La oración de la Serenidad

Dice la oración de la Serenidad:

Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,

fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar

y sabiduría para entender la diferencia.

Esta plegaria es atribuida a muchos autores, incluso Buda. Probablemente cualquier buen místico podría haber llegado a las mismas conclusiones, aunque parece ser que esta oración es de un clérigo estadounidense.

La oración se divide en tres partes fundamentales y la más importante de ellas es la última, la que pide sabiduría para entender la diferencia entre las otras dos, la que pide conocer los límites de ambas, pues ¿qué no puedo cambiar realmente?, ¿hasta dónde soy capaz de llegar para cambiar las cosas?

Cuando nos enzarzamos en una lucha por conseguir algo y nos llevamos años, disgustos, se hace crónica la contienda, ¿cuándo dejar de luchar? Es difícil darse cuenta o saber ese momento exacto en el que la contienda debe abandonarse, en la que debemos aceptar la derrota o el estado de las cosas, ¿para qué dilatar lo inevitable? Pero a veces lo que está en juego es tan importante, tan trascendental, que es que no podemos salirnos de la segunda parte, en la que nos hacemos fuertes para cambiar las cosas porque pensamos que somos capaces; pero si lo intentamos una vez y otra, y otra, y no queremos rendirnos, aunque pase el tiempo y las derrotas sean cruentas, no sabemos cuando debemos pasar al punto uno, al de tener serenidad para aceptar las cosas.
Todo se circunscribe al tercer punto: sabiduría para entender la diferencia

Un levantador de pesas puede insistir en levantar 120 kilos, se esforzará, le llevará su tiempo, pero lo puede conseguir; pero no podrá levantar 200 kilos nunca. De un modo u otro debe percatarse, saber a ciencia cierta, que tiene un límite, que quizás pueda arrancar algunos gramos y levantar un poco más. Pero llegará un momento en que será imposible. Tener sabiduría para conocer la diferencia, entre lo posible y lo imposible, es fundamental para vivir sin vanos sufrimientos. Si no se da esta sabiduría, la aceptación de lo imposible y la voluntad en lo posible, la persona puede llevarse toda la vida sufriendo. Cada cual debe encontrar su camino y ver sus límites. El levantador de pesas puede afirmar que es feliz por poder levantar 121 kilos y por aceptar conque no puede con 122.

Un axioma chino o budista, no sé exactamente de quién es o si es una copia de la anterior, dice:
“Si tienes un problema que no tiene solución, ¿para qué preocuparse? Si tiene solución, ¿para qué te preocupas?”

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Este proverbio es una recomendación hecha a medida a la oración de la Serenidad, pues viene a decir que si puedes levantar más peso, siguiendo el ejemplo, ¿para qué preocuparse?, y dado el momento de que no puedas más, pues, ¿para qué te preocupas? Esto requiere la sabiduría, la de saber distinguir.

No quiero decir con esto que debamos rendirnos, jamás debemos rendirnos si podemos dar un paso más, pero dado el caso, el remoto y probable caso de que no podamos dar un paso más, debemos tener la humildad de reconocer nuestros límites. Nadie desea rendirse a la miseria, a la enfermedad, a la soledad, al malestar, a miles de sensaciones, situaciones dolorosas para el cuerpo y el alma. Pero a veces debemos parar y reflexionar y mirar si en realidad estamos obrando o pensando bien, porque quizás pudiera ser que estuviéramos equivocados y nuestra cuerpo y nuestra alma pidieran rendición, no la rendición del cobarde, sino más bien la aceptación.

Pero ¡cuidado!, esta oración, este proverbio, es una invitación a seguir luchando también. Lo mismo te invita a aceptar lo imposible como a luchar ante lo posible, y normalmente lo posible tiene un espectro muy elevado, y a veces nos rendimos antes de tiempo.

Lo posible y lo imposible tienen variantes, dimensiones distintas, pasamos de lo imposible a lo posible y de lo posible a lo imposible en un abrir y cerrar de ojos. Cuando llegamos al límite de lo posible y entramos en lo imposible, se abre un mundo de nuevas posibilidades. El levantador de pesas, ante la imposibilidad de levantar 122 kilos o más, acepta sus limitaciones físicas, eso le hace no preocuparse más y ser más feliz, no obstante idea un artilugio para poder levantar más peso sin necesidad de reventar sus huesos y músculos, y ese artilugio le sirve a él y a personas con discapacidades físicas, por ejemplo. Lo imposible es como te lo tomes, la sabiduría de aceptar limitaciones y de luchar en la medida de nuestras posibilidades, es también un paso más para la evolución de la especie, del ser humano y su espíritu.

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Cuestión de gustos

¿Soy sincero conmigo mismo? Creo que mis libros son buenos, bastantes buenos, aunque sean mejorables. Sé que se pueden mejorar, de hecho estoy constantemente arreglando errores gramaticales y ortográficos, no es que sean muchos, pero si te confundes en un “ahí” con un “hay” y si dices “se calló” en vez de “se cayó”, son faltas que hieren a la vista y pudiera ser que una hermosa historia no sea disfrutada por encontrar algunos errores de este tipo. Otra cosa es el estilo, que aunque sea difícil de corregir, sí puede ser esmerado y pulido. La coherencia, la cohesión, también puede tener sus baches, pero esto he comprobado que le pasa a todo dios.

Todo es mejorable, pero la historia es la historia, debe decir algo, debe transmitir algo, y esto, por muy buena que sea la historia, cada uno tiene un gusto y unas simpatías particulares. Lo que diferencia un buen escritor de uno malo es tan sutil y tan abstracto que diferenciarlos se hace imposible. Una convención general, en la que todos dicen que un autor es bueno, puede resultar chocante a otro que cree que es malo: yo puedo pensar que Cervantes es malo y que Vargas Llosa es pésimo, aunque no es el caso.

Mis libros, por ejemplo, han recibido críticas de todo tipo, desde que son alucinantes, maravillosos, hasta que son una porquería. Hay de todas las opiniones, ojalá fueran más, y todas son respetables, pues la malas me sirven para mejorar, para que herido en mi orgullo desee hacer algo mejor, y las buenas me animan a seguir trabajando, para seguir dando lo mejor de mí.

A la sazón de estos pensamientos me encontré en Internet un escrito: Sonados errores de críticos y editoriales que no olfatearon bestsellers.

En esa página dice cosas como que Cien años de soledad, un libro considerado como uno de los mejores de la historia, fue rechazado por la primera editorial, y que, por ejemplo, Harry Potter, una mina de oro para editorial y autora, fue rechazado 8 veces. La lista es más larga. Todo esto demuestra que no vieron con claridad, no sé si porque vieron algunos errores gramaticales o de estilo o de coherencias, o estaban de moda otras cosas, o simplemente no supieron ver el potencial de sus autores y de sus obras.

En fin, grande es el libro de los gustos y grande el gusto por los libros. Eso sí, siempre se puede mejorar y empeorar. Lo mejor es seguir cada cual su estilo, sus motivaciones, sus intenciones y no intentar ser comercial sino uno mismo, guste o no. Si gusta, pues nada, “palante”, si no gusta, “palante” también.

3 grandes libros de ciencia ficción que originalmente fueron considerados un fracaso

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¿Está mal estar mal?

Vale, estoy de acuerdo, como sentirse bien no hay nada, es mejor sentirse bien que mal, más que nada porque ¡te sientes bien! Perogrullada aparte, obviedad aparte, sentirse satisfecho, contento, feliz, apacible, tranquilo, es lo ideal, es señal de que estamos pasando una buena racha o que estamos tan ciegos y sordos que no nos damos cuenta que no es tan buena la racha; sea como fuera, benditas las risas aunque sean incoherentes.

Yo me pregunto, ¿está mal sentirse mal o estar mal?, ¿no será que hemos pontificado y endiosado eso de sentirse bien, como si sentirse bien fuera sinónimo de felicidad, de evolución espiritual? Cierto que también se ha endiosado eso de sentirse mal, que si no estás agobiado o pasando penurias entonces no eres un buen cristiano o no estás quemando karma o no estás evolucionando, con eso de aceptar como cierto el aforismo de que el conocimiento te hace sufrir o que los sabios sufren.

A veces hay que sufrir, a veces hay que llorar, a veces se puede estar triste, deprimido, ansioso, delirante, neurótico, a veces puedes estar airado, dolido, envidioso, insoportable, a veces puedes ser la persona más detestable de la vecindad o de la humanidad… El cuerpo tiene sus enfermedades, sus males, sus días negros. El alma, la psique, nuestra mente y nuestro corazón también pueden padecer enfermedades, trastornos, más o menos agudos, más o menos crónicos, más o menos graves. Todo forma parte de nuestra evolución, de nuestra esencia como humanos.

Incluso, yendo más lejos, creo necesario el sufrimiento para despertar las conciencias, pero claro, con mesura, en su justa medida. Una bofetada en la vida te espabila, dos te hacen fuerte, con tres te encumbras en la iluminación, pero cuatro, cinco, mil, te hunde en ti mismo, te atrapa en el yoísmo, te deprime de manera aguda, crónica si no lo remedias. Hay gente que tiende a buscar el sufrimiento porque se hace adicta a la queja, otros acuden a las drogas, ya sean estas legales o ilegales, sea una fluoxetina, alcohol o marihuana, da igual; otros recurren a la distracción permanente, una huida hacia delante, para obviar sus verdaderos problemas, sus verdaderos sentimientos, y ríen, parecen felices.

Ahora la pregunta sería, ¿está mal el que está bien o parece estar bien?, ¿está bien estar mal? Creo, bajo una manta de interrogantes y modestas excusas, que todo tiene sentido, que el equilibrio es lo ideal, que no es malo estar mal ni estar bien, siempre y cuando aprendamos la lección, nos sirva para algo y no se enquiste haciéndonos la vida imposible. No se puede vivir toda una vida sufriendo, ni tampoco que parezca un chiste siempre. Reír siempre parece, por raro que parezca, más espeluznante que llorar siempre. Pero no se debe llorar ni reír constantemente. La vida es suficientemente larga como para sentir de todo, vivir de todo. A veces es corta; es corta si el dolor o la estupidez embargan nuestra alma y no aprendemos ni experimentamos nada de la vida.

