Recuerdo un amor, pero no su cara. Por más que me esfuerce no logro hacer una imagen en mi cerebro, ni siquiera soy capaz de acordarme de fechas, ni ya de las anécdotas. No obstante, pese a todo, recuerdo un amor, que la amé, que sentí pajaritos en mi estómago y mariposas en mi pecho, que lloré de tristeza cuando la perdí. Recuerdo que sentía que el mundo se inclinaba ante mí, cuando escuchaba decir de sus labios mi nombre. Recuerdo que cada vez que estaba con ella era como tener una banda sonora, como las películas románticas, era como flotar. Nunca la besé, creo que ni siquiera la abracé, pero recuerdo que la amé. El tiempo borra muchas cosas, machaca muchas historias bajo sus pesadas ruedas, es como un tanque de guerra que deja la desolación tras de sí. Pero es una paradoja, después de que el tiempo aniquile, queda lo más puro, lo esencial, lo que nada ni nadie pueden borrar, ni aunque se quiera. Quizás al tener otra cara que mirar ahora ya no recuerdo las anteriores, pero el amor, lo que se sintió, aunque se viva de nuevo, no puede borrar las anteriores experiencias, quedan ahí. Así que amo a mi mujer y además amo unos recuerdos de amor, que no a quienes amé.
La nostalgia es un dulce veneno que se bebe a sorbos.












