El maestro y la antorcha

Un maestro es un ser que lleva una antorcha dentro de un mundo subterráneo y oscuro de laberínticos corredores y pasadizos. Un buscador, un luchador, un guerrero, un navegante de esa oscuridad también lleva su antorcha, pero es una que ilumina menos que la antorcha del maestro. Los discípulos o buscadores se apegarán al maestro, irán a su lado. Pero el buscador debe saber que el maestro es otro buscador, con una antorcha más luminosa, pero que cada cual tiene su propio camino. Debe saber que no debe estar siempre con el maestro, que debe aspirar a que su antorcha ilumine más y no le haga falta la del otro. Debe saber que lo importante es su propia luz, que por ello no debe descuidarla y abandonarla de modo que se apague. ¿Qué pasará cuando el maestro decida ir por otro camino, un camino que no es el del discípulo? Que el discípulo tiene dos opciones: se queda solo, sin luz propia ni ajena, perdido por completo, o sigue a su maestro, aunque ese no sea su camino. Normalmente eligen seguir al maestro, pues el sufrimiento de la soledad absoluta, de la oscuridad total no la aguantan, prefieren una luz ajena, para ellos inservible, que estar sin luz. Lo ideal hubiera sido acompañar al maestro mientras tenían el mismo trayecto y aprovechar para que su antorcha estuviera tan viva como la del otro. Pero si llega al extremo descrito es mejor caer en la oscuridad total, en la “muerte”, para poder resucitar con una luz grande y continuar su camino. ¿Cuál es el camino correcto de cada buscador? Aquel en el que la antorcha cobra vida, se ilumina más. La antorcha, al final de su viaje, iluminará tanto que parecerá de día y cuando llegue a la salida, verá que todo tiene la misma intensidad.

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La necesidad de saciar

Saciar una necesidad, sea la necesidad real o ficticia, encontrada o buscada, supone una dosis de placer. Pasar hambre y comer por ejemplo, pasar sed y beber. No hay el mismo placer en comer sin hambre y beber sin sed que cuando el hambre y la sed te acucian. En el sexo es igual, en el defecar, en el ducharse, en las adicciones a las drogas, etc. Todo aquello que requiera un malestar y sufrimiento, producto de una necesidad, conlleva un placer, una complacencia, un contento, cuando es saciado.
Esos mismos placeres de la saciedad de las necesidades, no solamente son biológicas, también hay niveles superiores, de necesidades emocionales, mentales, espirituales, que hay que saciar. Todo esto me lleva a pensar que si el malestar por una necesidad biológica es tan dura, ¿cómo será el malestar por la imposibilidad de saciar una necesidad superior? Un ejemplo pudiera ser el amor de pareja, el amor profano, que puede llegar a destruir a un ser humano, en el sentido romántico, cuando ve que no puede saciar esa necesidad amorosa, incluso aunque llegase a saciar una necesidad sexual. El sexo es en sí el sucedáneo o hermano menor del amor; muchos confunden ambas cosas y piensan y sienten que si hay sexo hay amor, el amor está un paso o dos por arriba, y el placer es mayor que el del sexo, aunque no descarte que se puede paliar ambas. Esa es la diferencia entre tener sexo y hacer el amor, por ejemplo. Lo mismo se podría decir de otras necesidades.Es como, si se piensa bien, hubiera una escala de necesidades y de paliaciones, paralelas entre sí, aunque colocadas en distintos estratos del ser humano. La necesidad espiritual, es a todas luces, la mayor de las necesidades y es, por lo consiguiente, la que mayor malestar y sufrimiento produce, y la que mayor placer dará, casi con toda seguridad porque abarcará no solamente su estrato sino todos los demás. Porque pienso que una posición superior en este binomio de necesidad-paliación abarcaría estratos inferiores.
Las necesidades superiores, la espirituales, también, al ser integrativas, abarcan necesidades inferiores y hace que el ser humano tenga multitud de necesidades, multitud de sufrimientos, y que ante la ignorancia de la verdadera magnitud de lo que sucede, busque la paliación por las zonas más bajas. En cierto modo es normal que suceda esto, pues darse cuenta de lo de arriba implicaría un camino recorrido, y ese camino llevaría a un despertar, a la búsqueda de saciar esa sed que se padece en el espíritu.