Consejos prácticos:

  1. Si padeces una depresión aprovecha la oportunidad, mientras te tratas debidamente, para reflexionar y meditar. La depresión es una invitación al mundo interno, a conocerte a ti mismo.
  2. Si padeces ansiedad, es el momento para correr, para saltar, para gritar, para gastar esa energía. Es el momento para poner orden en tu vida, para marcarte una agenda plausible, para soltar lastre.
  3. Si en la vida se te presenta una situación dolorosa, un duelo, una pérdida, una enfermedad, un desastre: no te cortes, llora, grita, déjate llevar por los sentimientos, por esas sensaciones, no te hagas el fuerte, sé humano. Luego, según quede de ti, haz lo de los puntos anteriores.
  4. Si se hace crónico el punto anterior, porque no superes la situación o sea toda una vida de congojas y desastres, después de buscar ayuda profesional haz el punto 1 y/o 2.

 

 

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Planeta Prisión en un futuro

No sabemos lo que nos depara el futuro, pero podemos intuir el derrotero de la humanidad al continuar tal como vamos. Si cogemos la autopista Sevilla a Cádiz podemos intuir con mucho acierto dónde nos dirigimos, aunque podamos salir en Las Cabezas de San Juan o en Jerez de la Frontera. El futuro de la humanidad, uno posible, es el que describo en el libro Planeta Prisión, donde la humanidad deposita todo su libre albedrío al buen juicio de las máquinas. No son máquinas tipo Terminator, son más bien una Internet tan fuerte y potente que está en nuestra vida diaria, en todas nuestras tareas, en todos nuestros vicios y virtudes.

Ya es un hecho que podemos tener una vida social totalmente virtual, que podemos trabajar online, que podemos estudiar de ese mismo modo, que podemos consultar profesionales de muchas ramas distintas, sean abogados o médicos. La tecnología de la red está facilitando muchas cuestiones y oficios que antes era impensables. Imaginemos un mundo en el que todo está en la red: nuestras fotos, nuestros pensamientos, ideas, secretos, amistades, familiares, historial médico, profesional. Un programa informático podía tomar todo de nosotros y crearnos un avatar, un ente informático prácticamente como nosotros, en el que nuestros hijos, cónyuges, no notarían la diferencia del real. Imaginemos un futuro en el que avatares gobernantes tomasen el control de la humanidad, con las reglas de Asimov, en el que tomaran decisiones por el bien de la humanidad, aunque ello significase hacer sacrificios y tomar el control de nuestro libre albedrío.

Mi novela Planeta Prisión va de eso, de lo que nos espera. No es tan descabellada la hipótesis en la que la humanidad confíe todo su mundo a unos ordenadores, si lo pensamos bien no se está tan mal siendo controlados mientras seamos felices. Solamente choca con aquellos que buscan la libertad, que necesitan evolucionar, que sienten otras cosas.

 

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Día de mar y sueños

El mar, ese mar que da de comer a tantos… Leí en una ocasión que en tiempos de sequía, un pueblo costero granadino se quedó sin granos y no pudo alimentar tampoco a la ganadería, por lo que el único sustento le vino del mar. La mar o el mar, nunca he tenido claro cómo llamarla o llamarlo, dicen que si eres marinero o vives del mar es la mar, y si no, que te beneficias como todo el mundo pero no vives ni trabajas por esos lugares, entonces es el mar. Pasa como con el calor, que si lo sufres o la sufres y eres de Andalucía, entonces es “la calor”, para el resto de transeúntes y sufridores es el calor. Calor y mar van de la mano en el verano. La brisa marina ayuda a soportar la canícula. Si tienes tiempo, y dinero para tener tiempo, puedes hacerte un Verano Azul antes que cante un gallo, de lo contrario tendrás que correr con la nevera, la sombrilla y la tortilla española condimentada de fina arena playera. La calor y la mar van de la mano, sí señor, y el sol, el despiadado y bendito sol tiene la manía de quemar a los incautos, a esos señores que no suelen ponerse protección solar porque no saben que el astro rey te pone rojo como una gamba o negro como un tizón.

El mar tiene vericuetos, entresijos, fascinación, peligros. No es que los tiburones salten sobre ti o los piratas te aborden al primer chasquido, gritando ¡al abordaje!, ¡dadnos los móviles y la crema solar! El mar, ironía a parte, es una madre que nos ama y a la vez una mala perra sin escrúpulos, quizás nada de esto o quizás más aún. Tal vez sea totalmente imparcial y ecuánime, quizás somos nosotros los que achaquemos emociones al mar, cuando en realidad ni siente ni padece, pues el mar es solo eso: la mar.

Aquel mar, el Mar Mediterráneo escupió una persona o tal vez la trasladó con cortesía y santa devoción a la orilla, a la playa de incautos bañistas y gambas rojas. Él sí era negro como el tizón, de nacimiento, aunque su ropa era azul, tan azul como un cielo abierto de par en par y de marca deportiva, probablemente de segunda mano o de imitación. Alrededor de la cintura una cartera sujeta con cinta adhesiva y dentro de la cartera algunas monedas, papeles varios y un documento identificativo. De Mauritania, dijo el socorrista de la playa, aunque el resto ni oyeron lo que decía con el ruido del tumulto. La mayoría se acercaban para ver un cadáver, pues la verdad, no ves un muerto todos los días. Las autoridades tardaron en hacer acto de presencia y acordonar el sitio, aunque tardaron muy poco en hacer el levantamiento de cadáver y trasladarlo a no sé dónde. Ya fue la comidilla del día, de los que estaban cerca, porque el grueso de bañistas y gambas rojas ni se inmutaron, continuando con el juego de cartas, de pelotas, comiendo tortilla de arena fina.

Ahmed, 20 años, un cabeza loca para su familia probablemente, posiblemente un héroe para sus amigos. 20 años en Mauritania es como 40 en España o 60 en Japón, ya son personas que se han enfrentado a mucho, muchas veces. Jóvenes que han sufrido esclavitud social, hambre, tropelías de todos los colores. Tendría una novia, y como tantas novias de la zona, habrá sufrido mutilación genital, por estar donde estaba, como sufren millones de mujeres los avatares de la guerra, de la religión mal practicada, de las costumbres arcaicas…

El dulce sueño europeo se desvaneció al instante, en el preciso instante que un malasangre lo arrojó al mar desde la lancha, para que llegase a nado a la costa, pues el traficante de personas, un ser despreciable, sin escrúpulos, no le preguntaría si sabía nadar, no le diría que tendría que llegar a la costa flotando con un chaleco salvavidas roto, gastado; tampoco le comunicaría que la mitad del peaje lo tendría que pagar con esclavitud en Europa, si sobrevivía, por supuesto. El dulce sueño de llevarse a su novia, de sacar a su familia de aquel infierno, se perdió en un segundo.

Mirando el mar, las olas que se postran en la orilla, las cometas que vuelan, los surfistas a lo lejos, me pregunté a mi mismo por la madre de ese chaval, que qué haría si nadie supiese de él en años. Me pregunté por las leyes de inmigración, las de asilo. Me pregunté por el mundo, por su perversión, por sus tradiciones. Me pregunté el motivo por el que se arroja a una persona, no solamente de una embarcación, sino de un país entero. Una dura patada en las costillas de la razón y de la paz, haciendo añicos a jóvenes, a niños, haciendo que mueran cinco mil en mi amado mar. La mar, esa mar que ya es un cementerio y una vergüenza para todos.

Cogí la sombrilla, la hamaca, mis pensamientos y me fui de allí despotricando: me había quedado sin batería.

 

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Babadook: explicación psicológica

Es la segunda vez que veo esta película del género de terror. La primera vez que la vi no eché mucha cuenta, simplemente la vi como otra película más de terror, sin esperar mucho, que vista superficialmente, salvo la fenomenal interpretación de sus protagonistas, es una película sin mucha novedad e incluso da menos sustos que cualquier otra. Lo extraño es que después de verla me dejó una sensación horrible y tuve una mala noche. Cosa esta que no me ha pasado con otras películas a priori más buenas. Al verla la segunda vez, mirándola con otros ojos, con ojos interrogativos, me percaté del motivo de hacerme pasar tan mala noche y de porqué no es una película buena, sino brillante.

Antes de proseguir veamos el trailer, para refrescar la memoria de quien no se acuerde de ella:

Aquí el resumen sacado de Wikipedia:

“Desde que su esposo Oskar falleció mientras la llevaba al hospital a dar a luz, Amelia ha criado a su hijo Samuel sola. A Samuel le interesan los trucos de magia, los cuentos y está obsesionado por fabricar armas caseras para combatir a su monstruo imaginario.

Amelia se ve obligada a retirar a su hijo de la escuela debido a sus constantes problemas de conducta. La actitud de Samuel también complica el incipiente romance que Amelia tiene con Robbie, uno de sus colegas en el asilo donde trabaja. Samuel le pide a su madre que le lea un misterioso libro de cuentos que encontró en su estante, titulado Mister Babadook, el libro cuenta la historia de un monstruo sobrenatural del que nadie puede deshacerse una vez que descubre su existencia. Después de oír el relato, Sam se convence de que Babadook es el monstruo que lo acecha, a él y a su madre.

Amelia atribuye los extraños acontecimientos que ocurren en la casa a la imaginación de su hijo, aunque Sam insiste en que Babadook es real. Alterada por el cuento, Amelia despedaza el libro y lo lanza a la basura fuera de la casa. Durante la fiesta de cumpleaños de su prima Ruby, Sam empuja a Ruby fuera de la casa del árbol y accidentalmente le rompe su nariz, luego de que ella se burlara de él por no tener un padre y por negarse a creer en Babadook. Mientras tanto, la hermana de Amelia, Claire, admite que no soporta estar cerca de Samuel y sospecha que Amelia siente lo mismo. Sam experimenta una crisis epiléptica después de ver al monstruo. Amelia convence a un médico de suministrarle sedantes para que Sam y ella puedan dormir y descansar. Amelia oye que tocan a la puerta y al abrirla encuentra el libro de Babadook completamente reparado a sus pies. Ella lee un pasaje sobre cómo el monstruo se vuelve más fuerte cada vez que alguien niega su existencia y ve ilustraciones de ella estrangulando a Sam. Después de eso, Amelia quema el libro en la parrilla de su patio.

