Planeta Prisión a la vista

Mi libro, Planeta Prisión, cuando lo lees pudiera parecer un libro pesimista, duro, desalentador, y esa sensación del lector es buscada, adrede, para advertir de los peligros que estando ya inculcados en la sociedad, pueden enquistarse aún más, de tal modo que llegará a ser un problema bastante grande, gigantesco.
El peligro es la dependencia absoluta a la tecnología, y cuando digo absoluta digo absoluta, sin medias tintas. Me refiero a la tecnología que sustituya o dé solución a problemas que se deben solucionar y paliar de un modo distinto. La tecnología no debe ser sustituto de la espiritualidad, ni del amor, de las relaciones afectivas, ni de otros aspectos afectivos y espirituales del ser humano. La tecnología debe propiciar, ayudar, ser bastón, pero nunca debe sustituir por completo esos aspectos.
No digo más para no destripar el libro, pero pese al pesimismo que pudiera estar impreso en sus letras, tiene encerrado un mensaje de esperanza, pues es un aviso y como todo aviso siempre se hace antes de que suceda, y eso nos da tiempo para enmendarnos.
Las redes sociales, Internet, la dependencia a estos medios, a estos modos, es cada vez mayor. Para mucha gente es la tecnología dueña no es persona dueña de la tecnología. Basta con salir a la calle para darnos cuenta de ello: todos con la cabeza agachada en los móviles, todos grabando cada instante de su vida… En sus casas lo mismo, enganchados a la red, haciendo amistad o ligando con gente de otras partes, que mienten igual, más o menos.  O jugando con multitud de aplicaciones y redes de juegos. O creyendo todo cuanto tiene muchos seguidores o votos…
Hay un enorme peligro, está ahí, amenazando, y no nos damos cuenta porque nos gusta mucho. Tendría que escribir un libro completo sobre el tema para poder explicarme; pero no tengo tiempo para ello. Sirva de advertencia la novela. ¡Leedla posibles malditos!

En este enlace Planeta Prisión

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El furor del cambio

Voy a ser claro: con el tiempo uno deja de creer en cosas que creía, cree en cosas nuevas, incluso las que pensaba que nunca iba a creer, otras creencias se enquistan y forman parte de uno mismo como un hueso, otras se desvanecen como arena en las manos, etc. Hago bueno el principio de mutación e inmanencia y trascendencia, todo.

Creo que es ridículo llevarse toda la vida con el mismo pensamiento, con las mismas creencias, como si se hubiera quedado petrificado y la experiencia y los nuevos conocimientos, con las sensaciones y percepciones que ello conlleva, no hubiese surtido efecto. Es ridículo y a la par contraproducente navegar con la misma vela, con el timón fijo, haya calma o tormenta, venga el viento de proa o de popa. La vida es un navegar que obliga el cambio constante. La cuestión no es solamente el cambio, la cuestión es aprender del cambio en sí, ser conscientes de ello y por lo consiguiente ser humildes, sin una pizca de fanatismo, sabiendo y sintiendo de corazón, es decir, con sinceridad plena, que el conocimiento nos supera, que las creencias son solo creencias, que hoy tenemos y mañana no, que hoy estamos y mañana no, que hoy somos y mañana no. De hecho, cada segundo, cada milésima de segundo dejamos un pasado atrás y nos adentramos en el futuro. Cada milésima vivimos un presente que jamás alcanzará el futuro. Cada milésima estamos viviendo y mutando, queramos o no, lo sepamos o no.

La dinamo que mueve todo eso es la toma de decisiones, erróneas o no. Es la dinamo que da energía al ser, que lo enriquece.

La tolerancia, y ello no significa permisividad, está en reconocer de corazón que la opinión o la creencia de otro, aunque no nos guste ni la compartamos, tiene visos de ser tan cierta y tan errónea como la nuestra. La única diferencia, la única, quiero hacer hincapié en esto, es la humildad. Es la humildad la que hace entender que las creencias forman parte de nuestro modus vivendi, pero no por ello son ciertas, no por ello erróneas, es un modo de vivir, el creer y defender creencias, sentirlas como propias y propagarlas. Pero también es ley de vida cambiar de creencia, de opinión. Ante este vaivén de creencias que siempre creemos ciertas y que a la postre no lo son para nosotros, debemos aprender que nuestra esencia no es un cúmulo de creencias, ni la culminación de la misma en una teogónica manifestación, sino que nuestra esencia es algo más, que se alimenta o se enriquece de acciones de la mente, del corazón, del cuerpo, de la vida, pero que en realidad está más allá de este desgaste experimental.

Lo fundamental en este pensamiento es saber que las creencias son pasajeras, que el cambio ayuda a progresar, que todo en el universo es un constante movimiento. La vida es movimiento, por ello no se entiende el inmovilismo. Por fortuna o desgracia, la vida y el universo nos arrastra tarde o temprano con las olas del cambio, por muy aferrado que esté uno al barco. Para que ese barco vaya bien debe ir al son del universo, de lo contrario quedará hecho trizas.

 

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Amabilidad

¿Qué trabajo cuesta ser amable? Visto lo visto, ser amable deberá costar mucho trabajo. En el día a día vemos muchas personas, en muchos ámbitos, ya sea laboral, administrativo, médico, personal, familiar, etc. Y en todos hay gente estúpida, seca, agria, antipática, grosera, con falta de empatía… son gentes que a parte de vivir o manifestarse de ese modo, suelen ser muy egocéntricos, tanto que ni se les pasa por la cabeza el sufrimiento ajeno, el ayudar, el meterse en el pellejo del otro e intentar sentir lo que le pasa. Y no es que todos los demás seamos unos santos, o unos que piensen siempre en los demás; pues en esto de la amabilidad hay escalas. Hay gente que es más amable que otras, y otras que no son nada amables, y algunos que son “demasiado” amables.

Pero esté donde esté el baremo de la amabilidad y la cortesía, debiera haber un mínimo de esa educación, de esa comprensión, de esa empatía. No se le puede pedir peras al olmo, pero sí, como mínimo, peras al peral, y el ser humano es un peral, que puede dar bastantes peras o pocas o ninguna; pero por eso mismo debiéramos regar el árbol para dar un mínimo aceptable. ¿Cuál es ese mínimo? El mínimo está cuando la otra persona se siente confortada, escuchada, cuando ve que hay un esfuerzo por nuestra parte para entender, para sentir.

Esto de la amabilidad y la empatía pasa mucho en los servicios públicos, en sanidad, donde ciertos profesionales te tratan como si fueras un número o un trozo de carne que se mueve, no como a un igual, como a una persona. Y no es que esto sea como “ver rayos C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhauser”, es que esto se da mucho. No sé si en las facultades de las universidades se les enseña a distanciarse de la persona para no condicionarse, ya que mirar al otro como un ser humano con emociones, con alma, le van a hacer temblar el bisturí o se les va freír el coco en un acto de solidaridad emocional.  Creo, sinceramente, que aunque en el oficio de la salud, como en otros muchos, debemos marcar prioridades que pueden parecer distancias, como las implicaciones afectivas que desbarajusten nuestro buen juicio, hay ciertos mínimos que se debe cumplir y que la cercanía, generalmente, es más efectiva que la distancias. Un paciente, un cliente, cuando se siente escuchado, comprendido, tiene más posibilidades de sanación que si fuera al contrario, o más posibilidades comprar, adquirir un servicio, de volver, si lo vemos como clientes.

En la vida diaria, la de ir a comprar el pan, llevar los niños al colegio, trabajar en la oficina, tomar una cerveza, estacionar el automóvil, etc. la amabilidad, la cortesía, la buena educación es esencial. Si todos fuéramos así el mundo sería mejor. Cuando pensamos en los demás el mundo es mejor. Cuando sonreímos el mundo es mejor. Cuando damos un abrazo el mundo es mejor. Cuando apoyamos nuestra cabeza en un hombro o dejamos que nuestro hombro reciba una cabeza, el mundo es mejor. Es mejor cuando somos amables, es mejor cuando decimos bonitas palabras, cuando somos sinceros, cuando ayudamos y apoyamos a otros. En fin, el mundo sería mejor si nosotros, cada uno de nosotros, fuéramos un poco mejores.

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Vencer las dificultades

No hay una fórmula milagrosa para vencer las dificultades, o mejor dicho, hay muchas formas posibles para vencer las dificultades, lo que no hay es una forma matemáticamente precisa que como un teorema funcione siempre, por lo cual uno pueda decir: aplicamos esta fórmula y se consigue el resultado deseado. En suma, no hay una forma exacta de vencer las dificultades, y si la hay no la aplicamos bien.