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El Santo Grial y el sentido de la vida

Buscar el sentido de la vida, hasta cierto punto es una futilidad y llegados a cierto punto es una paranoia sin sentido, sin embargo todos lo hacemos, de un modo u otro, más conscientes o menos, incluso inconscientemente. Buscar el sentido de la vida es una tarea más de nuestro organismo, de nuestra mente más bien, porque necesita comprender el por qué y el para qué, necesita sentirse vivo en la vida, necesita alejarse de la pesimista y negra sombra de la muerte, aunque muerte y vida vayan de la mano. Esa búsqueda siempre está presente, aunque no nos percatemos de su presencia. Ser animales tan avanzados, ser conscientes de nosotros mismos, de nuestras limitaciones, de nuestros sueños, de nuestra imaginación, de nuestras posibilidades, nos sitúa en una tesitura muy peliaguda en el mundo. Porque vivimos, es obvio, pero es una obviedad que escuece cuando no sabemos los motivos y cuando sentimos la plenitud de la vida misma, y vemos que somos seres mortales, que nuestros cuerpos son débiles, que acabaremos bajo tierra, bajo una lápida o en el crematorio.

Un de las defensas de nuestra mente para situarse bien en esa búsqueda, es engañar al ser humano con la sensación de haber encontrado el sentido. Ese engaño consiste en sentirse parte de un algo mayor que nosotros mismos, de un grupo, cuyas conexiones son evidentes, patentes con nuestros gustos, aficiones, reivindicaciones, físico, etc. Al sentirse compenetrados con otros, parte de otros, sentimos la vida con mayor plenitud. Esa falso hallazgo siempre ocurre en grupos mayores que el individuo, pero no ocurre a niveles universales, pues la búsqueda del sentido de la vida, ya que la vida es algo universal, debe ser universal, y eso requiere una búsqueda mayor, mayor que una etnia, mayor que una nación, mayor que una clase social, mayor que una familia, mayor que un club. La mente apacigua su frustración intentando que no busquemos más, pues si buscamos más nos sentiremos mal en esos grupos porque veremos que son excluyentes, ya que la vida, que es universal, no es excluyente. Cuando buscamos de verdad tenemos que ser conscientes de la muerte, y aceptarla como algo más, no como el final, como un proceso que vivimos.

No es que la mente sea esa perra mala que nos gobierna, el hombre es dueño de su mente, debe ser dueño de su mente, no la mente dueña del hombre. Pero al igual que nuestro organismo, se defiende, se posiciona, nos avisa, nos trastoca, enferma, pero para que nos demos cuenta y rectifiquemos, para que nos podamos sanar. Buscar el sentido de la vida es buscar el sentido de nuestra propia vida, y si no lo conseguimos vivimos en un estado depresivo. Ese estado es necesario para mirar mejor en nosotros mismos, pero ordenamos a nuestra mente huir, buscar soluciones rápidas. Esa orden es aceptada rápida, nos hace, por ejemplo, meternos en un taller de cerámica, o un club de fans, o coleccionar sellos, o jugar al tenis, etc. Y nos conformamos ahí, en esa nimiedad, teniendo una falsa sensación de satisfacción, de pertenecer a algo mayor que nosotros.
Curiosamente, cuando logramos hallar el santo grial, el del sentido de la vida, el verdadero sentido, estamos en el mayor grupo de todos, del universo completo, aunque a veces eso requiere estar solo, físicamente hablando o emocionalmente hablando. La búsqueda del santo grial requiere de heroicidad, de valentía, de sacrificio, porque casi siempre se hace solo, en los terribles abismos de nuestro interior. Pero cuando bebes del grial, cuando experimentas su poder, su esencia, nunca más te sentirá solo, porque sabes a ciencia cierta que estas con todo, en todo, que eres Todo.