Luego de una extraña llamada telefónica, Amelia acude a la policía para denunciar a un acosador, pero se da cuenta de que lo que habla parecen delirios, pues justo en el momento en que se le pregunta por el libro como evidencia, Amelia se da cuenta de que los agentes pueden ver tiza en sus manos, indicando que ella misma lo reconstruyó. Prue y Warren, del departamento de Servicios Comunitarios, van a la casa de Amelia a inspeccionar la vida hogareña de Sam. Amelia cree ver a Babadook acosando a su vecina, la anciana Sra. Roach. Mientras más eventos y visiones inexplicables ocurren, Amelia gradualmente cree que Babadook está acechándola a ella y a su hijo y que poco a poco la está poseyendo.

Una noche, Amelia tiene una visión con su marido ya muerto, quien le promete volver con ella sólo si le lleva al niño. Después, el Babadook se revela ante ella y la posee. Con su mente inestable, Amelia muestra señales de querer dañar a Samuel. Después de asesinar al perro, persigue a su hijo; Sam la apuñala en la pierna y la lleva al sótano, donde la sujeta con unas cuerdas entre todas las pertenencias de Oskar. Amelia tose y vomita una sustancia negra y luego escapa. Una fuerza invisible empuja a Samuel a través del dormitorio de Amelia. Babadook aparece fundido en las sombras de la habitación y Amelia lo amenaza para que no le haga daño a su hijo, ante ello el monstruo colapsa y su espíritu se retira hacia el sótano.

Poco tiempo después, Amelia y Sam recolectan gusanos en el patio trasero. Amelia desbloquea la puerta del sótano e ingresa con un recipiente con gusanos para que Babadook se alimente. Después de la experiencia, Amelia acepta y comprende mejor las actitudes de su hijo, quien finalmente es muy parecido a su fallecido padre. La película termina cuando Amelia organiza la primera fiesta de cumpleaños de Sam”.

https://es.wikipedia.org/wiki/The_Babadook

La película se centra en dos personajes principales presentes, la madre y el hijo, y uno ausente, el padre. La figura del marido y padre, sobre todo en el papel de marido, pues de padre jamás pudo ejercer, ya que falleció el mismo día que nació el niño.

La madre vive deprimida desde aquel momento, una mezcla de depresión postparto y de duelo. Que el marido muriera a causa de tener que ir a parir, en el accidente, hace que se culpe a sí misma y sobretodo culpe a su hijo. La relación idílica que ella tenía con su marido se ve destruida en segundos, y guarda toda esa tristeza y todo ese rencor dentro de sí. El odio inconsciente que tiene hacia su hijo hace que tenga más culpa, pues reconoce en sí que una madre no debe despreciar a su hijo, así que acumula a su depresión, a su duelo, un sentimiento reiterativo de remordimientos. El niño, la víctima principal, es maltratado por su madre, pero no de una manera clásica, sino psicológicamente, hasta tal punto que se vuelve retraído, hiperactivo, agresivo… El niño no solamente vivencia el odio de su madre, sino que además se entiende que intenta llamar desesperadamente la atención de su progenitora, como si fuera un grito de ayuda y de amor.

El niño se convierte en un estorbo para la madre, no puede rehacer su vida, simbolizado cuando la madre intenta tener un rato a solas consigo misma y es interrumpida por el niño. El mensaje interior de la mujer es: “no tengo a mi marido, al que literalmente adoraba, y tengo que cargar con un niño que solo tendría sentido estando con él”. Otro mensaje interior podría ser: “si por lo menos no tuviera a este niño, podría estar con otro hombre, pues la presencia de mi hijo me recordaría siempre que he perdido al amor de mi vida”.

Babadook, como monstruo no es real, no es un fantasma, ni un vampiro, ni otro ser de ultratumba. Babadook es, y aquí viene lo importante, la Sombra de Amelia. La Sombra es un arquetipo, que viene a decir que:

«La figura de la sombra personifica todo lo que el sujeto no reconoce y lo que, sin embargo, una y otra vez le fuerza, directa o indirectamente, así por ejemplo, rasgos de carácter de valor inferior y demás tendencias irreconciliables».

C. G. Jung, Bewusstsein, Unbewusstes und Individuation, Zentralblatt für Psychotherapie, 1939, pág. 265 y s.

«La sombra es…aquella personalidad oculta, reprimida, casi siempre de valor inferior y culpable que extiende sus últimas ramificaciones hasta el reino de los presentimientos animales y abarca, así, todo el aspecto histórico del inconsciente…Si hasta el presente se era de la opinión de que la sombra humana es la fuente de todo mal, ahora se puede descubrir en una investigación más precisa que en el hombre inconsciente justamente la sombra no sólo consiste en tendencias moralmente desechables, sino que muestra también una serie de cualidades buenas, a saber, instintos normales, reacciones adecuadas, percepciones fieles a la realidad, impulsos creadores, etc.».

C. G. Jung, Aion, 1951, pág. 379 y s.

En la parte final la protagonista se enfrenta abiertamente al monstruo, a su Sombra, y le ordena como una madre a su hijo. Babadook se achanta y eso que había llegado a su tamaño más grande. El mensaje interior de Amelia es: “en realidad amo a mi hijo, no voy a dejar que nada ni nadie ni yo misma le haga daño”. Es el reconocimiento del amor lo que hace que Babadook pierda poder. Pero como toda Sombra, no desaparece, se queda sumergida en lo más profundo de nosotros, que es lo que representa el sótano en la casa. Y en ese lugar lo alimentamos con gusanos y tierra, que simbolizan la parte más despreciable de nosotros mismos. Probablemente el monstruo quede ahí siempre, controlado por el amor al hijo, su papel de madre protectora, y por la perdida del miedo atroz que sentía.

En la película aparecen muchos arquetipos, y por supuesto durante todo el film hay guiños que consolidan esta visión de la misma. No sé hasta que punto la directora y guionista pretendía esto, pero le ha salido un una película espectacular desde un punto de vista junguiano.

Todo esto nos hace pensar en la Sombra de nuestro interior, en lo fuerte que puede llegar a ser si no sabemos tratar con ella. La Sombra está llena de esos fantasmas, monstruos, que rechazamos de nosotros mismos y no sabemos conducir con pericia. La aceptación de nosotros mismos, la importancia del amor verdadero, el equilibrio con todos nuestros aspectos interiores, hacen que se pueda vivir con total normalidad y que no aparezca en nuestro exterior esa bestia que todos llevamos dentro.

Invito a que la veáis desde este punto de vista. La segunda vez que la vi, al comprenderla, dormí bien.

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Microrrelatos

En el Ateneo de Mairena

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Planeta Prisión a la vista

Mi libro, Planeta Prisión, cuando lo lees pudiera parecer un libro pesimista, duro, desalentador, y esa sensación del lector es buscada, adrede, para advertir de los peligros que estando ya inculcados en la sociedad, pueden enquistarse aún más, de tal modo que llegará a ser un problema bastante grande, gigantesco.
El peligro es la dependencia absoluta a la tecnología, y cuando digo absoluta digo absoluta, sin medias tintas. Me refiero a la tecnología que sustituya o dé solución a problemas que se deben solucionar y paliar de un modo distinto. La tecnología no debe ser sustituto de la espiritualidad, ni del amor, de las relaciones afectivas, ni de otros aspectos afectivos y espirituales del ser humano. La tecnología debe propiciar, ayudar, ser bastón, pero nunca debe sustituir por completo esos aspectos.
No digo más para no destripar el libro, pero pese al pesimismo que pudiera estar impreso en sus letras, tiene encerrado un mensaje de esperanza, pues es un aviso y como todo aviso siempre se hace antes de que suceda, y eso nos da tiempo para enmendarnos.
Las redes sociales, Internet, la dependencia a estos medios, a estos modos, es cada vez mayor. Para mucha gente es la tecnología la dueña, no es la persona dueña de la tecnología. Basta con salir a la calle para darnos cuenta de ello: todos con la cabeza agachada en los móviles, todos grabando cada instante de su vida… En sus casas lo mismo, enganchados a la red, haciendo amistad o ligando con gente de otras partes, que mienten igual, más o menos.  O jugando con multitud de aplicaciones y redes de juegos. O creyendo todo cuanto tiene muchos seguidores o votos…
Hay un enorme peligro, está ahí, amenazando, y no nos damos cuenta porque nos gusta mucho. Tendría que escribir un libro completo sobre el tema para poder explicarme; pero no tengo tiempo para ello. Sirva de advertencia la novela. ¡Leedla posibles malditos!

En este enlace Planeta Prisión

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El furor del cambio

Voy a ser claro: con el tiempo uno deja de creer en cosas que creía, cree en cosas nuevas, incluso las que pensaba que nunca iba a creer, otras creencias se enquistan y forman parte de uno mismo como un hueso, otras se desvanecen como arena en las manos, etc. Hago bueno el principio de mutación e inmanencia y trascendencia, todo.

Creo que es ridículo llevarse toda la vida con el mismo pensamiento, con las mismas creencias, como si se hubiera quedado petrificado y la experiencia y los nuevos conocimientos, con las sensaciones y percepciones que ello conlleva, no hubiese surtido efecto. Es ridículo y a la par contraproducente navegar con la misma vela, con el timón fijo, haya calma o tormenta, venga el viento de proa o de popa. La vida es un navegar que obliga el cambio constante. La cuestión no es solamente el cambio, la cuestión es aprender del cambio en sí, ser conscientes de ello y por lo consiguiente ser humildes, sin una pizca de fanatismo, sabiendo y sintiendo de corazón, es decir, con sinceridad plena, que el conocimiento nos supera, que las creencias son solo creencias, que hoy tenemos y mañana no, que hoy estamos y mañana no, que hoy somos y mañana no. De hecho, cada segundo, cada milésima de segundo dejamos un pasado atrás y nos adentramos en el futuro. Cada milésima vivimos un presente que jamás alcanzará el futuro. Cada milésima estamos viviendo y mutando, queramos o no, lo sepamos o no.

