Platon en la Universidad. Madrid, Spain

Creer para ver

Pienso, al igual que algunos, que no es necesario ver para creer, sino que hay que creer para ver, la esencia de esta afirmación es la que me dicta a pensar que todo cuanto veo es porque es lo que creo, así que finalmente, cuando veo estoy creyendo, pero el principio de todo esto es la creencia, es la amplitud de espectro de mirada, la intensidad de la señal que somos capaces de sintonizar, percibir. Soy el que soy porque así me veo, porque al creer hago mi realidad. También puede ver y no creer, aunque si lo estoy viendo es porque lo he creído antes, por lo que aquello que pienso que no creo realmente lo creo y por lo tanto lo estoy viendo. Sé que es un galimatías, pero es necesario sumergirse en este intrincado trabalenguas para sacar conclusiones, que aunque no definitivas si son suficientementes ilustrativas como para hacernos ver la realidad, para hacernos creer y para darnos a entender en lo que creemos.

Mi cuerpo, este que escribe, es un vehículo que mi consciencia, mi yo, mi ser auténtico o esencia, ha tomado para desenvolverse por este mundo. Todo es energía, como apunta el hermetismo, y mi ser es energía que manipula otras energías, mi cuerpo, que manipula otras, el mundo. Cuando nos llega la hora de la muerte soltamos lastre, nos deshacemos de una carga, de una energía sobrante y prescindible, y continuamos nuestro viaje por el basto e inacabado infinito, por la basta e inacabada eternidad.

No soy capaz de atravesar paredes por no creo ser capaz de hacerlo, si de todo corazón lo creyese sé que sería capaz de hacerlo. Este ejemplo serviría para otros, miles de millones. Si realmente tuviese fe (creencia auténtica) podría mover montañas, crearlas, destruirlas, hacerlas de chocolate… Si realmente tuviera fe podría crear universos nuevos, ser un dios omnipotente, el inicio de una eternidad, el centro de un infinito… si realmente tuviera fe sería como Aquel que está sobre mí, el cual tuvo y tiene fe. La fe no es creer en una sarta de estúpidas enseñanzas, en una retahíla de dogmas o practicar con afán y énfasis una disciplina religiosa. La fe, aunque relacionada con la religión, con cuestiones espirituales, va más allá de todo, es una actitud cierta y verdadera con la creencia en uno mismo.

Cobra sentido el pasaje de la Biblia, la presentación de la “llama” a Moisés: “Yo soy el que soy”. Pues bien, a eso es a lo que hay que llegar, al convencimiento del “Yo soy” Más allá del cuerpo, del alma misma, del nombre, del día de nuestro nacimiento, de nuestra vida, está el “Yo soy”, una energía capaz de transformar mundos y universos.

Si crees que no eres, no serás; pero si crees que eres, serás.

La balanza de mi alma

Wagneriano es el sentir que a veces tengo, como una tormenta que se ve impedida amainar, trágica como el trueno, escatalógica como el rayo, apocalíptica como el viento huracanado, así son mis sentimientos a veces. Pero otras es como un mar sereno, como un contemplar la brisa en los árboles, como un arrullar de una tórtola o un arrumaco de un bebé, o como el ronroneo de los gatos. Los sentimientos son así, son mis sentimientos así. Del mismo modo, mis pensamientos sufren esos vaivenes, eso zigzageantes movimientos, se alzan y caen empicado, y desde lo profundo remonta el vuelo como un ave fénix. Y qué decir de mi alma, ¡oh mi alma!, base de la balanza donde se pesan las anteriores, donde emociones y pensamientos intentan equilibrarse. Es mi alma la que da la medida, la que dice donde se debe pesar más o menos. Cuando pesa mis pensamientos, son mis sentimientos los que imploran, lloran, gimotean a mi alma que los tenga en cuenta. Cuando son mis sentimientos los que dan el do de pecho, son mis pensamientos, los que con razones y lógicas intentaan convencer a mi alma que los tenga en cuenta. Es mi alma la que equilibra o desequilibra.

La Bella y la Bestia

Siempre he pensado que la Bella y la Bestia son dos caras de una misma moneda, que ambos rostros están en nosotros, que forman parte de nuestro interior. A veces dejamos ver el ogro, otras la dulzura, algunas veces llevamos un tiempo siendo la Bestia, otras la Bella, hay gente que se acostumbra a ser uno de ellos que se olvida que es el otro. Somos ángeles y demonios, blancos y negros, del norte y del sur, de aquí y de allá, somos el uno y el otro, la cara y la cruz, el yin y el yang, somos una dualidad. Pero no nos engañemos, al igual que el símbolo de yin-yang, nuestro yang está manchado de yin y nuestro yin de yang. Tal vez radique el secreto de la dualidad en el equilibrio, bueno, estoy convencido de ello, creo que el secreto está en el equilibrio, no se puede ser una Bestia pura, ni una Bella pura, hay que equilibrar la balanza.