El ser humano es un maremágnum misterioso, está lleno de contradicciones, de rebabas afiladas, de espinas, al igual que de espumosos algodones de azúcar; en sí mismo es todo un cosmos atrapado en una especie de agujero negro en el que no se escapa la persona, en la que el ser está sujeto como el ancla de un barco, soldado al rojo vivo en el arrecife. Así que esperar una forma de actuar, de ser, de estar, de moverse, de ver las cosas, unánime, congruente, es una inutilidad, un acto no previsto en el amplio infinito universo, el infinito exterior y el infinito interior. Visto esto, operar con el teorema conlleva resultados muy distintos, por lo que en la práctica deja de ser infalible y por lo tanto teorema, por lo que se deduce que no hay teorema posible y sí formas parecidas con resultados parecidos en el mejor de los casos, pero sin garantía plausible de que eso suceda.

Aquí nos hallamos ya en el terreno de la experiencia personal, de las propias creencias, de actos de fe y de esperanza.

¿En qué creo yo?, ¿cómo venzo yo las dificultades o las pretendo superar? No lo niego, tengo fe en un poder superior, pero eso no es óbice para plantear otros escenarios. No confío ahora mismo que ese poder superior venga a rescatarme, creo de otra forma, y si actúa no puedo dejar de pensar que son mis propias creencias a través de resortes internos y desconocidos que hacen el trabajo, como si ese ser superior fuera una excusa para hacer milagros, pero no fuese el hacedor de esos milagros. Y no digo que no sea así, líbrame ese ser superior de pensar así; lo que afirmo, más bien intuyo, es que soy yo, solamente yo, moviendo esas energías universales, como si fuera un Harry Potter, el que hace que ocurre la magia. Es lo de la fe mueve montañas, pero no que la fe hará que Dios mueva las montañas, es la fe la que lo hace, el sujeto portador de esa fe.

Creo en el amor, sí, en el amor, no en ese amor ñoño y sentimental, del que nada tengo en contra; no es ese amor lleno de emociones, aunque se sienta a través de ellas. Creo en el amor que es como una dinamo que mueve el universo, como una energía que transmuta y regenera todo. Ese amor está ahí, lo invade todo, lo llena todo, es el amor que codifica las supercuerdas, el que hace que las partícula elementales se aceleren o desaceleren, el que llena todos los huecos, el que nos embarga, nos completa, el que somos, por muy perdidos y misteriosos que seamos. El amor es ese ser superior, o ese superior emana ese amor, o… ni idea; pero intuyo que ambos son uno y uno son todos.

Yo creo en la providencia, en que las cosas serán las que tienen que ser, pero que nosotros somos los que tenemos que hacer que así sea, porque creo que la providencia superior es paralela o una con la providencia personal, la fabricada con esa fe, con esa barita mágica del amor auténtico. Es, para ser más específico, como si todo el universo y ese ser superior se pusiesen a nuestra disposición cuando nosotros actuamos con pureza de corazón. Creo que es ese el secreto para vencer las dificultades, que hagamos lo que hagamos, usemos la fórmula que usemos, sea con el corazón, con autenticidad.

Recapitulando: ten fe de corazón, cree en el amor que todo lo puede, un poco o un mucho de paciencia, perseverancia, y un teorema que puedes aplicar: la providencia divina es tu providencia, el hágase tu voluntad es “será la tuya”, ¿qué cómo? Con pureza de corazón. Si al final algo falla, vuelve a repasar las operaciones, quizás no fallaste y si lo hiciste recapitula. Nunca es tarde. Nunca.

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Vivo sin vivir en mí

No soy mucho de citar la Biblia, pero he estado pensando en el Evangelio según Juan, el 12 25: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna”, esta cita la he copiado del la Biblia de Jerusalén, otras dicen lo mismo, más o menos, con distintas palabras, la textualización es la misma. Esta cita me ha recordado al famoso poema de Santa Teresa de Jesús:

Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.

Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.

El otro gran místico, San Juan de la Cruz, compuso un poema similar, usando la misma entrada:

Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero, porque no muero.

En mí yo no vivo ya,
y sin Dios vivir no puedo,
pues sin él, y sin mí quedo,
¿este vivir qué será?
mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo, porque no muero.

Esta vida, que yo vivo
es privación de vivir,
y así es continuo morir,
hasta que viva contigo:
oye mi Dios, lo que digo,
que esta vida no la quiero,
que muero, porque no muero.

Estando ausente de ti,
¿qué vida puedo tener,
sino muerte padecer,
la mayor que nunca vi?
lástima tengo de mí,
pues de fuerte persevero,
que muero, porque no muero.

El pez que del agua sale,
Aún de alivio no carece,
que la muerte que padece,
al fin la muerte le vale;
¿qué muerte habrá que se iguale
a mi vivir lastimero,
pues si más vivo, más muero?

Ambos místicos coincidieron a caso hecho para crear, en modo de trabajo espiritual, de experiencia trascendental, este poema. Yo hice uno, inspirado en estos, más bien en el de San Juan de la Cruz, que conocí antes.

NOCHE OSCURA SOBRE EL ALMA

Tan incierta es mi vida
como difícil es mi sendero,
porque ayer que vivir quería,
hoy que quiero no lo puedo.

Noche en tinieblas viene
sobre el templo de mi cuerpo,
porque noche en tinieblas siempre hubo
y noche en tinieblas seguirá habiendo.

Tan difícil veo mi camino,
como metido en un agujero,
porque ayer que luchar no quería,
hoy que quiero no lo puedo.

Respirar para mi es seguir luchando,
pues hasta el aire que respiro
¡tanto me cuesta inspirarlo!,
que es milagro que hoy vivo.

Tan obstruido veo mi paso,
como amargo mi veneno,
porque ayer que andar quería,
hoy que quiero no lo puedo.

Ayer que tan grande me creía
porque me hacia tan pequeño,
hoy me creo un miserable
que quiere estar muerto.

Tan incierta es mi vida
como difícil mi sendero,
porque ayer que morir quería,
hoy morir también lo quiero.

Todo esto lleva de nuevo a meternos de lleno en el significado de la cita evangélica. Es un contrasentido o una paradoja, al menos superficialmente hablando, que para amar la vida, para vivir la vida, debas perderla, y que además, si odias tu vida o la vida en este mundo, la reserves para un mañana celestial. Es evidente de que habla de dos clases de vida, la mundana y la espiritual, y que no se trata de desprecios u odios, más bien es un orden de prioridades. “Si amas la vida mundana, la perderás, y si amas la vida verdadera la tendrás, si desprecias la vida mundana tendrás la verdadera, si desprecias la vida verdadera tendrás nada más la mundana”. No me apetece analizar con profundidad este pasaje, nada más que dar a entender lo que siento cuando me topo con él y lo que percibo en mi interior.

La vida es la vida, esta es mi sincera opinión, no hay una vida mejor u otra peor, la vida es en sí misma lo que es y el vestido que le pongamos es nada más que un vestido. Podemos disfrazar la vida de mundana existencia o de trascendente estar, y podemos, como es habitual, mezclar ambos vestidos. Podemos llevar ropa interior trascendente, oculta, aunque se haga notar por la gente, y un traje mundano, que es nuestra visibilidad exterior, lo que más conocerá la gente de nosotros. No podemos ir en ropa interior siempre, ni vestir sin ropa interior siempre. Lo habitual es ponernos todas las prendas y que unas se vean y otras se noten, que una nos identifique y otra nos defina. Con el tiempo, con la evolución, supongo, vestiremos más con bañadores, que es como llevar ropa interior siempre y nuestra definición e identidad sean más compatibles, complementarias y claras.

A los que son como yo esta vida nos parece un valle de lágrimas, un campo de discordias, y no nos sentimos del todo a gusto en este mundo. Vemos, eso sí, la belleza intrínseca de las cosas, del ser humano, de la vida, más que nadie, por eso estamos tan tristes al contemplar tanta abominación y desolación. Vemos la belleza y lo sagrado donde otros no ven nada, donde otros profanan constantemente lo más sagrado, sin percatarse de la gravedad. Unos confunden ser felices con pasárselo bien, disfrutar con consumir, estar contentos si son satisfechos sus instintos y ambiciones, etc. Pero la felicidad, el contento, el disfrute, no son esas cosas. Esa felicidad es superflua, es fútil, pues es como un suspiro que dura segundos. Muchos buscan muchos suspiros constantes de este tipo y viven frustrados y buscando sin parar, e inútilmente se esfuerzan, es un inacabable suspiro y decepción. De manera superficial se vive ese vaivén y en el interior de cada uno de manera perenne. Otros buscamos la pureza de esa felicidad, la auténtica vida. Y no es que este mundo no sea hermoso, lleno de vida, es que el mundo entero pisa, sin darse cuenta, la vida, a la que visten de trajes que no dejan ver la ropa interior.