La dinamo que mueve todo eso es la toma de decisiones, erróneas o no. Es la dinamo que da energía al ser, que lo enriquece.

La tolerancia, y ello no significa permisividad, está en reconocer de corazón que la opinión o la creencia de otro, aunque no nos guste ni la compartamos, tiene visos de ser tan cierta y tan errónea como la nuestra. La única diferencia, la única, quiero hacer hincapié en esto, es la humildad. Es la humildad la que hace entender que las creencias forman parte de nuestro modus vivendi, pero no por ello son ciertas, no por ello erróneas, es un modo de vivir, el creer y defender creencias, sentirlas como propias y propagarlas. Pero también es ley de vida cambiar de creencia, de opinión. Ante este vaivén de creencias que siempre creemos ciertas y que a la postre no lo son para nosotros, debemos aprender que nuestra esencia no es un cúmulo de creencias, ni la culminación de la misma en una teogónica manifestación, sino que nuestra esencia es algo más, que se alimenta o se enriquece de acciones de la mente, del corazón, del cuerpo, de la vida, pero que en realidad está más allá de este desgaste experimental.

Lo fundamental en este pensamiento es saber que las creencias son pasajeras, que el cambio ayuda a progresar, que todo en el universo es un constante movimiento. La vida es movimiento, por ello no se entiende el inmovilismo. Por fortuna o desgracia, la vida y el universo nos arrastra tarde o temprano con las olas del cambio, por muy aferrado que esté uno al barco. Para que ese barco vaya bien debe ir al son del universo, de lo contrario quedará hecho trizas.

 

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Amabilidad

¿Qué trabajo cuesta ser amable? Visto lo visto, ser amable deberá costar mucho trabajo. En el día a día vemos muchas personas, en muchos ámbitos, ya sea laboral, administrativo, médico, personal, familiar, etc. Y en todos hay gente estúpida, seca, agria, antipática, grosera, con falta de empatía… son gentes que a parte de vivir o manifestarse de ese modo, suelen ser muy egocéntricos, tanto que ni se les pasa por la cabeza el sufrimiento ajeno, el ayudar, el meterse en el pellejo del otro e intentar sentir lo que le pasa. Y no es que todos los demás seamos unos santos, o unos que piensen siempre en los demás; pues en esto de la amabilidad hay escalas. Hay gente que es más amable que otras, y otras que no son nada amables, y algunos que son “demasiado” amables.

Pero esté donde esté el baremo de la amabilidad y la cortesía, debiera haber un mínimo de esa educación, de esa comprensión, de esa empatía. No se le puede pedir peras al olmo, pero sí, como mínimo, peras al peral, y el ser humano es un peral, que puede dar bastantes peras o pocas o ninguna; pero por eso mismo debiéramos regar el árbol para dar un mínimo aceptable. ¿Cuál es ese mínimo? El mínimo está cuando la otra persona se siente confortada, escuchada, cuando ve que hay un esfuerzo por nuestra parte para entender, para sentir.

Esto de la amabilidad y la empatía pasa mucho en los servicios públicos, en sanidad, donde ciertos profesionales te tratan como si fueras un número o un trozo de carne que se mueve, no como a un igual, como a una persona. Y no es que esto sea como “ver rayos C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhauser”, es que esto se da mucho. No sé si en las facultades de las universidades se les enseña a distanciarse de la persona para no condicionarse, ya que mirar al otro como un ser humano con emociones, con alma, le van a hacer temblar el bisturí o se les va freír el coco en un acto de solidaridad emocional.  Creo, sinceramente, que aunque en el oficio de la salud, como en otros muchos, debemos marcar prioridades que pueden parecer distancias, como las implicaciones afectivas que desbarajusten nuestro buen juicio, hay ciertos mínimos que se debe cumplir y que la cercanía, generalmente, es más efectiva que la distancias. Un paciente, un cliente, cuando se siente escuchado, comprendido, tiene más posibilidades de sanación que si fuera al contrario, o más posibilidades comprar, adquirir un servicio, de volver, si lo vemos como clientes.

En la vida diaria, la de ir a comprar el pan, llevar los niños al colegio, trabajar en la oficina, tomar una cerveza, estacionar el automóvil, etc. la amabilidad, la cortesía, la buena educación es esencial. Si todos fuéramos así el mundo sería mejor. Cuando pensamos en los demás el mundo es mejor. Cuando sonreímos el mundo es mejor. Cuando damos un abrazo el mundo es mejor. Cuando apoyamos nuestra cabeza en un hombro o dejamos que nuestro hombro reciba una cabeza, el mundo es mejor. Es mejor cuando somos amables, es mejor cuando decimos bonitas palabras, cuando somos sinceros, cuando ayudamos y apoyamos a otros. En fin, el mundo sería mejor si nosotros, cada uno de nosotros, fuéramos un poco mejores.

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Vencer las dificultades

No hay una fórmula milagrosa para vencer las dificultades, o mejor dicho, hay muchas formas posibles para vencer las dificultades, lo que no hay es una forma matemáticamente precisa que como un teorema funcione siempre, por lo cual uno pueda decir: aplicamos esta fórmula y se consigue el resultado deseado. En suma, no hay una forma exacta de vencer las dificultades, y si la hay no la aplicamos bien.

El ser humano es un maremágnum misterioso, está lleno de contradicciones, de rebabas afiladas, de espinas, al igual que de espumosos algodones de azúcar; en sí mismo es todo un cosmos atrapado en una especie de agujero negro en el que no se escapa la persona, en la que el ser está sujeto como el ancla de un barco, soldado al rojo vivo en el arrecife. Así que esperar una forma de actuar, de ser, de estar, de moverse, de ver las cosas, unánime, congruente, es una inutilidad, un acto no previsto en el amplio infinito universo, el infinito exterior y el infinito interior. Visto esto, operar con el teorema conlleva resultados muy distintos, por lo que en la práctica deja de ser infalible y por lo tanto teorema, por lo que se deduce que no hay teorema posible y sí formas parecidas con resultados parecidos en el mejor de los casos, pero sin garantía plausible de que eso suceda.

Aquí nos hallamos ya en el terreno de la experiencia personal, de las propias creencias, de actos de fe y de esperanza.

¿En qué creo yo?, ¿cómo venzo yo las dificultades o las pretendo superar? No lo niego, tengo fe en un poder superior, pero eso no es óbice para plantear otros escenarios. No confío ahora mismo que ese poder superior venga a rescatarme, creo de otra forma, y si actúa no puedo dejar de pensar que son mis propias creencias a través de resortes internos y desconocidos que hacen el trabajo, como si ese ser superior fuera una excusa para hacer milagros, pero no fuese el hacedor de esos milagros. Y no digo que no sea así, líbrame ese ser superior de pensar así; lo que afirmo, más bien intuyo, es que soy yo, solamente yo, moviendo esas energías universales, como si fuera un Harry Potter, el que hace que ocurre la magia. Es lo de la fe mueve montañas, pero no que la fe hará que Dios mueva las montañas, es la fe la que lo hace, el sujeto portador de esa fe.

Creo en el amor, sí, en el amor, no en ese amor ñoño y sentimental, del que nada tengo en contra; no es ese amor lleno de emociones, aunque se sienta a través de ellas. Creo en el amor que es como una dinamo que mueve el universo, como una energía que transmuta y regenera todo. Ese amor está ahí, lo invade todo, lo llena todo, es el amor que codifica las supercuerdas, el que hace que las partícula elementales se aceleren o desaceleren, el que llena todos los huecos, el que nos embarga, nos completa, el que somos, por muy perdidos y misteriosos que seamos. El amor es ese ser superior, o ese superior emana ese amor, o… ni idea; pero intuyo que ambos son uno y uno son todos.

Yo creo en la providencia, en que las cosas serán las que tienen que ser, pero que nosotros somos los que tenemos que hacer que así sea, porque creo que la providencia superior es paralela o una con la providencia personal, la fabricada con esa fe, con esa barita mágica del amor auténtico. Es, para ser más específico, como si todo el universo y ese ser superior se pusiesen a nuestra disposición cuando nosotros actuamos con pureza de corazón. Creo que es ese el secreto para vencer las dificultades, que hagamos lo que hagamos, usemos la fórmula que usemos, sea con el corazón, con autenticidad.

Recapitulando: ten fe de corazón, cree en el amor que todo lo puede, un poco o un mucho de paciencia, perseverancia, y un teorema que puedes aplicar: la providencia divina es tu providencia, el hágase tu voluntad es “será la tuya”, ¿qué cómo? Con pureza de corazón. Si al final algo falla, vuelve a repasar las operaciones, quizás no fallaste y si lo hiciste recapitula. Nunca es tarde. Nunca.

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Vivo sin vivir en mí

No soy mucho de citar la Biblia, pero he estado pensando en el Evangelio según Juan, el 12 25: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna”, esta cita la he copiado del la Biblia de Jerusalén, otras dicen lo mismo, más o menos, con distintas palabras, la textualización es la misma. Esta cita me ha recordado al famoso poema de Santa Teresa de Jesús:

Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.

Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.

El otro gran místico, San Juan de la Cruz, compuso un poema similar, usando la misma entrada:

Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero, porque no muero.

En mí yo no vivo ya,
y sin Dios vivir no puedo,
pues sin él, y sin mí quedo,
¿este vivir qué será?
mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo, porque no muero.

Esta vida, que yo vivo
es privación de vivir,
y así es continuo morir,
hasta que viva contigo:
oye mi Dios, lo que digo,
que esta vida no la quiero,
que muero, porque no muero.