¿Por qué es una futilidad, una paranoia sin sentido? Porque la búsqueda debe hacerse al revés, no debemos buscar el sentido de la vida, porque nos presentaría miles de formas falsas del sentido. Debemos rechazar lo que encontremos, siempre, porque el sentido auténtico supera cualquier cosa que seamos capaces de encontrar, debemos buscar sin querer buscar, el santo grial viene a nosotros cuando vemos que es un imposible y nos damos por vencido. Esto es difícil de explicar y de entender; pero es así.

Debemos vivir y vivir, adorar la vida y respetarla, es lo primero, eso requiere amor a nosotros mismos y a los demás, que en cierto modo son también nosotros mismos. A lo largo de nuestra vida sentiremos la necesidad de encontrar el sentido, y aparecerán muchos sucedáneos, pero deberemos rechazar esa autosatisfacción que nos conduciría al estancamiento. No quiere decir que no debamos pertenecer a grupos menores, eso quiere decir que debemos tener miras mayores, no excluyentes, pues vivir la vida requiere de amor y el amor no excluye, como la vida misma. Vivir y vivir, amar y amar, y el sentido de la vida aparecerá, dentro de nosotros. Lo sabremos cuando seamos capaces de ver lo vivo y vernos en lo vivo reflejado como en un espejo. Y si sentimos esa depresión, esa tristeza, deberemos mirar al interior y trabajar para conocernos a nosotros mismos, para colocarnos en esa situación en la que deberá colocarnos: sentirnos parte del universo.

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Somos hermanos

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Todos somos hermanos y vamos en el mismo barco, por más que nos empeñemos en pensar los contrario o en hacer oídos sordos. Y ante tal hecho, lo que nos hacemos a nosotros mismos se lo hacemos a los demás, cualquier acto tiene una repercusión directa e indirecta en el prójimo.

Por más que me esfuerzo en entender qué lleva a un ser humano a afanar, a correr como poseso por el mundo, a acumular riquezas, bienes, mi cerebro no da abasto. No comprendo que uno deba usar más de lo que necesita o guardar más de lo que requiere. No entiendo a aquellos que, gracias a su talento o a su ignorancia, se hacen ricos. En este barco, en este planeta, limitado, donde lo que hay es lo que hay, tener más significa restar. No, no, tener talento, capacidad, no nos da derecho a tener más, nos da obligación de dar más, de enseñar más, de ser buenos samaritanos, de pasar salando. Porque somos hermanos, todos, por más que queramos ignorar este hecho.

Nuestra principal obligación como hermanos es hacer todo lo posible por llevarnos bien. ¿Qué querría un buen padre? Tener a sus hijos unidos, alegres, esperanzados. Los hermanos debemos sacar lo mejor de nosotros y mostrarlo. En el corazón humano hay mucha bondad, lo sé, pero se empeña en guardarlo bajo mil capas, y nada más muestra esa parte dolida, rota, que muestra odio, rencor. En lo más hondo de todos hay bondad, aunque parezca mentira a la vista de las tragedias y de las barbaridades. Somos capaces de los mejores sueños, no solamente de las peores pesadillas. Y aunque ahora, veo y lloro, miro y me desespero, y estoy más cerca de maldecir que bendecir, de huir que de creer, sé que todavía tenemos esperanza. Creo en el ser humano, creo en mis hermanos.

La risa, las lágrimas, la sangre, la música, el arte, la heroicidad, la belleza, todo eso nos une. Somos iguales, somos hermanos, somo libres. Sí, somos eso, lo que pasa es que no lo vemos, no lo sentimos, no lo percibimos; porque necesitamos abrir los ojos y Despertar.

Despierta hermano, despierta…

 

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Extravagantes hijos de mi fantasía

Comienza el insigne y romántico poeta, Gustavo Adolfo Bécquer, en su prólogo de Rimas y Leyendas, diciendo:

“Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo”.

En la escena del mundo presento los extravagantes hijos de mi fantasía, de mi experiencia, también. Sobre una alfombra infantil, de casitas y trenes, los inmortalizo.