Lo que vemos fuera haría que nos suicidásemos, pero lo que vivimos en el interior hace que vivamos con intensidad, casi molecular, la vida. No la intensidad del que se tira con un paracaídas o del que sale todos los sábados de marcha, no del que todos los fines de semana sale con la moto o la bicicleta, no con la intensidad del que no para de trabajar, hablar o manifestarse. Es una intensidad distinta. Es una intensidad paradójica, casi del Tao, un quietismo que es pura energía. Es una intensidad del que sublima y transforma las emociones, del que se maneja por infinitos mundos del interior sin más nave que su propia mente.

Sobre nuestra forma de ser pongo el capítulo 20 del Tao Te King:

La Gente sólo se Distrae, sólo El Sabio Piensa

Suprime el adoctrinamiento y no habrá preocupaciones.
¿Qué diferencia hay entre el sí y el no?
¿Qué diferencia hay entre el bien y el mal?
¡El dicho “lo que otros evitan, yo también deberé evitar”
cuán falso y superficial es!
No es posible abarcar todo el saber.
Todo el mundo se distrae y disfruta,
como cuando se presencia un gran sacrificio,
o como cuando se sube a los jardines de una torre en primavera.
Sólo yo doy cabida a la duda,
no copiando lo que otros hacen,
como un recién nacido que aún no sabe sonreír.
Como quien no sabe a dónde dirigirse,
como quien no tiene hogar.
Todo el mundo vive en la abundancia,
sólo yo parezco desprovisto.
Consideran mi mente como la de un loco
por sentir umbrías confusiones y críticas.
Todo el mundo brilla porque solo las luces buscan,
sólo yo me atrevo a transitar por las tinieblas.
Todo el mundo se conforma con su felicidad,
sólo yo me adentro en mi depresión.
Soy como quien deriva en alta mar,
voy contra la corriente sin un rumbo predestinado.
Todo el mundo es puesto en algún uso;
sólo yo soy un ermitaño intratable y aburrido.
Sólo yo soy diferente a todos los demás
porque aprecio a la Madre Naturaleza que me nutre.

Esos trajes que colocamos en nosotros son máscaras, en la psicología jungiana sería el arquetipo Persona, que marcaría más un personaje, como si fuera una magnífica obra de teatro, que a una personalidad, que sería el conjunto de máscaras. Esa personalidad del cúmulo de personajes, nos identifican de mil maneras, dependiendo el momento, las circunstancias, del espacio y el tiempo. No es negativo, es así y ya está, todo forma parte de nuestra ser. Trajes y trajes disfrazados de vida, máscaras y más máscaras.

La vida, la auténtica, es toda, pero se halla en infinitos estados y formas diferentes, como el agua, capaz de tomar millones de formas y varios estados. La vida es una y es toda, como el Tao, como el Verbo. Vivo sin vivir en mí porque vivo dentro de mí y porque vivo en todo, y muero porque no muero porque esa vida eterna la supuse futura y exterior, pero no es así, “muero porque no vivo”, porque no vivo consciente en todo. Ya soy, yo soy, todos somos ya, todos somos uno, y eso es el camino del despertar de la conciencia.

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Apenas una fachada

Apenas soy una fachada,
una máscara sin rostro,
mis muchas caras,
y mi interior es otro,
una parte que oculto
y que duerme profundo,
y todo ese interior,
ese vasto mundo,
está ahí, como un sol,
cuando es de noche.

Apenas es una pequeña parte,
de ese infinito universo,
un mundo lleno de puertas,
de millones de ventanas,
de incontables pasillos,
y todo eso, y más,
detrás de una desvencijada.
maltrecha fachada.

¿Quién para juzgarme
y para medir mi alma?
La puerta de la fachada,
está acorazada,
de sinsabores, historias,
y lo que se ve desde las ventanas,
no me hace justicia,
porque el visillo oculta,
ese infinito universo,
un mundo lleno de puertas…

Sin embargo,
cuando me asomo,
me muestro tímido y temeroso,
parezco un otro,
un no soy yo,
y explicar no puedo:
los sinsabores,
la historia,
mis elecciones,
mi todo.

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Zombi soy o no

Todos los días, tras el ruidoso silencio, tras el silencioso ruido, uno despereza todo cuanto arrastra de Morfeo, y se adentra en el turbador mundo. Apenas disfruta uno o sufre en el otro lado, en aquel lado, sucedáneo de la muerte, que ya te arrancan desde esta orilla. Cual si cayeras en un abismo sin fondo, cual abrieran la tapa de una caja y te tiraran de los pies, el mundo de los muertos vivientes te reclama. Sí, zombis, seres todos sin vida; pero con ávida hambre de consumir. Atrás queda la zona de los vivientes muertos, de aquellos que en el sueño vivimos, sea de día o de noche.

Arrastrado por obligaciones, amontonados por mí y por los días, los hilos de la marioneta se mueven, unas veces más, otras menos. Y se repite el ciclo, como las olas en la playa, como el circuito de la Luna, como el amanecer y el atardecer, como las estaciones, día a día, sin sentido tal vez, o con un sentido oculto a mis ojos, a mi sed.

¿Qué tesoro se halla en el yermo desierto? Sediento y desierto riman, coinciden casi todas las letras. No tenemos más tesoro que el propio sentido de la vida, ese Grial que se obstina en huir de nosotros, en hacerse invisible ante nuestra mirada, desconocido ante nuestras pesquisas, extraño, siempre extraño y esotérico aunque se muestre sobre la mesa.

¿Es esto o eso o aquello que quiero en mi vida, de mi vida, de la vida? Preguntas que como puñales se clavan sin piedad. Preguntar es peligroso, los muertos vivientes solamente tienen hambre y se mueven de un lado para otro, sin embargo no filosofan ni navegan por mares del alma, tampoco buscan sedientos en el desierto el agua que llevan dentro.

Como dicen los salmos o los proverbios o alguien -no sé ahora, ni importa-, “el saber te da sufrimiento, el desconocimiento felicidad”. Zombi soy, o vivo como tal, pero me doy cuenta de mi peregrinar, de mi carencia, de mis esperanzas. Voy, vengo, doy vueltas, hago, deshago, río, lloro, tiemblo, consumo al igual que ellos, zombi soy, pero ¿por qué tengo estas ansias, estos sueños, estos pensamientos…?

Es mi mente, mi mente, la que recorre universos; es mi corazón que se ansia en sentir lo indecible, lo inimaginable; mientras, en bipedestación mis huesos y músculos, con el mínimo empuje, con las ganas más adormecidas, deambulan, trabajan, y atrapan todo un torrente, cual rejas inviolables, en el cuerpo.

Un día más, tras el ruidoso silencio, o tras el silencioso ruido, busco cerebros para comer, en un mundo donde ya somos todos muertos vivientes. Si encuentro alguno me lo como sin hambre, porque ya no soy el mismo, ya no consumo como antes, ya soy un viviente en otro mundo. ¿Dónde está mi tesoro? Allí donde está mi corazón, mi mente.

Y sin embargo, sin embargo, sin embargo otra vez y de nuevo, mi mente está en todas partes, y mi corazón sintiendo, incluido en este putrefacto y corrompido cuerpo. Porque somos marionetas, pero también somos las manos que lo manejan, y los hilos, ay los hilos, son nuestro desconocimiento.

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La energía de la bondad

Es cierto,  sería de ilusos negarlo, el hombre es un lobo para el hombre. Basta echar un breve vistazo a la situación política del mundo, a los conflictos bélicos, a las penurias de la gente provocada por gente despiadada. Negro, todo se ve negro, y es de ilusos negarlo, cuando vemos mafias esclavizando a seres humanos, cuando vemos el maltrato a niños, a mujeres, a ancianos, a animales, cuando vemos todo tipo de fobias contra el vecino.

Sin embargo, en medio de esa gravísima oscuridad se ven destellos, como las luces en un aeropuerto que sirve para tomar tierra, como esa luz de emergencia que se enciende cuando se va la luz.

Hay gente maravillosa, llena de bondad, de amor, de entrega por el prójimo, gente admirable, almas nobles y espíritus sublimes, seres humanos llenos de luz, de mucha luz. Cuando uno ve gente así piensas, por muy malos que sean o parezcan, que los humanos están capacitados para lo más alto. Gente santa, gente divina, humanos que son antorchas, guías para el resto de la humanidad. Normalmente son gente normal, anónima, que no sale en los medios, que no tiene condecoraciones, que realiza sus tareas y trabajos con humildad, con la modestia del día a día. No hay dinero para pargarles. No les mueve, como diría el poema, el miedo al infierno ni la esperanza del cielo, simplemente tienen corazón y esa energía amorosa, la que mueve los planetas y las altas estrellas, como diría Dante, que les hacen actuar.