Estando ausente de ti,
¿qué vida puedo tener,
sino muerte padecer,
la mayor que nunca vi?
lástima tengo de mí,
pues de fuerte persevero,
que muero, porque no muero.

El pez que del agua sale,
Aún de alivio no carece,
que la muerte que padece,
al fin la muerte le vale;
¿qué muerte habrá que se iguale
a mi vivir lastimero,
pues si más vivo, más muero?

Ambos místicos coincidieron a caso hecho para crear, en modo de trabajo espiritual, de experiencia trascendental, este poema. Yo hice uno, inspirado en estos, más bien en el de San Juan de la Cruz, que conocí antes.

NOCHE OSCURA SOBRE EL ALMA

Tan incierta es mi vida
como difícil es mi sendero,
porque ayer que vivir quería,
hoy que quiero no lo puedo.

Noche en tinieblas viene
sobre el templo de mi cuerpo,
porque noche en tinieblas siempre hubo
y noche en tinieblas seguirá habiendo.

Tan difícil veo mi camino,
como metido en un agujero,
porque ayer que luchar no quería,
hoy que quiero no lo puedo.

Respirar para mi es seguir luchando,
pues hasta el aire que respiro
¡tanto me cuesta inspirarlo!,
que es milagro que hoy vivo.

Tan obstruido veo mi paso,
como amargo mi veneno,
porque ayer que andar quería,
hoy que quiero no lo puedo.

Ayer que tan grande me creía
porque me hacia tan pequeño,
hoy me creo un miserable
que quiere estar muerto.

Tan incierta es mi vida
como difícil mi sendero,
porque ayer que morir quería,
hoy morir también lo quiero.

Todo esto lleva de nuevo a meternos de lleno en el significado de la cita evangélica. Es un contrasentido o una paradoja, al menos superficialmente hablando, que para amar la vida, para vivir la vida, debas perderla, y que además, si odias tu vida o la vida en este mundo, la reserves para un mañana celestial. Es evidente de que habla de dos clases de vida, la mundana y la espiritual, y que no se trata de desprecios u odios, más bien es un orden de prioridades. “Si amas la vida mundana, la perderás, y si amas la vida verdadera la tendrás, si desprecias la vida mundana tendrás la verdadera, si desprecias la vida verdadera tendrás nada más la mundana”. No me apetece analizar con profundidad este pasaje, nada más que dar a entender lo que siento cuando me topo con él y lo que percibo en mi interior.

La vida es la vida, esta es mi sincera opinión, no hay una vida mejor u otra peor, la vida es en sí misma lo que es y el vestido que le pongamos es nada más que un vestido. Podemos disfrazar la vida de mundana existencia o de trascendente estar, y podemos, como es habitual, mezclar ambos vestidos. Podemos llevar ropa interior trascendente, oculta, aunque se haga notar por la gente, y un traje mundano, que es nuestra visibilidad exterior, lo que más conocerá la gente de nosotros. No podemos ir en ropa interior siempre, ni vestir sin ropa interior siempre. Lo habitual es ponernos todas las prendas y que unas se vean y otras se noten, que una nos identifique y otra nos defina. Con el tiempo, con la evolución, supongo, vestiremos más con bañadores, que es como llevar ropa interior siempre y nuestra definición e identidad sean más compatibles, complementarias y claras.

A los que son como yo esta vida nos parece un valle de lágrimas, un campo de discordias, y no nos sentimos del todo a gusto en este mundo. Vemos, eso sí, la belleza intrínseca de las cosas, del ser humano, de la vida, más que nadie, por eso estamos tan tristes al contemplar tanta abominación y desolación. Vemos la belleza y lo sagrado donde otros no ven nada, donde otros profanan constantemente lo más sagrado, sin percatarse de la gravedad. Unos confunden ser felices con pasárselo bien, disfrutar con consumir, estar contentos si son satisfechos sus instintos y ambiciones, etc. Pero la felicidad, el contento, el disfrute, no son esas cosas. Esa felicidad es superflua, es fútil, pues es como un suspiro que dura segundos. Muchos buscan muchos suspiros constantes de este tipo y viven frustrados y buscando sin parar, e inútilmente se esfuerzan, es un inacabable suspiro y decepción. De manera superficial se vive ese vaivén y en el interior de cada uno de manera perenne. Otros buscamos la pureza de esa felicidad, la auténtica vida. Y no es que este mundo no sea hermoso, lleno de vida, es que el mundo entero pisa, sin darse cuenta, la vida, a la que visten de trajes que no dejan ver la ropa interior.

Lo que vemos fuera haría que nos suicidásemos, pero lo que vivimos en el interior hace que vivamos con intensidad, casi molecular, la vida. No la intensidad del que se tira con un paracaídas o del que sale todos los sábados de marcha, no del que todos los fines de semana sale con la moto o la bicicleta, no con la intensidad del que no para de trabajar, hablar o manifestarse. Es una intensidad distinta. Es una intensidad paradójica, casi del Tao, un quietismo que es pura energía. Es una intensidad del que sublima y transforma las emociones, del que se maneja por infinitos mundos del interior sin más nave que su propia mente.

Sobre nuestra forma de ser pongo el capítulo 20 del Tao Te King:

La Gente sólo se Distrae, sólo El Sabio Piensa

Suprime el adoctrinamiento y no habrá preocupaciones.
¿Qué diferencia hay entre el sí y el no?
¿Qué diferencia hay entre el bien y el mal?
¡El dicho “lo que otros evitan, yo también deberé evitar”
cuán falso y superficial es!
No es posible abarcar todo el saber.
Todo el mundo se distrae y disfruta,
como cuando se presencia un gran sacrificio,
o como cuando se sube a los jardines de una torre en primavera.
Sólo yo doy cabida a la duda,
no copiando lo que otros hacen,
como un recién nacido que aún no sabe sonreír.
Como quien no sabe a dónde dirigirse,
como quien no tiene hogar.
Todo el mundo vive en la abundancia,
sólo yo parezco desprovisto.
Consideran mi mente como la de un loco
por sentir umbrías confusiones y críticas.
Todo el mundo brilla porque solo las luces buscan,
sólo yo me atrevo a transitar por las tinieblas.
Todo el mundo se conforma con su felicidad,
sólo yo me adentro en mi depresión.
Soy como quien deriva en alta mar,
voy contra la corriente sin un rumbo predestinado.
Todo el mundo es puesto en algún uso;
sólo yo soy un ermitaño intratable y aburrido.
Sólo yo soy diferente a todos los demás
porque aprecio a la Madre Naturaleza que me nutre.

Esos trajes que colocamos en nosotros son máscaras, en la psicología jungiana sería el arquetipo Persona, que marcaría más un personaje, como si fuera una magnífica obra de teatro, que a una personalidad, que sería el conjunto de máscaras. Esa personalidad del cúmulo de personajes, nos identifican de mil maneras, dependiendo el momento, las circunstancias, del espacio y el tiempo. No es negativo, es así y ya está, todo forma parte de nuestra ser. Trajes y trajes disfrazados de vida, máscaras y más máscaras.

La vida, la auténtica, es toda, pero se halla en infinitos estados y formas diferentes, como el agua, capaz de tomar millones de formas y varios estados. La vida es una y es toda, como el Tao, como el Verbo. Vivo sin vivir en mí porque vivo dentro de mí y porque vivo en todo, y muero porque no muero porque esa vida eterna la supuse futura y exterior, pero no es así, “muero porque no vivo”, porque no vivo consciente en todo. Ya soy, yo soy, todos somos ya, todos somos uno, y eso es el camino del despertar de la conciencia.

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Apenas una fachada

Apenas soy una fachada,
una máscara sin rostro,
mis muchas caras,
y mi interior es otro,
una parte que oculto
y que duerme profundo,
y todo ese interior,
ese vasto mundo,
está ahí, como un sol,
cuando es de noche.

Apenas es una pequeña parte,
de ese infinito universo,
un mundo lleno de puertas,
de millones de ventanas,
de incontables pasillos,
y todo eso, y más,
detrás de una desvencijada.
maltrecha fachada.

¿Quién para juzgarme
y para medir mi alma?
La puerta de la fachada,
está acorazada,
de sinsabores, historias,
y lo que se ve desde las ventanas,
no me hace justicia,
porque el visillo oculta,
ese infinito universo,
un mundo lleno de puertas…

Sin embargo,
cuando me asomo,
me muestro tímido y temeroso,
parezco un otro,
un no soy yo,
y explicar no puedo:
los sinsabores,
la historia,
mis elecciones,
mi todo.

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Zombi soy o no

Todos los días, tras el ruidoso silencio, tras el silencioso ruido, uno despereza todo cuanto arrastra de Morfeo, y se adentra en el turbador mundo. Apenas disfruta uno o sufre en el otro lado, en aquel lado, sucedáneo de la muerte, que ya te arrancan desde esta orilla. Cual si cayeras en un abismo sin fondo, cual abrieran la tapa de una caja y te tiraran de los pies, el mundo de los muertos vivientes te reclama. Sí, zombis, seres todos sin vida; pero con ávida hambre de consumir. Atrás queda la zona de los vivientes muertos, de aquellos que en el sueño vivimos, sea de día o de noche.

Arrastrado por obligaciones, amontonados por mí y por los días, los hilos de la marioneta se mueven, unas veces más, otras menos. Y se repite el ciclo, como las olas en la playa, como el circuito de la Luna, como el amanecer y el atardecer, como las estaciones, día a día, sin sentido tal vez, o con un sentido oculto a mis ojos, a mi sed.

¿Qué tesoro se halla en el yermo desierto? Sediento y desierto riman, coinciden casi todas las letras. No tenemos más tesoro que el propio sentido de la vida, ese Grial que se obstina en huir de nosotros, en hacerse invisible ante nuestra mirada, desconocido ante nuestras pesquisas, extraño, siempre extraño y esotérico aunque se muestre sobre la mesa.