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Son hijos míos, forjados de adn emocional, de células del pensamiento, como si mi alma pudiera yacer con mi corazón y engendrar. Todos y cada uno de ellos con su historia, con su recorrido, con su potencial. Y encinta ando, de muchos más. Algunos están en la cuna, aún son muy jóvenes para lanzarlos a sobrevivir al despiadado mundo, otros, muchos de ellos, nonatos, pero todos están. Y estos nueve, estos que valientes y descarados, sin vergüenza pero con pudor, se presentan sobre una alfombra, cual baratillo en plazuela, cual Aladino en busca de la lámpara, son dignos hijos, con sus defectos, corregibles, con otras taras, salvables, pero al fin y al cabo sangre de mi alma y carne de mi espíritu.

Ya que he empezado con el prólogo de Bécquer, me gustaría pegarlo completo:

Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma.
Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse, al beso del sol, en flores y frutos.
Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en formidable aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por dónde salir a la luz, de entre las tinieblas en que viven. Pero, ¡ay!, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra, y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos. Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. ¡Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino!
Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término, y a éstas hay que ponerles punto.
El insomnio y la fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia disputándose los átomos de la memoria, como el escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo.
¡Andad, pues! Andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables; os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estrofa tejida con frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. Mas es imposible.
No obstante, necesito descansar; necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas henchidas venas se precipita la sangre con pletórico empuje, desahogar el cerebro, insuficiente a contener tantos absurdos.
Quedad, pues, consignados aquí como la estela nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa, como los átomos dispersos de un mundo en embrión que avienta por el aire la muerte antes que su creador haya podido pronunciar el fiat lux que separa la claridad de las sombras.
No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos en extravagante procesión pidiéndome, con gestos y contorsiones, que os saque a la vida de la realidad, del limbo en que vivís, semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse este arpa, vieja y cascada ya, se pierdan, a la vez que el instrumento, las ignoradas notas que contenía. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo, una vez vacío, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido común, que es la barrera de los sueños, comienza a flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los días y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre.
Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la muerte, sin que vengáis a ser mi pesadilla maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron en un alma que pasó por la tierra sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas.
Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje. De una hora a otra puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones más puras. No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanqui, el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasía en los desvanes del cerebro”.

 

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Actos creativos

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A lo largo de la historia, desde el Paleolítico, y con más seguridad, desde el Neolítico, la narración, el cuento, la fábula, se convirtió en el entretenimiento de la tribu, del clan, de la familia. Al mismo tiempo, a la luz del fuego, al arropo de la cueva o de la cabaña, nació el pensamiento mágico. No es de extrañar que la observación del cielo nocturno, con sus estrellas, con la Luna, y la observación de las nubes, del Sol, en el cielo diurno, junto a los cambios meteorológicos, estacionales, brindarán toda una oportunidad para unir el pensamiento mágico con la narración. Probablemente las primeras religiones nacieran en ese momento, en que lo incomprensible fue narrado y adorado.
No quiere decir que lo mágico, misterioso, extraordinario, fuesen fabulaciones y que la herencia milenaria de esas primeras muestras religiosas fueran incorrectas. El hombre busca explicación a todo, comprensión, la observación de la naturaleza invitan a buscarlo, las lagunas de ignorancia se rellenaban con fantasía. Pero eso no quita que la base sea incorrecta, sino más bien que el conocimiento humano era parco y estaba en sus inicios.
La observación dicta que el milagro de la vida, de los ciclos naturales, por muy extraordinarios que resulten, no dejan de ser naturales. Lo mismo ocurre con los dictamines de la observación de aquello que desconocemos a priori, observaciones de lo sobrenatural. El error está en las explicaciones, en las narraciones, pero no en el hecho en sí, pues no dejan de ser sobrenaturales.
Todo aquello impulsó las religiones futuras, fueron las bases de la literatura, del arte en general como expresión creadora contrarrestando la destrucción, la muerte, lo desconocido, y buscando la esencia misma del ser.
La parquedad, sencillez, de la acción creadora, artística, lejos de ser pobre, fueron las bases fundamentales, los tres colores primarios con los que se crean infinitos matices. Se puede buscar la esencia de la pintura, también de la ciencia, y por supuesto de la literatura. La narración nacería sencilla, simple, pero se convertiría en algo sin freno, lleno de matices con el tiempo. Estoy convencido, como así se busca la lengua primaria, esa única o pocas lenguas que con los milenios serían miles, la narración tendría un argumento único o muy pocos argumentos, una pequeña historia base que sería el inicio de los millones de cuentos, narraciones, relatos actuales.La poesía nacería junto a la música, la canción sería la madre de la poesía, pues la poesía son palabras con musicalidad intrínseca. Palabras con música sería canción, la fusión de la música, ese ruido armonioso, sonoro, melódico, de los primeros seres, junto a esas palabras, historias, de las primeras fabulaciones o descripciones.
En fin: música, poesía, narraciones, religión, están unidas, son frutos del árbol de la vida del ser humano. Un canto a la vida, un canto a la creación, una pataleta contra la muerte y la depresión.