Muchas veces, no podemos negarlo tampoco, si tuviéramos un botón que pulsar para acabar con todo el sufrimiento del mundo, en una apocalíptica explosión, muchos hubiéramos exterminado a la humanidad en un segundo. Pero luego ve uno a gente de este tipo, a gente con tanto amor, a gente tan inocente, que entiende uno lo de Lot y lo de Sodoma y Gomorra. Así que para mí, en mi inexperta y modesta opinión, creo que lo único que sostiene a este mundo con vida es la energía de esa gente maravillosa y la esperanza de que esa energía resucite en cada uno de nosotros, que no somos tan maravillosos, y algún día el avión no necesite pequeñas luces para aterrizar porque ya la pista, el aeropuerto, el mundo entero, esté envuelto y sea luz.

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Ay los sueños

Los sueños, ay los sueños,
las ilusiones del alma,
el anhelo del corazón,
el dolor y la sonrisa de la vida…
amores, recuerdos, imaginaciones,
espejos, muchos espejos.
Los sueños,
un tiempo atrapado,
un espacio sin espacio,
presente siempre,
eterno…
Divisiones, multiplicaciones, locura…
Los sueños son y no son,
están y no están.
Como la muerte quizás,
como el más allá tal vez,
un ahora y un después,
un tú y un yo…
Abrazos, besos, saludos,
emociones, lágrimas…
Sueños, solo sueños,
mundo y transmundo,
vigilias desconocidas,
sentidos nuevos,
vida y muerte,
sueños, más que sueños,
aquí y ahora,
siempre,
en cualquier momento…
Olvidé el olvido,
en el profundo Hades qué tengo,
un vuelo de dragones y nada más,
una biblioteca de saberes,
un montículo de ignorancia,
en un lugar secreto del interior,
en un lugar expuesto del otro lado.
Recuerdos que se desvanecen
más allá de la vida,
más allá del mundo y del transmundo.
¿No estamos los muertos vivos?,
¿y lo vivos no morimos para los muertos?
Oh, camino de plata y oro,
oh ventana con la cortina corrida,
oh noche nublada y oculta…
Sueños, ay los sueños.

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El pequeño asno

Había una vez una familia de asnos, que vivían a las afueras de una gran ciudad, y eran felices pastando en la granja de un buen hombre. Pero no todos los asnos eran felices, había uno que se sentía pequeño, feo y que nadie lo quería. Aunque sus padres le decían que era guapo y fuerte, él, al compararse con sus hermanos, más altos y esbeltos, se sentía triste.
—Mamá, estoy triste, mis hermanos se mofan de mí, dicen que soy ridículo, que nunca seré un gran asno.
—Tus hermanos te lo dicen de broma, ellos te quieren.
—Pero no me gustan esas palabras.
—Vale, hablaré con ellos.

Aunque habló con sus hermanos, el pequeño asno seguía siendo el hazmerreír de todos, sobretodo porque se lo tomaba muy mal y le daba demasiada importancia a sus engreídos hermanos.
—Mírame a mí, soy fuerte y grande, todos me quieren —decía el hermano mayor.
—Y mírame a mí, soy veloz —decía el siguiente.
—Tú nunca serás un gran burro, nadie te querrá montar y confiará en ti.

Un día, llegaron unos hombres, con muchas risas y alegres cánticos, y entre todos los asnos escogieron al pequeño asno, al modesto y humilde asno. Todos le dijeron adiós, pensaron que al ser tan poca cosa, el amo se iba a librar de él.

Un día hermoso y soleado, a lo lejos, lo vieron pasar, sobre su lomo llevaba a un tal Jesús de Nazaret, al Rey de Reyes, que se dirigía a Jerusalén.

Desde aquel día, los hermanos del pequeño asno fueron más humildes y el pequeño asno fue famoso, por su modestia y humildad.

Enseñanza: hay que ser humildes, la grandeza está en la humildad. No se debe menospreciar nunca a nadie, aunque todos piensen que no vale ni valdrá jamás, aunque todo apunte a que esa persona no tiene valor ni futuro, porque multitud de veces se ha comprobado que los modestos, los raros, los callados, los ignorados, han sido los más importantes. Los últimos serán los primeros.

(Extracto de Pequeños cuentos, Grandes enseñanzas, en preparación)

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Salto de Fe y las razones del corazón

Dice el matemático y filósofo Pascal que el corazón tiene razones que la razón no entiende o desconoce. He recordado esta cita al pensar en lo que tenía que escribir. Estaba pensando en cómo la razón tiene sus límites y que lo que queda después es un puro acto de fe. No una fe sustentada por creencias o conocimientos o religión, es más bien todo lo contrario, es una fe sin sustento, tan pura que está vacía de contenido, de razón, de lógica, de conocimiento. Esa fe grande, que bien podría comenzarla por mayúsculas, pudiera tener contenido, pero como está fuera de toda lógica actual, humana, podríamos considerarla como vacía de nuestras formas de entendimiento, juicio y ciencia.

Muchos consideran la fe como la creencia en algo que no necesariamente se tiene pruebas empíricas, exactas, precisas. Es una fe producto de una decisión por tradición, como una aceptación de que “mentes superiores” saben lo que dictan y escriben y que por ello debemos aceptar sin rechistar demasiado. ¿Qué pruebas tenemos de que Moisés abriera el Mar Rojo como si fuera un tajo en un flan? Que yo sepa no hay pruebas científicas, más aún, la lógica apoyada en las leyes de la física dictaminan que tal como se presenta en el Éxodo es un imposible, un disparate. Creer entonces en esa acción de Moisés se convierte en un acto de fe, pues se acepta como cierta la Biblia y por lo tanto todo lo que se narra en el Libro. No digo con esto que separar los mares no ocurriese, lo que digo es que en el caso de que sucediera tendría que tener una explicación que se escapa a la lógica actual y que probablemente se escapase a la lógica de entonces o bien fue una cosa exagerada o inventada. Esa fe se sostiene, pues, en una creencia, sacada de la Biblia o de la tradición sagrada o de la religión, pero no en una Fe pura. La Fe pura es como el agua limpia y cristalina, que con ella se puede hacer de todo, convertirse en muchas cosas. Creer en la división del Mar Rojo es como creer que el zumo de naranja hidrata. Claro que hidrata, pero no es la naranja, es el agua que está presente en la naranja. Pero hablar de esta agua cristalina a los bebedores de zumos es anatema, herejía. ¿En qué se apoyan los bebedores de zumos? En que la Biblia está llena de referencias de naranjas, piñas y manzanas. Pero obvian lo esencial, que es el agua.

Todo esto parece paradójico, y pudiera ser que sí, parecerlo y serlo; probablemente. La Fe, la pura, no tiene el respaldo de la creencia, ni de naranjas, se queda sola en la molécula de agua. La fe tradicional, la que todos conocemos y padecemos, tiene un largo equipaje detrás, los creyentes están convencidos o casi convencidos de sus creencias, imposibles de sustentar con la ciencia y la lógica, pero ahí están, felices por ello o sufriendo felices o felizmente sufriendo. La Fe pura está vacía de esto, no tiene contento, no hay convencimiento, no hay creencia de nada ni en nada, si acaso existe una minúscula porción de esperanza o ni eso.

Como sé que esta siendo difícil de explicar y de entender quizás, voy a ilustrarlo con una historia.

“Dos hombres se encuentran al filo de una peligroso acantilado, uno al lado de otro. Ambos se miran, se saludan, y luego corrigen la mirada y observan el mar profundo, las peligrosas rocas. Uno va vestido de azul, con unas ropas hermosas, brillantes, huele bien, tiene brillo en los ojos. El otro lleva una ropa marrón, sucia, rota, los ojos están apagados, lejanos, huele mal.

-¿Cómo has llegado hasta aquí y con esas pintas? -le pregunta el de azul al de marrón.
-No lo sé -le contesta.
-Yo, sabes, he recorrido un largo camino, soy maestro en muchas escuelas esotéricas, un gran profeta, lleno de santidad, adorado por todos, he hecho milagros, habrás oído hablar de mí casi seguro, tengo muchos premios y condecoraciones por mis actos valerosos y mi caridad.
-No sé quién eres, lo siento.
-Raro, ¿y tú quién eres?
-Nadie -dice el de marrón mientras mira hacia atrás y hacia delante.
-¿Y qué haces aquí?
-No lo sé. Bueno, sé que ya no puedo ir hacia atrás, que no me queda más remedio que dar pasos en esa dirección -señala el mar.
-Pues yo sé que voy a la Gloria, que Dios me espera. He recibido un mensaje de que debo estar aquí y saltar. Me esperan grandes cosas.
-Yo no sé qué me espera.
-Entonces, ¿en qué crees, qué merito tienes?
-No creo en nada, no sé nada, no tengo nada.
-Ya -mira los harapos del de marrón.

Ambos se quedan en silencio un largo rato hasta que el de azul habla.
-Voy a saltar, esta noche estaré con Dios -y salta al vacío.
El de marrón ve como revienta su cuerpo entre las rocas y como el mar, con sus estrepitosas olas, lo engulle como un cocodrilo a una gallina. Siente algo de miedo, pero de inmediato deja de tener terror, también deja de tener esperanzas, deja de pensar y se lanza al vacío”.