¿Es esto o eso o aquello que quiero en mi vida, de mi vida, de la vida? Preguntas que como puñales se clavan sin piedad. Preguntar es peligroso, los muertos vivientes solamente tienen hambre y se mueven de un lado para otro, sin embargo no filosofan ni navegan por mares del alma, tampoco buscan sedientos en el desierto el agua que llevan dentro.

Como dicen los salmos o los proverbios o alguien -no sé ahora, ni importa-, “el saber te da sufrimiento, el desconocimiento felicidad”. Zombi soy, o vivo como tal, pero me doy cuenta de mi peregrinar, de mi carencia, de mis esperanzas. Voy, vengo, doy vueltas, hago, deshago, río, lloro, tiemblo, consumo al igual que ellos, zombi soy, pero ¿por qué tengo estas ansias, estos sueños, estos pensamientos…?

Es mi mente, mi mente, la que recorre universos; es mi corazón que se ansia en sentir lo indecible, lo inimaginable; mientras, en bipedestación mis huesos y músculos, con el mínimo empuje, con las ganas más adormecidas, deambulan, trabajan, y atrapan todo un torrente, cual rejas inviolables, en el cuerpo.

Un día más, tras el ruidoso silencio, o tras el silencioso ruido, busco cerebros para comer, en un mundo donde ya somos todos muertos vivientes. Si encuentro alguno me lo como sin hambre, porque ya no soy el mismo, ya no consumo como antes, ya soy un viviente en otro mundo. ¿Dónde está mi tesoro? Allí donde está mi corazón, mi mente.

Y sin embargo, sin embargo, sin embargo otra vez y de nuevo, mi mente está en todas partes, y mi corazón sintiendo, incluido en este putrefacto y corrompido cuerpo. Porque somos marionetas, pero también somos las manos que lo manejan, y los hilos, ay los hilos, son nuestro desconocimiento.

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La energía de la bondad

Es cierto,  sería de ilusos negarlo, el hombre es un lobo para el hombre. Basta echar un breve vistazo a la situación política del mundo, a los conflictos bélicos, a las penurias de la gente provocada por gente despiadada. Negro, todo se ve negro, y es de ilusos negarlo, cuando vemos mafias esclavizando a seres humanos, cuando vemos el maltrato a niños, a mujeres, a ancianos, a animales, cuando vemos todo tipo de fobias contra el vecino.

Sin embargo, en medio de esa gravísima oscuridad se ven destellos, como las luces en un aeropuerto que sirve para tomar tierra, como esa luz de emergencia que se enciende cuando se va la luz.

Hay gente maravillosa, llena de bondad, de amor, de entrega por el prójimo, gente admirable, almas nobles y espíritus sublimes, seres humanos llenos de luz, de mucha luz. Cuando uno ve gente así piensas, por muy malos que sean o parezcan, que los humanos están capacitados para lo más alto. Gente santa, gente divina, humanos que son antorchas, guías para el resto de la humanidad. Normalmente son gente normal, anónima, que no sale en los medios, que no tiene condecoraciones, que realiza sus tareas y trabajos con humildad, con la modestia del día a día. No hay dinero para pargarles. No les mueve, como diría el poema, el miedo al infierno ni la esperanza del cielo, simplemente tienen corazón y esa energía amorosa, la que mueve los planetas y las altas estrellas, como diría Dante, que les hacen actuar.

Muchas veces, no podemos negarlo tampoco, si tuviéramos un botón que pulsar para acabar con todo el sufrimiento del mundo, en una apocalíptica explosión, muchos hubiéramos exterminado a la humanidad en un segundo. Pero luego ve uno a gente de este tipo, a gente con tanto amor, a gente tan inocente, que entiende uno lo de Lot y lo de Sodoma y Gomorra. Así que para mí, en mi inexperta y modesta opinión, creo que lo único que sostiene a este mundo con vida es la energía de esa gente maravillosa y la esperanza de que esa energía resucite en cada uno de nosotros, que no somos tan maravillosos, y algún día el avión no necesite pequeñas luces para aterrizar porque ya la pista, el aeropuerto, el mundo entero, esté envuelto y sea luz.

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Ay los sueños

Los sueños, ay los sueños,
las ilusiones del alma,
el anhelo del corazón,
el dolor y la sonrisa de la vida…
amores, recuerdos, imaginaciones,
espejos, muchos espejos.
Los sueños,
un tiempo atrapado,
un espacio sin espacio,
presente siempre,
eterno…
Divisiones, multiplicaciones, locura…
Los sueños son y no son,
están y no están.
Como la muerte quizás,
como el más allá tal vez,
un ahora y un después,
un tú y un yo…
Abrazos, besos, saludos,
emociones, lágrimas…
Sueños, solo sueños,
mundo y transmundo,
vigilias desconocidas,
sentidos nuevos,
vida y muerte,
sueños, más que sueños,
aquí y ahora,
siempre,
en cualquier momento…
Olvidé el olvido,
en el profundo Hades qué tengo,
un vuelo de dragones y nada más,
una biblioteca de saberes,
un montículo de ignorancia,
en un lugar secreto del interior,
en un lugar expuesto del otro lado.
Recuerdos que se desvanecen
más allá de la vida,
más allá del mundo y del transmundo.
¿No estamos los muertos vivos?,
¿y lo vivos no morimos para los muertos?
Oh, camino de plata y oro,
oh ventana con la cortina corrida,
oh noche nublada y oculta…
Sueños, ay los sueños.

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El pequeño asno

Había una vez una familia de asnos, que vivían a las afueras de una gran ciudad, y eran felices pastando en la granja de un buen hombre. Pero no todos los asnos eran felices, había uno que se sentía pequeño, feo y que nadie lo quería. Aunque sus padres le decían que era guapo y fuerte, él, al compararse con sus hermanos, más altos y esbeltos, se sentía triste.
—Mamá, estoy triste, mis hermanos se mofan de mí, dicen que soy ridículo, que nunca seré un gran asno.
—Tus hermanos te lo dicen de broma, ellos te quieren.
—Pero no me gustan esas palabras.
—Vale, hablaré con ellos.

Aunque habló con sus hermanos, el pequeño asno seguía siendo el hazmerreír de todos, sobretodo porque se lo tomaba muy mal y le daba demasiada importancia a sus engreídos hermanos.
—Mírame a mí, soy fuerte y grande, todos me quieren —decía el hermano mayor.
—Y mírame a mí, soy veloz —decía el siguiente.
—Tú nunca serás un gran burro, nadie te querrá montar y confiará en ti.

Un día, llegaron unos hombres, con muchas risas y alegres cánticos, y entre todos los asnos escogieron al pequeño asno, al modesto y humilde asno. Todos le dijeron adiós, pensaron que al ser tan poca cosa, el amo se iba a librar de él.

Un día hermoso y soleado, a lo lejos, lo vieron pasar, sobre su lomo llevaba a un tal Jesús de Nazaret, al Rey de Reyes, que se dirigía a Jerusalén.

Desde aquel día, los hermanos del pequeño asno fueron más humildes y el pequeño asno fue famoso, por su modestia y humildad.

Enseñanza: hay que ser humildes, la grandeza está en la humildad. No se debe menospreciar nunca a nadie, aunque todos piensen que no vale ni valdrá jamás, aunque todo apunte a que esa persona no tiene valor ni futuro, porque multitud de veces se ha comprobado que los modestos, los raros, los callados, los ignorados, han sido los más importantes. Los últimos serán los primeros.

(Extracto de Pequeños cuentos, Grandes enseñanzas, en preparación)

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Salto de Fe y las razones del corazón

Dice el matemático y filósofo Pascal que el corazón tiene razones que la razón no entiende o desconoce. He recordado esta cita al pensar en lo que tenía que escribir. Estaba pensando en cómo la razón tiene sus límites y que lo que queda después es un puro acto de fe. No una fe sustentada por creencias o conocimientos o religión, es más bien todo lo contrario, es una fe sin sustento, tan pura que está vacía de contenido, de razón, de lógica, de conocimiento. Esa fe grande, que bien podría comenzarla por mayúsculas, pudiera tener contenido, pero como está fuera de toda lógica actual, humana, podríamos considerarla como vacía de nuestras formas de entendimiento, juicio y ciencia.

Muchos consideran la fe como la creencia en algo que no necesariamente se tiene pruebas empíricas, exactas, precisas. Es una fe producto de una decisión por tradición, como una aceptación de que “mentes superiores” saben lo que dictan y escriben y que por ello debemos aceptar sin rechistar demasiado. ¿Qué pruebas tenemos de que Moisés abriera el Mar Rojo como si fuera un tajo en un flan? Que yo sepa no hay pruebas científicas, más aún, la lógica apoyada en las leyes de la física dictaminan que tal como se presenta en el Éxodo es un imposible, un disparate. Creer entonces en esa acción de Moisés se convierte en un acto de fe, pues se acepta como cierta la Biblia y por lo tanto todo lo que se narra en el Libro. No digo con esto que separar los mares no ocurriese, lo que digo es que en el caso de que sucediera tendría que tener una explicación que se escapa a la lógica actual y que probablemente se escapase a la lógica de entonces o bien fue una cosa exagerada o inventada. Esa fe se sostiene, pues, en una creencia, sacada de la Biblia o de la tradición sagrada o de la religión, pero no en una Fe pura. La Fe pura es como el agua limpia y cristalina, que con ella se puede hacer de todo, convertirse en muchas cosas. Creer en la división del Mar Rojo es como creer que el zumo de naranja hidrata. Claro que hidrata, pero no es la naranja, es el agua que está presente en la naranja. Pero hablar de esta agua cristalina a los bebedores de zumos es anatema, herejía. ¿En qué se apoyan los bebedores de zumos? En que la Biblia está llena de referencias de naranjas, piñas y manzanas. Pero obvian lo esencial, que es el agua.