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Vara de medir

Intentamos medir a todo el mundo, todas las circunstancias, con la misma vara de medir, y no nos damos cuenta que eso es injusto a la par que ridículo. Cada situación, cada persona, son únicas, excepcionales, irrepetibles, aunque en apariencia parezcan lo mismo.
La educación, por ejemplo, ¿cómo se puede valorar, juzgar, clasificar, puntuar, a todos los alumnos con la misma vara de medir? Cada alumno es distinto, aunque muchos, por la moda o por la costumbre, parezcan clones; pero son diferentes, sienten diferentes, piensan diferentes, aunque solo sea una proporción ínfima. Cada alumno es hijo de sus padre y de su madre, tiene una familia distinta, unas costumbres desiguales, un corazón, un cerebro, un alma, que calibran de un modo distinto.
¿Cómo se puede valorar igual un alumno introvertido que un alumno extrovertido?, ¿a un alumno capacitado para las artes que a otro para las matemáticas?, ¿a uno que se le da bien escuchar que a otro que se la fenomenal hablar?, ¿a uno que trabaja rápido a otro que trabaja lento? ¿Cómo se puede valorar del mismo modo a niños, adolescentes, personas, tan distintas?
En algo falla la educación cuando se ha generalizado tanto, la propia palabra currículo tiene su perversión intrínseca. ¿Qué digo o pretendo decir? Que todo está equivocado en el sistema educativo, prácticamente de raíz, con tales errores que están pasando factura al ser humano. Hablo del sistema español, pero sé que la mayoría del mundo tiene un sistema parecido, aunque en apariencia les vaya muy bien a otros países.
La primera perversión es que se educa, instruye, al niño, desde pequeño a competir; la segunda es que los preparan como trabajadores y consumidores, propio del aquelarre que viene de la Revolución Industrial; la tercera, que se omite la diferencias cualitativas de cada uno de ellos. Tales perversiones son imperdonables, como que no se les eduque para la colaboración. Examinarlos constantemente, con exámenes estandarizados para más inri, es una crueldad.
Los exámenes, sí, es una cosa que debiera dejar de existir. Entonces ¿cómo se valora a un niño o estudiante? Hay muchas formas. Los trabajos interdisciplinares, por ejemplo, donde cuenta más la colaboración, la voluntad, que los propios resultados, que los tendrá también.
Mi colegio ideal es aquel en que un maestro tiene pocos alumnos, que no está limitado por las paredes de un edificio, que enseña de manera distinta a cada uno de los alumnos, en el que competir está prohibido, y los exámenes, y los horarios rígidos, y las burocracias. Tal es así que a un alumno se le puede aprobar porque se sepa todo en matemáticas o porque se sepa poco, porque el que sabe mucho de una cosa puede saber poco de otra y viceversa. Si se conoce al alumno se sabe qué virtudes y defectos tiene, cuales son sus posibilidades, sus capacidades, y a un niño que tiene muchas capacidades intuitivas o narrativas, por ejemplo, no se le puede exigir el mismo nivel de matemáticas. No hay injusticia en aprobar a uno y a otro, lo injusto es tener la misma vara de medir para ambos.