El segundo en saltar es el de la Fe pura, pues hace lo que debe hacer sin creencias algunas. Y no tiene creencias porque fuera ateo o un ignorante o un loco, bueno, un Loco sí, uno especial. No tiene creencias porque ya antes creyó en todo, lo supo todo, lo sintió y lo experimentó todo, de ahí que tuviera las vestiduras en esas condiciones. Olvidó el motivo de estar allí porque tuvo que desaprender todo lo aprendido, porque tuvo que descreer todo lo creído, porque tuvo que ignorar todo lo conocido. Sí llegó al momento extremo de conocer un último conocimiento antes de saltar, que Dios, por llamarlo de algún modo, era imposible de conocer, pero que contra toda lógica sentía su presencia, su existencia, y que estaba en todo, en él mismo, en el desgraciado de azul también. Supo en ese último momento que todo fue innecesariamente necesario o necesariamente innecesario. Sin su recorrido no podría estar allí. Segundos antes de saltar también perdió ese conocimiento, lo desaprendió y se quedó vacío, sin nada. A ese momento lo llamo yo el Salto de Fe.

Es fácil saltar cuando creemos en algo, es fácil estar motivados por la recompensa de un Cielo o por el miedo a un Infierno. Es un hito de héroes, de hombres de auténtica Fe saltar sin creencias, sin temores, sin amores.

La razón tiene sus límites: la razón de la ciencia y la razón de las creencias, la razón exacta y la razón mística. Hay un momento que no se puede avanzar más con ella. La fe tradicional está sujeta en la razón también, por muy rara e imposible que sea. Llegado el momento nada tendrá sentido, nada podrá ser visto ni juzgado ni valorado ni razonado, solamente quedará una “última” y “desesperada” acción sin sentido, que solamente los humildes de corazón podrán hacer. A todos nos llegará al final del Camino un acantilado. Ambos hombres estaban en el mismo acantilado, ambos probablemente reventasen sus cuerpos, pero uno llegó en un momento de su vida distinto al otro. Uno volvería a la casilla de salida, hasta llegar un día con la ropa raída y sucia como el otro. Y el otro, bueno, el otro es un misterio que nadie sabe.

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El juego de la supervivencia

En la lucha por la supervivencia, en plena faena, que es siempre, existen varias opciones, entre ellas ganar o perder; pero también otra que es rendirse. Rendirse es como perder, pero también se convierte en algo como ganar cuando te das tiempo y forma parte de una estrategia. Existe también el huir, que es como rendirse pero sin darle tiempo al enemigo a exigir sus pretensiones. En rendirse tienes la opción de aliarte al enemigo o ser su súbdito. Huir tienes la opción de volver a enfrentarte cuando estés más preparado o no ver al enemigo jamás. Cuando pierdes tienes las mismas opciones, si no mueres, de rendirte o de huir. Cuando ganas impones tu voluntad.

La vida, pues, es una lucha de supervivencia constante, con grandes batallas y pequeñas escaramuzas, con épica victorias y épicas derrotas, con honrosas huidas y huidas dolorosas, con denigrantes acuerdos, con rendiciones amables y rendiciones humillantes.

Toda esta lucha la hacemos sin darnos cuenta la mayoría de las veces. Ataque y defensa forman parte de nuestra vida diaria sin apenas apreciarlo. Derrotas, huidas, rendiciones y victorias, junto a alianzas, separaciones, etc. son nuestro pan de cada día.

Es el juego de la supervivencia y aunque nos parezca feo, malo, impropio, retrógrado, es en realidad a lo que todos, sin excepción, jugamos todos los días.

Bíblicamente hablando no es solamente un valle de lágrimas, también el mundo es un campo de batalla, un campo donde todo tipo de guerras y contiendas se dan, no solamente colectivas, también privadas, íntimas, sin sangre en la mayoría de los casos, batallas con el corazón, con la mente, que producen un valle de lágrimas.

En el juego de la supervivencia buscamos aliados para tener más posibilidades de vencer, aunque vencer no sea garantía de hacer lo correcto. Buscamos naciones, familias, grupos, clubes, asociaciones, hermandades, para tener posibilidades victoria o para desalentar a posibles enemigos. Los que huyen o se rinden suelen buscar colectivos para no sufrir más humillaciones, aunque sea imposible hacerlo.

Unas veces se gana, otras se pierde, y perder y ganar no significa nada para nuestra evolución espiritual. Hay otro camino en el juego de la supervivencia, un despertar de la conciencia que indica, que te posiciona dentro del juego, no tan solo con la ventaja del que conoce todas las formas de lucha y sus posibles resultados, sino con la dicha y disgusto de conocer de antemano el engaño al que todos estamos abocados en este valle de lágrimas.

Somos luchadores, despiertos o no, así que todos estamos con nuestras armas en ristre.

El otro camino, ese que tiene que ver con el despertar de la conciencia, con el camino del iluminado, del humilde, sera harina de otro costal o pasto de otras llamas.

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La preguntas de la vida

Dice Rudyard Kipling en un poema:

Tengo seis honestos sirvientes
(me enseñaron todo lo que sé);
sus nombres son Qué y Por qué y Cuándo
y Cómo y Dónde y Quién.

Yo añadiría un Para qué, que creo es esencial, el que más, quizás, porque es el que menos se contesta.

Cuando pasamos una etapa de nuestra vida, digamos, como mínimo incómoda, nos arrojamos dentro de nosotros mismos, ya sea para lamentarnos o para buscar soluciones, y nos hacemos preguntas. Quién, Cuándo, Dónde, Cómo son fáciles de contestar. El Quién es el afectado, supongamos que hablo de mí mismo, ese Quién sería yo. El Cuándo es el tiempo, que sin darles muchas vueltas a la física cuántica o al misticismo, el Cuándo es el ahora, ese momento que estoy viviendo, disfrutando o padeciendo, o el momento en el Qué fue contestado. El Qué es aquello que vivimos, imaginemos que tengo una jaqueca de caballo, una bestial y terrible jaqueca. El Cómo también es fácil, es la forma o manera en el que se sufre la jaqueca: “me duele aquí, es pulsátil, me ocurre cuando me preocupo mucho, etcétera”. El Dónde es el lugar: mi cabeza, en una zona geográfica y anatómica exacta. El Por qué es más difícil de contestar, pero más fácil que Para qué. Muy a menudo, dada la dificultad de contestar el Por qué, cuando se obtiene, se averigua, nos damos por satisfecho y pensamos que hemos terminado el recorrido de nuestras pesquisas. El Por qué puede ser solución momentánea, muy duradera, tal vez, para nuestra concepción del Cuándo; pero al fin de cuentas no es definitiva. El Por qué puede ser las preocupaciones del trabajo, de la familia, de una idea obsesiva, una demasía de vino, un tumor en la cabeza, una mala visión y mil cosas más que pueden producir jaquecas.

No podemos confundir el Por qué con el Para qué, ambas cosas son distintas. El Por explica el motivo de algo y el Para la finalidad de ese algo. Por qué me duele la cabeza puede explicarse con uno de sus motivos, si se descubre verdaderamente el que es, supongamos que el motivo es el trabajo. El Para qué va más allá y busca en lo más hondo de nuestra psique. ¿Para qué tengo un dolor de cabeza?, ¿qué finalidad tiene el dolor de cabeza, o un accidente, o una enfermedad, o una separación, o una pérdida? También otros sucesos tienen esa misma pregunta, aunque sean a priori positivos: ¿Para qué me casé o me fui de vacaciones o me tocó la primitiva o tuve hijos o conseguí mi diploma? El Para qué es esencial, es el que nos descubre la verdadera identidad de nuestra existencia y de los entresijos del universo que nos rodea, nos posee, nos embarga.

Qué: suceso en sí.
Por qué: motivos del suceso.
Cuándo: momento del suceso.
Cómo: forma del suceso.
Dónde: lugar del suceso.
Quién: sujeto del suceso.
Para qué: finalidad última y verdadera del suceso.

Ese dolor pulsátil de cabeza es una señal. Sé Por qué me duele, sé Cuándo, sé Dónde, sé a Quién, sé Cómo, sé Qué; pero el Para qué rebasa cualquier respuesta ortodoxa. El Para qué puede ser para que me dé cuenta que debo vivir con más tranquilidad, tomarme la vida con filosofía, sentir con más sabiduría, aprender a amar, etc. etc. Por entraña pasado, Para entraña futuro, ambos son necesarios, pues el Para sin el Por no se lograría.