Todo esto parece paradójico, y pudiera ser que sí, parecerlo y serlo; probablemente. La Fe, la pura, no tiene el respaldo de la creencia, ni de naranjas, se queda sola en la molécula de agua. La fe tradicional, la que todos conocemos y padecemos, tiene un largo equipaje detrás, los creyentes están convencidos o casi convencidos de sus creencias, imposibles de sustentar con la ciencia y la lógica, pero ahí están, felices por ello o sufriendo felices o felizmente sufriendo. La Fe pura está vacía de esto, no tiene contento, no hay convencimiento, no hay creencia de nada ni en nada, si acaso existe una minúscula porción de esperanza o ni eso.

Como sé que esta siendo difícil de explicar y de entender quizás, voy a ilustrarlo con una historia.

“Dos hombres se encuentran al filo de una peligroso acantilado, uno al lado de otro. Ambos se miran, se saludan, y luego corrigen la mirada y observan el mar profundo, las peligrosas rocas. Uno va vestido de azul, con unas ropas hermosas, brillantes, huele bien, tiene brillo en los ojos. El otro lleva una ropa marrón, sucia, rota, los ojos están apagados, lejanos, huele mal.

-¿Cómo has llegado hasta aquí y con esas pintas? -le pregunta el de azul al de marrón.
-No lo sé -le contesta.
-Yo, sabes, he recorrido un largo camino, soy maestro en muchas escuelas esotéricas, un gran profeta, lleno de santidad, adorado por todos, he hecho milagros, habrás oído hablar de mí casi seguro, tengo muchos premios y condecoraciones por mis actos valerosos y mi caridad.
-No sé quién eres, lo siento.
-Raro, ¿y tú quién eres?
-Nadie -dice el de marrón mientras mira hacia atrás y hacia delante.
-¿Y qué haces aquí?
-No lo sé. Bueno, sé que ya no puedo ir hacia atrás, que no me queda más remedio que dar pasos en esa dirección -señala el mar.
-Pues yo sé que voy a la Gloria, que Dios me espera. He recibido un mensaje de que debo estar aquí y saltar. Me esperan grandes cosas.
-Yo no sé qué me espera.
-Entonces, ¿en qué crees, qué merito tienes?
-No creo en nada, no sé nada, no tengo nada.
-Ya -mira los harapos del de marrón.

Ambos se quedan en silencio un largo rato hasta que el de azul habla.
-Voy a saltar, esta noche estaré con Dios -y salta al vacío.
El de marrón ve como revienta su cuerpo entre las rocas y como el mar, con sus estrepitosas olas, lo engulle como un cocodrilo a una gallina. Siente algo de miedo, pero de inmediato deja de tener terror, también deja de tener esperanzas, deja de pensar y se lanza al vacío”.

El segundo en saltar es el de la Fe pura, pues hace lo que debe hacer sin creencias algunas. Y no tiene creencias porque fuera ateo o un ignorante o un loco, bueno, un Loco sí, uno especial. No tiene creencias porque ya antes creyó en todo, lo supo todo, lo sintió y lo experimentó todo, de ahí que tuviera las vestiduras en esas condiciones. Olvidó el motivo de estar allí porque tuvo que desaprender todo lo aprendido, porque tuvo que descreer todo lo creído, porque tuvo que ignorar todo lo conocido. Sí llegó al momento extremo de conocer un último conocimiento antes de saltar, que Dios, por llamarlo de algún modo, era imposible de conocer, pero que contra toda lógica sentía su presencia, su existencia, y que estaba en todo, en él mismo, en el desgraciado de azul también. Supo en ese último momento que todo fue innecesariamente necesario o necesariamente innecesario. Sin su recorrido no podría estar allí. Segundos antes de saltar también perdió ese conocimiento, lo desaprendió y se quedó vacío, sin nada. A ese momento lo llamo yo el Salto de Fe.

Es fácil saltar cuando creemos en algo, es fácil estar motivados por la recompensa de un Cielo o por el miedo a un Infierno. Es un hito de héroes, de hombres de auténtica Fe saltar sin creencias, sin temores, sin amores.

La razón tiene sus límites: la razón de la ciencia y la razón de las creencias, la razón exacta y la razón mística. Hay un momento que no se puede avanzar más con ella. La fe tradicional está sujeta en la razón también, por muy rara e imposible que sea. Llegado el momento nada tendrá sentido, nada podrá ser visto ni juzgado ni valorado ni razonado, solamente quedará una “última” y “desesperada” acción sin sentido, que solamente los humildes de corazón podrán hacer. A todos nos llegará al final del Camino un acantilado. Ambos hombres estaban en el mismo acantilado, ambos probablemente reventasen sus cuerpos, pero uno llegó en un momento de su vida distinto al otro. Uno volvería a la casilla de salida, hasta llegar un día con la ropa raída y sucia como el otro. Y el otro, bueno, el otro es un misterio que nadie sabe.

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El juego de la supervivencia

En la lucha por la supervivencia, en plena faena, que es siempre, existen varias opciones, entre ellas ganar o perder; pero también otra que es rendirse. Rendirse es como perder, pero también se convierte en algo como ganar cuando te das tiempo y forma parte de una estrategia. Existe también el huir, que es como rendirse pero sin darle tiempo al enemigo a exigir sus pretensiones. En rendirse tienes la opción de aliarte al enemigo o ser su súbdito. Huir tienes la opción de volver a enfrentarte cuando estés más preparado o no ver al enemigo jamás. Cuando pierdes tienes las mismas opciones, si no mueres, de rendirte o de huir. Cuando ganas impones tu voluntad.

La vida, pues, es una lucha de supervivencia constante, con grandes batallas y pequeñas escaramuzas, con épica victorias y épicas derrotas, con honrosas huidas y huidas dolorosas, con denigrantes acuerdos, con rendiciones amables y rendiciones humillantes.

Toda esta lucha la hacemos sin darnos cuenta la mayoría de las veces. Ataque y defensa forman parte de nuestra vida diaria sin apenas apreciarlo. Derrotas, huidas, rendiciones y victorias, junto a alianzas, separaciones, etc. son nuestro pan de cada día.

Es el juego de la supervivencia y aunque nos parezca feo, malo, impropio, retrógrado, es en realidad a lo que todos, sin excepción, jugamos todos los días.

Bíblicamente hablando no es solamente un valle de lágrimas, también el mundo es un campo de batalla, un campo donde todo tipo de guerras y contiendas se dan, no solamente colectivas, también privadas, íntimas, sin sangre en la mayoría de los casos, batallas con el corazón, con la mente, que producen un valle de lágrimas.

En el juego de la supervivencia buscamos aliados para tener más posibilidades de vencer, aunque vencer no sea garantía de hacer lo correcto. Buscamos naciones, familias, grupos, clubes, asociaciones, hermandades, para tener posibilidades victoria o para desalentar a posibles enemigos. Los que huyen o se rinden suelen buscar colectivos para no sufrir más humillaciones, aunque sea imposible hacerlo.

Unas veces se gana, otras se pierde, y perder y ganar no significa nada para nuestra evolución espiritual. Hay otro camino en el juego de la supervivencia, un despertar de la conciencia que indica, que te posiciona dentro del juego, no tan solo con la ventaja del que conoce todas las formas de lucha y sus posibles resultados, sino con la dicha y disgusto de conocer de antemano el engaño al que todos estamos abocados en este valle de lágrimas.

Somos luchadores, despiertos o no, así que todos estamos con nuestras armas en ristre.

El otro camino, ese que tiene que ver con el despertar de la conciencia, con el camino del iluminado, del humilde, sera harina de otro costal o pasto de otras llamas.

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La preguntas de la vida

Dice Rudyard Kipling en un poema:

Tengo seis honestos sirvientes
(me enseñaron todo lo que sé);
sus nombres son Qué y Por qué y Cuándo
y Cómo y Dónde y Quién.

Yo añadiría un Para qué, que creo es esencial, el que más, quizás, porque es el que menos se contesta.

Cuando pasamos una etapa de nuestra vida, digamos, como mínimo incómoda, nos arrojamos dentro de nosotros mismos, ya sea para lamentarnos o para buscar soluciones, y nos hacemos preguntas. Quién, Cuándo, Dónde, Cómo son fáciles de contestar. El Quién es el afectado, supongamos que hablo de mí mismo, ese Quién sería yo. El Cuándo es el tiempo, que sin darles muchas vueltas a la física cuántica o al misticismo, el Cuándo es el ahora, ese momento que estoy viviendo, disfrutando o padeciendo, o el momento en el Qué fue contestado. El Qué es aquello que vivimos, imaginemos que tengo una jaqueca de caballo, una bestial y terrible jaqueca. El Cómo también es fácil, es la forma o manera en el que se sufre la jaqueca: “me duele aquí, es pulsátil, me ocurre cuando me preocupo mucho, etcétera”. El Dónde es el lugar: mi cabeza, en una zona geográfica y anatómica exacta. El Por qué es más difícil de contestar, pero más fácil que Para qué. Muy a menudo, dada la dificultad de contestar el Por qué, cuando se obtiene, se averigua, nos damos por satisfecho y pensamos que hemos terminado el recorrido de nuestras pesquisas. El Por qué puede ser solución momentánea, muy duradera, tal vez, para nuestra concepción del Cuándo; pero al fin de cuentas no es definitiva. El Por qué puede ser las preocupaciones del trabajo, de la familia, de una idea obsesiva, una demasía de vino, un tumor en la cabeza, una mala visión y mil cosas más que pueden producir jaquecas.

No podemos confundir el Por qué con el Para qué, ambas cosas son distintas. El Por explica el motivo de algo y el Para la finalidad de ese algo. Por qué me duele la cabeza puede explicarse con uno de sus motivos, si se descubre verdaderamente el que es, supongamos que el motivo es el trabajo. El Para qué va más allá y busca en lo más hondo de nuestra psique. ¿Para qué tengo un dolor de cabeza?, ¿qué finalidad tiene el dolor de cabeza, o un accidente, o una enfermedad, o una separación, o una pérdida? También otros sucesos tienen esa misma pregunta, aunque sean a priori positivos: ¿Para qué me casé o me fui de vacaciones o me tocó la primitiva o tuve hijos o conseguí mi diploma? El Para qué es esencial, es el que nos descubre la verdadera identidad de nuestra existencia y de los entresijos del universo que nos rodea, nos posee, nos embarga.