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El viejo: maestro o decrépito

El viejo, son como dos caras de un dios dual, como un Jano, ambos son arquetipos, pudiendo ser un viejo maestro, que enseña cosas nuevas con ideas antiguas, o el viejo decrépito, incapaz de enseñar nada, atrapado en su soberbia. Al igual que Jano, cuyo mes es enero, es el mes que mira al futuro, a los otros meses, a la evolución, el mes que decidimos hacer cosas nuevas, cambiar de vida; pero enero también es ese mes frío que viene de diciembre, del anterior año, incapaz de soltar lastre. Como Jano, pues, como enero, entonces, el viejo aparece en nuestros sueños, en nuestra vigilia, y puede significar dos cosas: es un gran maestro que nos enseña el correcto camino, la verdadera sabiduría, o es ese monstruo agonizante que se aferra al ego y que con sus consejos nos destruye.
El auténtico maestro, alcanzando su madurez, no hace más que derramar su sabiduría y dejarse ir, poco a poco, para que el discípulo tome las riendas. Lo mismo del padre con sus hijos, que debe perder esa sacralización de la que es objeto para pasarle el testigo a los hijos. Pues saber soltar es tan importante como saber atrapar, debe haber un perfecto equilibrio, que requiere una fuerte dosis de humildad, para el viejo y para el joven; el primero porque debe saber soltar y el segundo porque debe saber atrapar, y para ambos, porque deben saber cuándo y cómo. Eso no quiere decir que el joven tome toda la sabiduría y sea comparable con el viejo, pues a ese joven le queda toda una trayectoria para aprender a soltar. El joven debe aprender a soltar cuando llegue a su cenit, pero antes debe aprender a atrapar.
Si en la vida nos tropezamos con la versión enferma, decrépita, cercana a la muerte, podemos confundirnos, creer que es un maestro, cuando en realidad es un alumno, discípulo de la vida, que no ha podido soltar. Pues el conocimiento, la experiencia, es como agua que si no corre te ahoga o como fuego que si no se propaga te quema, y muchos, al final de sus días, se ahogan o se queman, y esa sensación es la que traspasan a sus discípulos, a sus hijos, nietos, que terminaran reverenciándolo y viviendo equivocados con una enseñanza envenenada y errónea.
El arte de soltar, de que todo transite, transcurra, emane, es el que debemos adquirir, y los viejos, que bien han sabido hacerlo, son los que pueden ayudarnos en ello.
Soltar es quitarle importancia a la vida, perderle miedo a la muerte, tener humildad plena y sincera, conocer las virtudes de la soledad y el silencio, del recogimiento, de la navegación interior, saber mirar, no juzgar… Pero una cosa es decirlo y otra bien distinta adherir ese conocimiento a nuestro ser, que requiere años, muchos años.
En resumen: el viejo maestro nos enseñará a soltar y el viejo decrépito nos enseñará a amarrar, el primero será modesto, el segundo será soberbio, el primero será flexible y el segundo será rígido. Y el discípulo debe reconocer ante quien está presente y si su capacidad de soltar va creciendo conforme transcurre su vida.

 

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El Bosque Negro

Bueno, pues ya es un hecho, El Bosque Negro, subtitulado: El Libro Rojo, es el primer volumen de la serie Crónicas del Bosque Negro. En la actualidad estoy escribiendo, aunque muy despacio, demasiado, la segunda entrega, también titulada El Bosque Negro, pero subtitulado: El Dragón Blanco.
Es una historia típica de magos, dragones, venganzas, luchas, amor, pero con unas variantes que la hace atípica, extraña, mágica, que está escrita desde un punto de vista psicológico y místico. Por eso este libro, esta primera entrega, tiene algo especial: tiene una lectura superficial, que hará las delicias de los amantes del género, pero también tiene una lectura profunda o esotérica, que hará las delicias de los amantes de lo oculto, del conocimiento humano, de la psique, de lo profundo. Pasa un poco como en Eterno Retorno, otra de mis novelas, o como Planeta Prisión, que son como parábolas, como grandes metáforas, que encierran más que enseñan y enseñan más de lo que parece.
Quizás por ello no me gustan los lectores fáciles, aunque por favor, acercaros a leer, por muy sencillos que os creáis. Me interesa el lector comprometido, el que busca más allá de las palabras, más allá del párrafo, los que intentan buscar el sentido y el significado de las cosas. De este modo, al acabar la lectura, no solamente se dirá: “bonita y entretenida”, sino que afirmará: “he descubierto cosas de mí, sobre mí, en mí, que me han cambiado”. Puede que parezca demasiado pedante y atrevido el propósito, puede sonar altisonante y descabellado, pero es lo que creo y no sería sincero ni honesto con mis lectores sino lo confesara.