Cabe preguntarse si no existirá un Para qué gigante, universal, que conteste todas nuestra dudas, que dé sentido a la existencia misma, a la Creación. Estoy convencido que sí, que a cada conciencia, sea esta individual, colectiva o universal, le corresponde sus propias interrogantes y sus propias respuestas. Contestarse el Para qué es buscar el sentido a la vida, y para ello debemos contestar las demás preguntas, sobre todo el Por qué.

Creo que sería un buen ejercicio comenzar, pese a Kipling, a tener un sirviente más en el poema: el Para qué.

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Recuerdo a un niño

Recuerdo un patio con arriate, una casa sin baldosas, una televisión en blanco y negro, un mueble bar desvencijado desde hace siglos, un techo de cañizo, unos largos pasillos, unos cables a la vista, un candil, una colchón de esponjas, unos cuadros de vírgenes, un baúl, una mecedora.

Recuerdo una calle sin asfalto, un arroyo cuesta abajo, unas noches estrelladas en verano, puertas y ventanas abiertas, lagartijas devorando mosquitos.

Recuerdo corrillos de viejas, abuelos con sus vinos, tapitas en las puertas, niños en balcones y terrazas.

Recuerdo el olor a jazmín, a claveles, a geranios, a damas de noche.

Recuerdo al desaborido de mi abuelo, al ausente de mi padre, a mi tía con sus cosas, a mi madre a todas horas; recuerdo a mi abuela con su delantal, su amabilidad, su cariño; recuerdo a mi bisabuela con su bastón, pura dulzura y comprensión.

Recuerdo a mis hermanos, a mi hermana mayor que me enseñó a rezar, a soportar los vaivenes, a mi hermano pequeño, gordito y sonrosado, y a mi hermanita que era un bebé.

Recuerdo la tele, a Jiménez del Oso, a Rodríguez de la Fuente, A José María Iñigo, a Gaby, Fofó, Miliki, Fofito y Milikito… a Curro Jiménez, el Un, Dos, Tres, Barrio Sésamo, Aplauso… y los golpes a la antena.

Recuerdo mi primera cartilla, mi primera carpeta, negra como la de un notario.

Recuerdo la monjas pasear por la calle, a la Guardia Civil en el cuartel, los matojos de la iglesia.

Recuerdo mis pantalones cortos, recuerdo mi pelado de escupidera, mi timidez.

Recuerdo con cariño, con amor, aquel que fui, a mis hermanos, a mis abuelas, al seco de mi abuelo. Recuerdo el hermano de mi abuela, con todos sus hijos, Recuerdo a mis tíos, aquel gamberrete que tanto nos quería, y al otro, a aquel que ya se fue. Recuerdo a mi tía, guapa, chillona y que se desvivía. Recuerdo a mi abuela, a la que siempre echo de menos.

Recuerdo todo.

Como un sueño parece lo vivido, lo recordado, y los años, las décadas, que sepultan todo bajo la manta de las obligaciones, de las preocupaciones, de los quehaceres, no pueden anular mi recuerdo.

Sí, recuerdo todo: un vestido, una sonrisa, un grito, una puerta, un umbral, una bombilla, una tinaja, un níspero, unos pájaros, lo que sentí, lo que viví… Recuerdo: una brisa, las estaciones, lo bueno, lo malo, lo oculto, lo dicho… Recuerdo a un niño.

 

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Profundidad de El Bosque Negro

Jacques puede ser, podría ser, cualquiera de nosotros, desde un punto de vista psicológico. Él peregrina por el mundo conocido por parajes desconocidos, se adentra en lo más hondo de sí mismo y solamente ve monstruos contra los que lucha. Su Sombra siempre le está amenazando, siempre se hace patente. Él tiene varias personas: es un cartero, alguien que lleva paquetes de un lado a otro, y además de es un mago poderoso, que tiene que descubrirse a sí mismo.

El Bosque Negro y El Libro Rojo es una novela clasificada de fantasía, de dragones y magos, pero en ese primer libro de la serie, un libro nada fácil de escribir, subyace una psicología jungiana muy fuerte, toda una filosofía. Por eso hay dos formas de leer esta historia: como un entretenimiento puro, cuyas aventuras te atrapará y tendrás ganas de más, y como una novela iniciática, donde emprenderás un camino de autodescubrimiento. Escribir un ensayo dentro de una novela es una tarea titánica. A veces he pensado que he sacrificado la narración por hacer visible lo que subyace; pero cuando lo releo entiendo que podría pasarse por alto.

Muchos leerán la novela y solamente verán las aventuras de un mago, y  esperarán con ansias una segunda parte (El Bosque Negro y El Dragón Blanco). Otros descubrirán algo más y se quedarán extasiados.

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Un combustible llamada Humildad

La humildad es el combustible con el que funciona el caminante, el peregrino que busca la verdad, el conocimiento, la redención, el perdón, la sabiduría, etc. Es el combustible que se necesita para despertar, el que se necesita para caminar por el valle sombrío, el que se necesita para adquirir conocimientos y para descartarlos.

En este tortuoso y espinoso peregrinar hacia la sabiduría, hacia el conocimiento de lo oculto y de lo patente, se corre el peligro de que el caminante se olvide de repostar, de llenar sus motores de una humildad de calidad y potente. Si llena el motor de otra cosa, por ejemplo, soberbia, vanidad, porque se cree que ha llegado a algún sitio, que por experiencias, estudios, edad, etc. es una persona importante, sabia… entonces estaría perdido aunque no fuese consciente de ello.

Muy a menudo, los que han llegado a ese punto en el que se creen que son y no son, fundan sectas, movimientos new age, religiosos, lideran formas de pensar, capitanean a gente que buscan la verdad, que van por sus propios caminos, pero que se han desviado para seguir a “maestros” de este tipo, que por supuesto, con la mejor intención casi siempre, piensan que son unos elegidos, portadores de una verdad trascendental y que están haciendo un bien a la humanidad. Los discípulos, a parte de perjudicarse a sí mismos, también aúpan al gurú al pedestal de una pseudo-divinidad, que a la larga también le perjudica.

Puedo comparar esto con aquel que lleva toda una vida luchando, buscando un tesoro, y que cuando lo encuentra no sabe qué hacer con él y comienza a malgastarlo, en vez de invertirlo y disfrutarlo con cabeza. Dice una frase evangélica que “donde está tu tesoro estará tu corazón”, y ese punto, el del maestro fallido, es una abominación para el corazón, una profanación de lo más sagrado. Si no es capaz de actuar como debe con ese tesoros, ¿qué se puede esperar de él cuando deba hacer lo impensable con ese don?

Malgastar el tesoro es como llevar una luz por medio de un túnel oscuro y conducid a la gente por donde no le corresponde o por donde solamente debiera ir él. Tal como describo en otro post, todos debemos seguir nuestro camino y portar nuestra propia antorcha. No hay maestros, y si los hay son tan humildes que se niegan a tener discípulos. Los auténticos maestros, los que de un modo u otro podrían considerarse como tales, son aquellos que tienen tanta luz que iluminan todo un camino, pero que ayuda a los demás que acrecienten su propia luz y sigan su rumbo particular.

 

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La sombra escurridiza

Este pequeño cuento o fábula formará parte algún día de un libro de cuentos y fábulas, que poco a poco estoy escribiendo, y que espero acabar antes que Anubis asome su hocico.

La Sombra Escurridiza

Había una vez una sombra que no se quedaba quieta, ni aunque su dueño estuviese dormido o atado a una estaca. Fuese cuando fuese que la sombra apareciese, la sombra no paraba, iba de un lado a otro, dando vueltas al dueño: a la derecha, a la izquierda, ahora se alarga, ahora se achica, es que no paraba.

Cansado el dueño de tan esquiva sombra quiso pagarle con su misma moneda, se montó en pleno y soleado día en un tiovivo. Al principio la sombra seguía como si tuviera el baile de San Vito, pero al poco tiempo apreció para su desgracia, que su dueño se movía más que ella. El dueño daba una vuelta, y otra, y otra, minuto tras minuto, hasta que ya no aguantó más la sombra y se agarró quieta, como una estatua, a su dueño y así estuvo hasta que terminó de dar vueltas.

Desde aquel día la sombra está cuando debe estar, y se traslada donde debe trasladarse, y su dueño estuvo contento para siempre.

Tiene su moraleja, desde dos puntos de vista. Primero, a simple vista, el punto de vista de “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”, frase célebre evangélica que pudiera redondearse o completarse con otra “haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti”. Segundo punto de vista: la sombra de nuestro cuerpo es la sombra de nuestro interior, lo que Jung llama, precisamente, la Sombra. La Sombra es nuestro espectro tenebroso, donde se guarda todo aquello que nos resulta vergonzoso, inmoral, impropio, etc. son aspectos de nuestro ser que no queremos ni nos gusta, principalmente negativos. Esa Sombra siempre nos está dando guerra, normalmente sin darnos cuenta. Cuando la persona, el ser, se da cuenta de lo que le pasa, su acción es moverse, tomar consciencia, para que la Sombra tome el puesto que debe tomar y no siga haciendo de las suyas.