Qué: suceso en sí.
Por qué: motivos del suceso.
Cuándo: momento del suceso.
Cómo: forma del suceso.
Dónde: lugar del suceso.
Quién: sujeto del suceso.
Para qué: finalidad última y verdadera del suceso.

Ese dolor pulsátil de cabeza es una señal. Sé Por qué me duele, sé Cuándo, sé Dónde, sé a Quién, sé Cómo, sé Qué; pero el Para qué rebasa cualquier respuesta ortodoxa. El Para qué puede ser para que me dé cuenta que debo vivir con más tranquilidad, tomarme la vida con filosofía, sentir con más sabiduría, aprender a amar, etc. etc. Por entraña pasado, Para entraña futuro, ambos son necesarios, pues el Para sin el Por no se lograría.

Cabe preguntarse si no existirá un Para qué gigante, universal, que conteste todas nuestra dudas, que dé sentido a la existencia misma, a la Creación. Estoy convencido que sí, que a cada conciencia, sea esta individual, colectiva o universal, le corresponde sus propias interrogantes y sus propias respuestas. Contestarse el Para qué es buscar el sentido a la vida, y para ello debemos contestar las demás preguntas, sobre todo el Por qué.

Creo que sería un buen ejercicio comenzar, pese a Kipling, a tener un sirviente más en el poema: el Para qué.

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Recuerdo a un niño

Recuerdo un patio con arriate, una casa sin baldosas, una televisión en blanco y negro, un mueble bar desvencijado desde hace siglos, un techo de cañizo, unos largos pasillos, unos cables a la vista, un candil, una colchón de esponjas, unos cuadros de vírgenes, un baúl, una mecedora.

Recuerdo una calle sin asfalto, un arroyo cuesta abajo, unas noches estrelladas en verano, puertas y ventanas abiertas, lagartijas devorando mosquitos.

Recuerdo corrillos de viejas, abuelos con sus vinos, tapitas en las puertas, niños en balcones y terrazas.

Recuerdo el olor a jazmín, a claveles, a geranios, a damas de noche.

Recuerdo al desaborido de mi abuelo, al ausente de mi padre, a mi tía con sus cosas, a mi madre a todas horas; recuerdo a mi abuela con su delantal, su amabilidad, su cariño; recuerdo a mi bisabuela con su bastón, pura dulzura y comprensión.

Recuerdo a mis hermanos, a mi hermana mayor que me enseñó a rezar, a soportar los vaivenes, a mi hermano pequeño, gordito y sonrosado, y a mi hermanita que era un bebé.

Recuerdo la tele, a Jiménez del Oso, a Rodríguez de la Fuente, A José María Iñigo, a Gaby, Fofó, Miliki, Fofito y Milikito… a Curro Jiménez, el Un, Dos, Tres, Barrio Sésamo, Aplauso… y los golpes a la antena.

Recuerdo mi primera cartilla, mi primera carpeta, negra como la de un notario.

Recuerdo la monjas pasear por la calle, a la Guardia Civil en el cuartel, los matojos de la iglesia.

Recuerdo mis pantalones cortos, recuerdo mi pelado de escupidera, mi timidez.

Recuerdo con cariño, con amor, aquel que fui, a mis hermanos, a mis abuelas, al seco de mi abuelo. Recuerdo el hermano de mi abuela, con todos sus hijos, Recuerdo a mis tíos, aquel gamberrete que tanto nos quería, y al otro, a aquel que ya se fue. Recuerdo a mi tía, guapa, chillona y que se desvivía. Recuerdo a mi abuela, a la que siempre echo de menos.

Recuerdo todo.

Como un sueño parece lo vivido, lo recordado, y los años, las décadas, que sepultan todo bajo la manta de las obligaciones, de las preocupaciones, de los quehaceres, no pueden anular mi recuerdo.

Sí, recuerdo todo: un vestido, una sonrisa, un grito, una puerta, un umbral, una bombilla, una tinaja, un níspero, unos pájaros, lo que sentí, lo que viví… Recuerdo: una brisa, las estaciones, lo bueno, lo malo, lo oculto, lo dicho… Recuerdo a un niño.

 

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Profundidad de El Bosque Negro

Jacques puede ser, podría ser, cualquiera de nosotros, desde un punto de vista psicológico. Él peregrina por el mundo conocido por parajes desconocidos, se adentra en lo más hondo de sí mismo y solamente ve monstruos contra los que lucha. Su Sombra siempre le está amenazando, siempre se hace patente. Él tiene varias personas: es un cartero, alguien que lleva paquetes de un lado a otro, y además de es un mago poderoso, que tiene que descubrirse a sí mismo.

El Bosque Negro y El Libro Rojo es una novela clasificada de fantasía, de dragones y magos, pero en ese primer libro de la serie, un libro nada fácil de escribir, subyace una psicología jungiana muy fuerte, toda una filosofía. Por eso hay dos formas de leer esta historia: como un entretenimiento puro, cuyas aventuras te atrapará y tendrás ganas de más, y como una novela iniciática, donde emprenderás un camino de autodescubrimiento. Escribir un ensayo dentro de una novela es una tarea titánica. A veces he pensado que he sacrificado la narración por hacer visible lo que subyace; pero cuando lo releo entiendo que podría pasarse por alto.

Muchos leerán la novela y solamente verán las aventuras de un mago, y  esperarán con ansias una segunda parte (El Bosque Negro y El Dragón Blanco). Otros descubrirán algo más y se quedarán extasiados.

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Un combustible llamada Humildad

La humildad es el combustible con el que funciona el caminante, el peregrino que busca la verdad, el conocimiento, la redención, el perdón, la sabiduría, etc. Es el combustible que se necesita para despertar, el que se necesita para caminar por el valle sombrío, el que se necesita para adquirir conocimientos y para descartarlos.

En este tortuoso y espinoso peregrinar hacia la sabiduría, hacia el conocimiento de lo oculto y de lo patente, se corre el peligro de que el caminante se olvide de repostar, de llenar sus motores de una humildad de calidad y potente. Si llena el motor de otra cosa, por ejemplo, soberbia, vanidad, porque se cree que ha llegado a algún sitio, que por experiencias, estudios, edad, etc. es una persona importante, sabia… entonces estaría perdido aunque no fuese consciente de ello.

Muy a menudo, los que han llegado a ese punto en el que se creen que son y no son, fundan sectas, movimientos new age, religiosos, lideran formas de pensar, capitanean a gente que buscan la verdad, que van por sus propios caminos, pero que se han desviado para seguir a “maestros” de este tipo, que por supuesto, con la mejor intención casi siempre, piensan que son unos elegidos, portadores de una verdad trascendental y que están haciendo un bien a la humanidad. Los discípulos, a parte de perjudicarse a sí mismos, también aúpan al gurú al pedestal de una pseudo-divinidad, que a la larga también le perjudica.

Puedo comparar esto con aquel que lleva toda una vida luchando, buscando un tesoro, y que cuando lo encuentra no sabe qué hacer con él y comienza a malgastarlo, en vez de invertirlo y disfrutarlo con cabeza. Dice una frase evangélica que “donde está tu tesoro estará tu corazón”, y ese punto, el del maestro fallido, es una abominación para el corazón, una profanación de lo más sagrado. Si no es capaz de actuar como debe con ese tesoros, ¿qué se puede esperar de él cuando deba hacer lo impensable con ese don?

Malgastar el tesoro es como llevar una luz por medio de un túnel oscuro y conducid a la gente por donde no le corresponde o por donde solamente debiera ir él. Tal como describo en otro post, todos debemos seguir nuestro camino y portar nuestra propia antorcha. No hay maestros, y si los hay son tan humildes que se niegan a tener discípulos. Los auténticos maestros, los que de un modo u otro podrían considerarse como tales, son aquellos que tienen tanta luz que iluminan todo un camino, pero que ayuda a los demás que acrecienten su propia luz y sigan su rumbo particular.

 

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La sombra escurridiza

Este pequeño cuento o fábula formará parte algún día de un libro de cuentos y fábulas, que poco a poco estoy escribiendo, y que espero acabar antes que Anubis asome su hocico.

La Sombra Escurridiza

Había una vez una sombra que no se quedaba quieta, ni aunque su dueño estuviese dormido o atado a una estaca. Fuese cuando fuese que la sombra apareciese, la sombra no paraba, iba de un lado a otro, dando vueltas al dueño: a la derecha, a la izquierda, ahora se alarga, ahora se achica, es que no paraba.

Cansado el dueño de tan esquiva sombra quiso pagarle con su misma moneda, se montó en pleno y soleado día en un tiovivo. Al principio la sombra seguía como si tuviera el baile de San Vito, pero al poco tiempo apreció para su desgracia, que su dueño se movía más que ella. El dueño daba una vuelta, y otra, y otra, minuto tras minuto, hasta que ya no aguantó más la sombra y se agarró quieta, como una estatua, a su dueño y así estuvo hasta que terminó de dar vueltas.

Desde aquel día la sombra está cuando debe estar, y se traslada donde debe trasladarse, y su dueño estuvo contento para siempre.

Tiene su moraleja, desde dos puntos de vista. Primero, a simple vista, el punto de vista de “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”, frase célebre evangélica que pudiera redondearse o completarse con otra “haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti”. Segundo punto de vista: la sombra de nuestro cuerpo es la sombra de nuestro interior, lo que Jung llama, precisamente, la Sombra. La Sombra es nuestro espectro tenebroso, donde se guarda todo aquello que nos resulta vergonzoso, inmoral, impropio, etc. son aspectos de nuestro ser que no queremos ni nos gusta, principalmente negativos. Esa Sombra siempre nos está dando guerra, normalmente sin darnos cuenta. Cuando la persona, el ser, se da cuenta de lo que le pasa, su acción es moverse, tomar consciencia, para que la Sombra tome el puesto que debe tomar y no siga haciendo de las suyas.

 

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