Perder el tren

No sé ustedes, pero yo, a veces, muchas veces, pienso que cuando uno pierde un tren, es ya un acto balde e infructífero intentar pillarlo. Me pregunto qué debo hacer, si esperar a otro tren con el mismo destino, o echar a correr detrás del que perdí, o tal vez ni siquiera coger uno que vaya al mismo lugar. Una cosa es cierta, cuando pasa el tren, ése, el que se va, jamás volverá; pasará otro, quizás mejor o quizás peor, que vaya a la misma estación o a una más idónea; pero nunca será el mismo, será otro. ¿Quién no ha perdido un tren? Todos, en mayor o menor medida, hemos perdido alguno, yo muchos, soy consciente. Debiéramos aprender a no perderlos, pero el caso es que algunos nos sorprenden atándonos los cordones en el arcén, otros comiéndonos la merienda, otros en una atasco, incluso los hay que se confunden, dejando pasar el tren creyendo que no es el suyo.

En el amor pasa mucho lo de perder el tren, no ya en el amor apasionado de pareja, también en otros tipos de amores: filiales, paternales, amistosos, etc. En las oportunidades que la vida nos brinda, también perdemos el tren: trabajos, viajes, amistades, estudios, etc. Muchos no pueden soportar el sentimiento de perdida y frustración, viviendo acongojados, en silencio, o a grito pelado, con tristeza, hundimiento, dolor en el alma… Otros se alegran al perder ciertos trenes, con el paso del tiempo, porque los futuros les fueron mejores.

¿He de perder este tren? ¿Es mi tren? ¿Dónde me llevará? Algunos se montan al primer aviso: “¡Pasajeros al tren!” Otros, más rezagados, lo cogen en el último segundo, casi decapitando sus extremidades. Y los hay que jamás volverán a ver ese tren, otros sí, pero ése no.

Miro con nostalgia, con cierto apesadumbramiento, con la zozobra que da verse desde fuera sintiendo desde dentro, a los trenes que he perdido, sin saber si acerté o no. Algunos los perdí sin querer, me obligaron a perderlo, y a éstos también los miro con emoción, incluso con remordimiento de conciencia. Pero ya es tarde para enmendar el pasado, aunque no para llorarlo. Ya es tarde para desear lo que jamás volveré a tener, aunque no para un futuro, donde aprendida la lección sepa elegir.

Todo esto imprime carácter, desarrolla la personalidad, dice de qué madera estamos hecho; porque en definitiva somos… somos lo que tenemos y lo que hemos perdido, lo que somos y lo que no somos… somos un complicado páramo, donde coexisten la yermas hierbas secas y las más bellas flores… muerte y vida… sufrimientos y alegrías… desasosiego y esperanza.

Hay un tren que jamás me gustaría perder, que pido a Dios jamás perder, un tren que si pierdo no podría vivir, en el que todo en mí sería negrura y dolor: el tren del amor de mis hijos y el amor a mis hijos. Quizás algún que otro tren me produzcan sentimientos parecidos, que se pueda decir y sospechar que me han dejado destrozado; pero jamás se acercará al terremoto que podría producir perder, que produciría,  el tren de mis hijos. Efectivamente; y sé que para no perder ese tren, deberé estar alerta. Sé además, que mis hijos y yo vamos ya en el mismo tren, por lo que en este caso, el temor es que yo pueda bajarme en una estación anterior o que alguno de mis hijos se bajen en otra.

¿Cuántos trenes habéis perdido? ¿Qué tren jamás quisierais perder?

Desnudaros sin avergonzaros

El evangelio de  Tomás dice: “¡Cuando os desnudéis sin avergonzaros, os quitéis vuestras ropas y las depositéis a vuestros pies a la manera de los niños pequeños, pisotéandolas! Entonces os convertiréis en los hijos de Aquel que vive, y ya no tendréis temor.” Este evangelio apócrifo, egipcio copto, perteneciente al  códice X de Khenoboskion, atribuído al apóstol en principio, es uno de los más hermosos, en comparación con el resto de apócrifos de su estilo: dichos o hechos de Jesucristo. Este esotérico libro se asemeja en fuerza, aunque centrándose casi en exclusividad en los dichos, a los evangelios canónicos, a medio camino entre los sinópticos y el de San Juan.