 

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La sombra de tu sonrisa

La sombra de tu sonrisa aparece
desvanecida entre palabras,
palabras que van y vienen
y quien como yo no entiende,
palabras desdibujadas,
mezcladas, apabullantes,
que en lo profundo duelen.

Duelen y huelen a desafío,
a nuevos amaneceres,
y da miedo, es desafiante.

La sombra desvanecida,
desdibujada,
en palabras que van,
en palabras que vienen,
a tropel lo hacen.

¡Ah!, y yo no comprendo,
a que juegan,
cuánto valen,
pero suenan y huelen
a amor o a quién sabe.

(Abril 2016)

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Poesía y conversión

Recuerdo que de niño, de adolescente, era muy religioso, muy católico, si se compara con la mayoría de católicos de BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) y de SS (Semana Santa). Yo era practicante, de misa, de comulgar, de confesar, de creer en los dogmas de la Iglesia, en sus mandamientos. Quizás la Iglesia fue un refugio para mí, un lugar donde sentirme acogido y comprendido; pero me equivoqué. Con el tiempo fui cambiando, fui convenciéndome de que había muchas cuestiones que no me cuadraban, muchas creencias católicas que estaban fuera de la lógica. Fui experimentando la soberbia, la desmedida autoridad, la discriminación, que los ideales de la Iglesia transmitía.

Comprendí un día que Jesús y la Iglesia son dos cosas distintas, que el Evangelio era pisoteado constantemente por la Iglesia de Roma. Poco a poco me fui apartando, hasta que un día apostaté oficialmente ante notario de la Archidiócesis de Sevilla.

Vi la trampa de las creencias religiosas, no solo de las católicas, y aunque nunca dejé de ser creyente sí dejé de ser practicante. En todas y cada una de las religiones del mundo observé los mismo fallos, las mismas trampas. Eso sí, siempre respeté a los que sí practicaban, más bien todo lo contrario, me parecía respetuoso ser creyente y practicarlo, lo que no me parecía de recibo es ser de BBC y SS.

Una cosa es respeto y otra compartir. Decir que soy tolerante es mucho decir, pues no soy nadie para tolerar o no, aunque muchas creencias religiosas me parecen criminales y otras me parecen incluso positivas. Pero la cuestión no es esta. La religión en sí se ha convertido y es un freno para la evolución espiritual del ser humano. Espiritualidad y religión se enfrentan, pues la primera es pura, va a la fuente, está llena de humanidad, y la segunda presume de lo primero, está llena de normas y rituales, y está tan institucionalizada que es una auténtica aberración.

Pero como dije, fui muy católico y escribí muchas oraciones y poemas al respecto. Cuando releo la serie de Poesía Interior y me encuentro con esos poemas, me sale una sonrisa de complicidad, de cariño, como si aquel que escribió fuese otro que este que escribe ahora mismo. Una complicidad del que ha tenido una misma experiencia. Es verdad lo que decía Jesús a Nicodemo, que hay que nacer de nuevo, y aquel chiquillo era otro, un hombre viejo. Eso sí, ya apuntaba maneras y muchos poemas dudaban del status quo, se adentraba en la mística, y se veía una conversión. De otra manera no hubiera podido ser el de ahora, apostatar, si de aquellas reflexiones hechas poesía o aparente poesía, no hubieran ahondado en la verdad, mi verdad, en el mundo, mi mundo.

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El maestro y la antorcha

Un maestro es un ser que lleva una antorcha dentro de un mundo subterráneo y oscuro de laberínticos corredores y pasadizos. Un buscador, un luchador, un guerrero, un navegante de esa oscuridad también lleva su antorcha, pero es una que ilumina menos que la antorcha del maestro. Los discípulos o buscadores se apegarán al maestro, irán a su lado. Pero el buscador debe saber que el maestro es otro buscador, con una antorcha más luminosa, pero que cada cual tiene su propio camino. Debe saber que no debe estar siempre con el maestro, que debe aspirar a que su antorcha ilumine más y no le haga falta la del otro. Debe saber que lo importante es su propia luz, que por ello no debe descuidarla y abandonarla de modo que se apague. ¿Qué pasará cuando el maestro decida ir por otro camino, un camino que no es el del discípulo? Que el discípulo tiene dos opciones: se queda solo, sin luz propia ni ajena, perdido por completo, o sigue a su maestro, aunque ese no sea su camino. Normalmente eligen seguir al maestro, pues el sufrimiento de la soledad absoluta, de la oscuridad total no la aguantan, prefieren una luz ajena, para ellos inservible, que estar sin luz. Lo ideal hubiera sido acompañar al maestro mientras tenían el mismo trayecto y aprovechar para que su antorcha estuviera tan viva como la del otro. Pero si llega al extremo descrito es mejor caer en la oscuridad total, en la “muerte”, para poder resucitar con una luz grande y continuar su camino. ¿Cuál es el camino correcto de cada buscador? Aquel en el que la antorcha cobra vida, se ilumina más. La antorcha, al final de su viaje, iluminará tanto que parecerá de día y cuando llegue a la salida, verá que todo tiene la misma intensidad.

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La necesidad de saciar

Saciar una necesidad, sea la necesidad real o ficticia, encontrada o buscada, supone una dosis de placer. Pasar hambre y comer por ejemplo, pasar sed y beber. No hay el mismo placer en comer sin hambre y beber sin sed que cuando el hambre y la sed te acucian. En el sexo es igual, en el defecar, en el ducharse, en las adicciones a las drogas, etc. Todo aquello que requiera un malestar y sufrimiento, producto de una necesidad, conlleva un placer, una complacencia, un contento, cuando es saciado.
Esos mismos placeres de la saciedad de las necesidades, no solamente son biológicas, también hay niveles superiores, de necesidades emocionales, mentales, espirituales, que hay que saciar. Todo esto me lleva a pensar que si el malestar por una necesidad biológica es tan dura, ¿cómo será el malestar por la imposibilidad de saciar una necesidad superior? Un ejemplo pudiera ser el amor de pareja, el amor profano, que puede llegar a destruir a un ser humano, en el sentido romántico, cuando ve que no puede saciar esa necesidad amorosa, incluso aunque llegase a saciar una necesidad sexual. El sexo es en sí el sucedáneo o hermano menor del amor; muchos confunden ambas cosas y piensan y sienten que si hay sexo hay amor, el amor está un paso o dos por arriba, y el placer es mayor que el del sexo, aunque no descarte que se puede paliar ambas. Esa es la diferencia entre tener sexo y hacer el amor, por ejemplo. Lo mismo se podría decir de otras necesidades.Es como, si se piensa bien, hubiera una escala de necesidades y de paliaciones, paralelas entre sí, aunque colocadas en distintos estratos del ser humano. La necesidad espiritual, es a todas luces, la mayor de las necesidades y es, por lo consiguiente, la que mayor malestar y sufrimiento produce, y la que mayor placer dará, casi con toda seguridad porque abarcará no solamente su estrato sino todos los demás. Porque pienso que una posición superior en este binomio de necesidad-paliación abarcaría estratos inferiores.
Las necesidades superiores, la espirituales, también, al ser integrativas, abarcan necesidades inferiores y hace que el ser humano tenga multitud de necesidades, multitud de sufrimientos, y que ante la ignorancia de la verdadera magnitud de lo que sucede, busque la paliación por las zonas más bajas. En cierto modo es normal que suceda esto, pues darse cuenta de lo de arriba implicaría un camino recorrido, y ese camino llevaría a un despertar, a la búsqueda de saciar esa sed que se padece en el espíritu.

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El Santo Grial y el sentido de la vida

Buscar el sentido de la vida, hasta cierto punto es una futilidad y llegados a cierto punto es una paranoia sin sentido, sin embargo todos lo hacemos, de un modo u otro, más conscientes o menos, incluso inconscientemente. Buscar el sentido de la vida es una tarea más de nuestro organismo, de nuestra mente más bien, porque necesita comprender el por qué y el para qué, necesita sentirse vivo en la vida, necesita alejarse de la pesimista y negra sombra de la muerte, aunque muerte y vida vayan de la mano. Esa búsqueda siempre está presente, aunque no nos percatemos de su presencia. Ser animales tan avanzados, ser conscientes de nosotros mismos, de nuestras limitaciones, de nuestros sueños, de nuestra imaginación, de nuestras posibilidades, nos sitúa en una tesitura muy peliaguda en el mundo. Porque vivimos, es obvio, pero es una obviedad que escuece cuando no sabemos los motivos y cuando sentimos la plenitud de la vida misma, y vemos que somos seres mortales, que nuestros cuerpos son débiles, que acabaremos bajo tierra, bajo una lápida o en el crematorio.