Os dejo el enlace de Amazon por si queréis descargaros el libro, u otros, buscando por autor:

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El Bosque Negro y El Libro Rojo

Pronto publicaré en Amazon mi nueva novela, que aunque fue escrita en el 2013, al igual que Eterno Retorno, es ahora cuando me animo a hacerla pública. Trata de un mensajero llamado Jacques y sus aventuras hasta convertirse en un gran mago. Hay magos, hay dragones, hay monstruos, hay batallas, hay venganzas, hay psicología, hay amor.

Mapa del libro, lugares donde trascurre la historia. He obviado los pueblos y aldeas más pequeñasMAPA_REINOS copia copia

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Eterno retorno

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El fantasma sin memoria

 

Desde el 9 de febrero hasta el sábado, podéis descargarlo gratis en Amazon.
Aunque es un relato para niños, jóvenes, lo escribí pensando en los adultos que son como niños

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Mascarada

Según la RAE:

persona.

(Del lat. persōna, máscara de actor, personaje teatral, este del etrusco phersu, y este del gr. πρόσωπον).

Persona es máscara, un antifaz, una versión adaptada de nosotros mismos que damos a la sociedad, al otro. Esa versión adaptada es la que el sujeto piensa y siente necesitar en ese momento, en esa circunstancia concreta, ante el otro u otros presentes, es la versión mejor o peor de nosotros mismos, según convenga.

Todos nosotros usamos máscaras, tenemos, tal vez, miles, si no más de ellas, una para cada relación, para cada encuentro con otra persona, con cada una de sus máscaras ajenas. Y eso no es hipocresía, ni engaño, pues siempre tenemos una máscara puesta. Muchas de esas máscaras se parecen, es como si hubiera una línea que las igualara, pero en realidad son distintas. La máscara que usamos con nuestro padre puede ser parecida a la que usamos con nuestra madre y muy parecida a la que usamos con ellos dos juntos, pero en realidad son ligeramente distintas. La máscara que usamos con nuestro hijo es parecida, tal vez, a la que usamos con otro de nuestros hijos y muy parecida a la que usamos con otro, y otro, y con todos nuestros hijos a la vez; pero son distintas. Cuando las máscaras son manifiestamente distintas nos pueden acusar de hipocresía, de engaño, de otras cosas, pero en realidad debe ser así, no porque en el fondo no seamos aquello que nos acusan, sino porque tenemos que tener una máscara para cada persona exterior y para cada grupo de personas y entra dentro de la normalidad la diferencia entre máscara y máscara, así como el parecido entre máscara y máscara si las relaciones son parecidas.

Saber crear, de manera inconsciente, por supuesto, nuevas máscaras, es signo de salud mental, de capacidad de adaptación. Crear máscaras intencionadamente sí es maquiavélico, o una representación teatral consciente, es como si a la máscara le superpusiésemos otra máscara. A ese inmenso juego y enorme abanico de antifaces le denominamos persona.

La persona, todas esas personas que somos, que representamos, se alimenta de nuestro interior, de nuestro Inconsciente, tanto el personal como el colectivo, pues ambos están entrelazados y forma uno parte del otro. Ese Inconsciente es un maremágnum de arquetipos, complejos, sueños, recuerdos, etc. Entre esas parcelas más importantes de la psique humana cabe destacar la Sombra, la cual es el abono de la persona, pues actuamos como actuamos por lo que llevamos dentro y por lo que rechazamos de nosotros mismos, que eso es lo que representa la Sombra.