Centrándome en el pasaje que he traído, no para examinar en exhaustividad, sino más bien para hacer ver la profundidad del mensaje, he de discurrir por pensamientos un tanto anárquicos, pero no exentos de sentido, con la intención de hacer valer el mensaje en sí y el libro en general. Recomiendo la lectura sin comentarios y luego una posterior lectura con los mismos, como el magnífico monográfico de Jean Doresse, L’Evangile Selon Thomas (El Evangelio según Tomás, Editorial Edaf, 1989)

Es interesante ver como los niños, desprovistos de malas intenciones, de maldad en sí, de motivos para sentirse avergonzados, con capaces de desnudarse, mostrando sus cuerpos sin pudor, y a la vez comprobar como los adultos, en cambio, siente vergüenza, pudor. El pasaje, por supuesto, no habla de cuerpos reales de carne y hueso, un evangelio gnóstico como éste expone parábolas, hace comparaciones, pero siempre se refiere al alma, al espíritu. El cuerpo es el alma, a veces el propio Cristo, a veces la Iglesia, entendida ésta como el conjunto de seguidores o discípulos de Cristo, más que como institución. ¿Qué significa, pues, la desnudez?, ¿y la ropa?, ¿y el acto de pisotear?, ¿cuál es el temor que se pierde? Aquel que vive se entiende por Dios, por el Padre, con apuros incluso un Cristo Pantocrátor; aunque dado lo que se describe en otros pasajes, tiendo a creer que Aquel que vive es Padre de Aquel que resucitó entre los muertos.

Despojarse de las ropas es librarse de los supérfluo, de aquello que estorba, de todas las capas que producen dolor, pudor, que impide transpirar nuestra verdadera identidad. Conforme crecemos en la mundo vamos vistiéndonos cada vez más, una capa de esto, una capa de aquello, y al final es tal la carga que no podemos ni andar. Mientras no nos damos cuenta de lo que soportamos no sentimos vergüenza, creemos que es lo natural, lo normal, la lógica, la ortodoxia; pero cuando despertamos  y miramos lo que portamos, sentimos el pudor de estar de ese modo, lo cual es positivo puesto que nos obligamos a cambiar. Desvestirnos es el siguiente paso, buscando la desnudez, la pureza, la esencia, la transparencia, el brillo de nuestra alma. Entonces, desvestidos, libre de aquello que nos producía tántos males y sufrimientos, nos mostramos ante Aquel tal como somos, hijos del que vive, reconocidos por Él como tales. Pisamos entonces nuestras ropas, en señal de rechazo: me he desvestido y no quiero volver a vestirme. En el acto final de esta obra, perdemos el temor, palabra, acepción que guarda el verdadero secreto del pasaje. ¿Qué es “perder el temor”?

Vivir con miedo es horrible, nos demos cuenta o no de lo horrible que es, seamos o no consciente del miedo que tenemos. Lo tememos todo: perder el trabajo, perder el honor, la fama, el dinero, la salud, perder en definitiva, nos da miedo y vivimos con el miedo de perder, de perder lo que apreciamos, y más aún, de no encontrar lo que buscamos o deseamos; es miedo, pánico, temor pegado en las carnes, como aquellas vestiduras descritas, porque no solamente nos vestimos de vergüenza, también de miedo. La paz es la que nos trae el fin del miedo, la paz sosegada, cuando no tenemos nada que temer, cuando el lastre de toda la roña que debe avergonzarnos y nos avergüenza, queda fulminada bajo nuestros pies descalzos. Sí, pies descalzos, mirada clara y corazón desnudo, verbos, sustantivos y adjetivos que debieran ser nuestros objetivos.

No me canso de repetir, en todos los post que puedo: la humildad es la que nos acercará, la que hará que lleguemos a sentir la paz. Es una paz eterna, porque el pasaje habla de muerte, pero no una muerte que llena cementerios de ladrillos, sino una muerte que destruye el hombre viejo para hacer renacer un hombre nuevo, la muerte del hombre vestido para que renazca, resucite, un hombre desnudo, un uno con Aquel que vive; porque disfrazados no somos reconocidos, pero mostrándonos como realmente somos en esencia sí seremos reconocidos.

Sé que este tipo de lenguaje es difícil de entender, del mismo modo es tremendamente agotador intentar hacerlo comprender, explicarlo, porque al margen de evangelios, de incluso creer en Aquel que vive, hay ciertas pautas que se deben cumplir y ciertos caminos que se deben recorrer para que podamos evolucionar espiritualmente. Espero haber cumplido hoy mi misión de explicar lo que siento, lo que osadamente creo conocer.

Los males de la televisión

La tele entretiene y manipula, conduce nuestro entretenimiento, nos dice qué debemos pensar, qué debemos decir, cómo debemos vestir, qué tenemos que creer. Lo más irónico es que caen en sus redes hasta los que se creen más listos, más intelectuales, porque al igual que los alcohólicos niegan su vicio, su adicción. Al estar casi todo el mundo manipulado no es consciente de la propia manipulación, se cree que sus pensamientos son propios.