Un de las defensas de nuestra mente para situarse bien en esa búsqueda, es engañar al ser humano con la sensación de haber encontrado el sentido. Ese engaño consiste en sentirse parte de un algo mayor que nosotros mismos, de un grupo, cuyas conexiones son evidentes, patentes con nuestros gustos, aficiones, reivindicaciones, físico, etc. Al sentirse compenetrados con otros, parte de otros, sentimos la vida con mayor plenitud. Esa falso hallazgo siempre ocurre en grupos mayores que el individuo, pero no ocurre a niveles universales, pues la búsqueda del sentido de la vida, ya que la vida es algo universal, debe ser universal, y eso requiere una búsqueda mayor, mayor que una etnia, mayor que una nación, mayor que una clase social, mayor que una familia, mayor que un club. La mente apacigua su frustración intentando que no busquemos más, pues si buscamos más nos sentiremos mal en esos grupos porque veremos que son excluyentes, ya que la vida, que es universal, no es excluyente. Cuando buscamos de verdad tenemos que ser conscientes de la muerte, y aceptarla como algo más, no como el final, como un proceso que vivimos.

No es que la mente sea esa perra mala que nos gobierna, el hombre es dueño de su mente, debe ser dueño de su mente, no la mente dueña del hombre. Pero al igual que nuestro organismo, se defiende, se posiciona, nos avisa, nos trastoca, enferma, pero para que nos demos cuenta y rectifiquemos, para que nos podamos sanar. Buscar el sentido de la vida es buscar el sentido de nuestra propia vida, y si no lo conseguimos vivimos en un estado depresivo. Ese estado es necesario para mirar mejor en nosotros mismos, pero ordenamos a nuestra mente huir, buscar soluciones rápidas. Esa orden es aceptada rápida, nos hace, por ejemplo, meternos en un taller de cerámica, o un club de fans, o coleccionar sellos, o jugar al tenis, etc. Y nos conformamos ahí, en esa nimiedad, teniendo una falsa sensación de satisfacción, de pertenecer a algo mayor que nosotros.
Curiosamente, cuando logramos hallar el santo grial, el del sentido de la vida, el verdadero sentido, estamos en el mayor grupo de todos, del universo completo, aunque a veces eso requiere estar solo, físicamente hablando o emocionalmente hablando. La búsqueda del santo grial requiere de heroicidad, de valentía, de sacrificio, porque casi siempre se hace solo, en los terribles abismos de nuestro interior. Pero cuando bebes del grial, cuando experimentas su poder, su esencia, nunca más te sentirá solo, porque sabes a ciencia cierta que estas con todo, en todo, que eres Todo.

¿Por qué es una futilidad, una paranoia sin sentido? Porque la búsqueda debe hacerse al revés, no debemos buscar el sentido de la vida, porque nos presentaría miles de formas falsas del sentido. Debemos rechazar lo que encontremos, siempre, porque el sentido auténtico supera cualquier cosa que seamos capaces de encontrar, debemos buscar sin querer buscar, el santo grial viene a nosotros cuando vemos que es un imposible y nos damos por vencido. Esto es difícil de explicar y de entender; pero es así.

Debemos vivir y vivir, adorar la vida y respetarla, es lo primero, eso requiere amor a nosotros mismos y a los demás, que en cierto modo son también nosotros mismos. A lo largo de nuestra vida sentiremos la necesidad de encontrar el sentido, y aparecerán muchos sucedáneos, pero deberemos rechazar esa autosatisfacción que nos conduciría al estancamiento. No quiere decir que no debamos pertenecer a grupos menores, eso quiere decir que debemos tener miras mayores, no excluyentes, pues vivir la vida requiere de amor y el amor no excluye, como la vida misma. Vivir y vivir, amar y amar, y el sentido de la vida aparecerá, dentro de nosotros. Lo sabremos cuando seamos capaces de ver lo vivo y vernos en lo vivo reflejado como en un espejo. Y si sentimos esa depresión, esa tristeza, deberemos mirar al interior y trabajar para conocernos a nosotros mismos, para colocarnos en esa situación en la que deberá colocarnos: sentirnos parte del universo.

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Somos hermanos

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Todos somos hermanos y vamos en el mismo barco, por más que nos empeñemos en pensar los contrario o en hacer oídos sordos. Y ante tal hecho, lo que nos hacemos a nosotros mismos se lo hacemos a los demás, cualquier acto tiene una repercusión directa e indirecta en el prójimo.

Por más que me esfuerzo en entender qué lleva a un ser humano a afanar, a correr como poseso por el mundo, a acumular riquezas, bienes, mi cerebro no da abasto. No comprendo que uno deba usar más de lo que necesita o guardar más de lo que requiere. No entiendo a aquellos que, gracias a su talento o a su ignorancia, se hacen ricos. En este barco, en este planeta, limitado, donde lo que hay es lo que hay, tener más significa restar. No, no, tener talento, capacidad, no nos da derecho a tener más, nos da obligación de dar más, de enseñar más, de ser buenos samaritanos, de pasar salando. Porque somos hermanos, todos, por más que queramos ignorar este hecho.

Nuestra principal obligación como hermanos es hacer todo lo posible por llevarnos bien. ¿Qué querría un buen padre? Tener a sus hijos unidos, alegres, esperanzados. Los hermanos debemos sacar lo mejor de nosotros y mostrarlo. En el corazón humano hay mucha bondad, lo sé, pero se empeña en guardarlo bajo mil capas, y nada más muestra esa parte dolida, rota, que muestra odio, rencor. En lo más hondo de todos hay bondad, aunque parezca mentira a la vista de las tragedias y de las barbaridades. Somos capaces de los mejores sueños, no solamente de las peores pesadillas. Y aunque ahora, veo y lloro, miro y me desespero, y estoy más cerca de maldecir que bendecir, de huir que de creer, sé que todavía tenemos esperanza. Creo en el ser humano, creo en mis hermanos.

La risa, las lágrimas, la sangre, la música, el arte, la heroicidad, la belleza, todo eso nos une. Somos iguales, somos hermanos, somo libres. Sí, somos eso, lo que pasa es que no lo vemos, no lo sentimos, no lo percibimos; porque necesitamos abrir los ojos y Despertar.

Despierta hermano, despierta…

 

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Extravagantes hijos de mi fantasía

Comienza el insigne y romántico poeta, Gustavo Adolfo Bécquer, en su prólogo de Rimas y Leyendas, diciendo:

“Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo”.

En la escena del mundo presento los extravagantes hijos de mi fantasía, de mi experiencia, también. Sobre una alfombra infantil, de casitas y trenes, los inmortalizo.

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Son hijos míos, forjados de adn emocional, de células del pensamiento, como si mi alma pudiera yacer con mi corazón y engendrar. Todos y cada uno de ellos con su historia, con su recorrido, con su potencial. Y encinta ando, de muchos más. Algunos están en la cuna, aún son muy jóvenes para lanzarlos a sobrevivir al despiadado mundo, otros, muchos de ellos, nonatos, pero todos están. Y estos nueve, estos que valientes y descarados, sin vergüenza pero con pudor, se presentan sobre una alfombra, cual baratillo en plazuela, cual Aladino en busca de la lámpara, son dignos hijos, con sus defectos, corregibles, con otras taras, salvables, pero al fin y al cabo sangre de mi alma y carne de mi espíritu.

Ya que he empezado con el prólogo de Bécquer, me gustaría pegarlo completo:

Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma.
Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse, al beso del sol, en flores y frutos.
Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en formidable aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por dónde salir a la luz, de entre las tinieblas en que viven. Pero, ¡ay!, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra, y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos. Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. ¡Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino!
Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término, y a éstas hay que ponerles punto.
El insomnio y la fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia disputándose los átomos de la memoria, como el escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo.
¡Andad, pues! Andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables; os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estrofa tejida con frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. Mas es imposible.
No obstante, necesito descansar; necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas henchidas venas se precipita la sangre con pletórico empuje, desahogar el cerebro, insuficiente a contener tantos absurdos.
Quedad, pues, consignados aquí como la estela nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa, como los átomos dispersos de un mundo en embrión que avienta por el aire la muerte antes que su creador haya podido pronunciar el fiat lux que separa la claridad de las sombras.
No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos en extravagante procesión pidiéndome, con gestos y contorsiones, que os saque a la vida de la realidad, del limbo en que vivís, semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse este arpa, vieja y cascada ya, se pierdan, a la vez que el instrumento, las ignoradas notas que contenía. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo, una vez vacío, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido común, que es la barrera de los sueños, comienza a flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los días y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre.
Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la muerte, sin que vengáis a ser mi pesadilla maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron en un alma que pasó por la tierra sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas.
Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje. De una hora a otra puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones más puras. No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanqui, el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasía en los desvanes del cerebro”.

 

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