La televisión, al ser visual y sonora a la vez, va directamente al hemisferio derecho, al cerebro emocional e intuitivo, al que nos convence o persuade por las emociones, los sentimientos; he ahí el poder que tiene este instrumento. Es tal la cultura o contracultura que ha impuesto que si de repente desapareciera la gente vagaría sin rumbo, a colisión abierta y frontal contra todo. No puedo haber mayor manipulación. Cierto que todo y todos manipulamos, de un modo u otro, va en nuestra forma de ser, lo grave está en lo positivo o negativo que nos quiere conducir tal hecho, y cuando es por dinero o por poder o por ambas cosas a la vez, es para echarse a temblar.

No nos engañemos, la tele no tiene vida propia, es el instrumento de alguien. La tele tiene un dueño o dueños, o es una familia poderosa o una poderosa corporación. Y éstos son ordenados o conducidos por otro u otros, que marcan el mensaje, la publicidad, etc.

Entretiene, y a través de la publicidad nos busca entretenimientos fuera de ella, de la tele, pero conducida a priori, para no salirnos del eje de sus propósitos. Esto también es útil, de ese modo no nos paramos a pensar. Es el círculo vicioso, todo el día ocupado trabajando para poder pagar mis deudas, y el poco tiempo libre entretenido para no ver mi orwelliana vida, encima manipulado para pensar de lo beneficioso del capitalismo, del consumismo, de la maquina vibradora, de wii, del lcd 5o pulgadas, etc. y vuelta a empezar, más consumo, más deuda, más trabajo, menos tiempo, igual todo a esclavitud. Todos estamos metidos en esta trampa maldita, donde la tele juega el principal papel de propaganda. Y no se ve salida, no se ve forma de huir, es terrible.

La gripe A es un ejemplo de esta manipulación, parece el acabose, la gente huye despavorida como en la películas de terror de serie B. ¿Cuántos mueren de gripe A? Creo que mueren más gentes atragantados por galletas o resbalados en el baño. Aún así ha vendido tan bien la moto que todos creen que este tipo de gripe es peste negra del siglo XXI. Empresas, intereses creados, a través de la tele, han obligado a los cerebros de las gentes a pensar de una determinada forma. Luego, entre que te obliguen a poner la vacuna de la A y entre que la gente peleará por pinchársela, muchos ser hará ricos o Dios sabe qué. Este mismo ejemplo sirve para miles de campañas por el estilo, largo de contar, desde enormes campañas tipo 11S, hasta pequeñas como la telefonía móvil, desde grandes intenciones a pequeñeces con importancia, desde una línea de pensamiento general a volcar en la plebe, hasta vender una vídeo-consola.

A la gente no se le da lo que demanda, esto es una falacia, a la gente se le conduce para demandar y a partir de ahí crear la oferta. Es el implacable mundo del marketing, la publicidad, el consumo. La publicidad normal ofrecería, en un abanico de posibilidades, un producto en cuestión que necesita o va a necesitar alguna vez (puede venderle una caja de pino antes de la cuenta) La publicidad terrible, le va a ofrecer un producto que jamás va a necesitar o que jamás hubiera pensado en comprárselo, pero como usted no se lo va a demandar, le va a comer el cerebro tanto que terminará suplicando ese producto. Éste tipo de publicidad brutal, que manipula a través de instrumentos psicológicos, es ya la orden del día, incluso hasta para productos normales: “si compra esta marca de pan será feliz, si compra la otra será un desgraciado”. Esto es otro, el mundo de la marca o logotipo, ¿qué demonios es esto? Quiero que lo sepa todo el mundo: la marca no hace más calidad o la calidad no es tan significativamente superior como para pagar más, huyan de las marcas. Si todos no conformáramos con lo esencial, con lo justo, con lo honesto y con lo realmente necesario, otro gallo cantaría en el mundo, temblarían los cimientos de mundo que conocemos, es así.

Para acabar, unos consejos:

  1. Ver menos la tele o no verla siquiera.
  2. Leer más: mucho ensayo y algo de ficción.
  3. Consumir lo que realmente necesitamos.
  4. Desterrar el concepto de marca de nuestra mente.
  5. Tener más contacto con la naturaleza.
  6. Regalar libros.
  7. Ser solidarios siempre: no cuando diga la tele.
  8. Buscar siempe versiones alternativas para confrontar.
  9. Hablar poco y escuchar más.
  10. Aprovechar el tiempo e intentar ganarlo.
  11. Otro día más…

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