Cada máscara, por ejemplo, la que te pones en la relación con tu jefe, es única, porque es máscara se alimenta del interior, que determina todo en ese juego de antifaces: cómo hablas con tu jefe, el tono, la simpatía o el odio, el respeto, el engaño, el amor, la indiferencia, y esa relación, juego de máscaras, se actualiza constantemente, aunque a grandes rasgos se pueda mantener en el tiempo. A parte de la máscara que te pones para tratar con tu jefe, hay otras máscaras que se pueden superponer, como cuando estás en situaciones distintas al trabajo: hay una máscara para con el jefe en el trabajo y otra para con el jefe en una cena de navidad; y no es que sean distintas máscaras, es la misma, la que te pones con el jefe, pero adaptada. La cuestión es que para cada relación existe una máscara, que puede ser en una relación individual o en una colectiva, y que las máscaras están siempre presentes, un paso atrás en el presente y en el consciente, salvo la que necesitamos, y que pueden estar relacionadas, contaminadas, por ejemplo: tienes la máscara puesta que llevas cuando estás con tu marido, llegas al trabajo, te pones la del trabajo, sea la del jefe o del compañero, pero la de tu marido contamina, por motivos que sea, a la del trabajo, y ese día o esos momentos, estás como perdida, no sabes cómo actuar o bien confundes, como por ejemplo tratar con ira (sin darte cuenta) a un compañero, con el que siempre tienes una máscara de cortesía, porque has discutido con tu marido.

Conforme somos más despiertos, más conscientes, hacemos más interiorizaciones, las máscaras se vuelven más igualitarias, pero cuidado con esto, una psicopatía total hace que un sujeto tenga muy pocas máscaras y que trate con todos con la misma careta, pero un gran sabio, un maestro de maestros puede llegar a lo mismo; el primero por eliminación de sus máscaras, pues su Sombra a contaminado por completo a su persona, y el segundo por igualación de su infinitas máscaras por la iluminación de su Sombra.

Lo ideal sería crear máscaras, personas, para poder tener una para cada segundo y momento de nuestras vidas, al ser tantas el Ego pierde fuerza y la empatía crece sobremanera. Teniendo tantas lo correcto sería igualarlas: misma amabilidad, misma cortesía, mismo amor. No me cabe duda que el mismo Dios tiene todas las máscaras posibles existentes pero que cada una de ellas es casi igual o exactamente igual a las otras.

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Buscar el sentido

El único objetivo que tenemos los seres humanos en esta vida es buscarle sentido, pues de lo contrario nada merecería la pena y seríamos pasto de nuestra propia grandeza, de nuestra propia evolución, machacados por el peso de nuestras emociones, de nuestros pensamientos.

Venimos al mundo, como animales no tenemos más que sobrevivir, con todo lo que ello conlleva: comer, beber, protegerse, procrear como impulso ante el miedo a no ser, a no estar. Pero tenemos un intelecto, unas emociones, que determinan todo en nuestra vida, incluso nuestra salud, incluso nuestra capacidad de supervivencia. Eso hace que si somos conscientes de nosotros mismos busquemos razones, motivos de nuestra existencia, de nuestra labor en la vida y en el mundo; y al ser conscientes no nos conformamos con el mero hecho animal, pues adquirimos trascendencia. Ahí es dónde entra la búsqueda del sentido de la vida, en que el sentido no es ya el mero hecho de vivir.

Como una pulsión, algo instintivo, todos buscan y encuentran un sentido, incluso sin tener muy desarrollado su intelecto, su espiritualidad. Es como una defensa de nuestro organismo, de nuestro ser, a no perecer bajo nuestra propia grandeza. Ese sentido puede ser loable o ridículo, y puede ser uno u otro, cambiar sin darse cuenta; pero son programas, objetivos, que hacen que el individuo viva, no quiera dejar de existir, no quiera alejarse de todo cuanto le produce placer y satisfacción.

Las almas más complejas, esos seres que entran dentro de su propia grandeza, que son conscientes de lo trascendente, puede hallarse ante la tesitura de tener mayor capacidad de encontrar el sentido, pero mayor dificultad para hacerlo. Entran, pues, en una crisis existencial, en una depresión o melancolía, que les hace ser diferente, especiales. Estos seres pueden llevarse toda una vida buscando el sentido de la vida, su sitio, su objetivo, y no encontrarlo.

Y es que el sentido de la vida tiene niveles de dificultad, como los juegos, y hallado los niveles primeros del sentido, una vez superadas, se busca uno mayor. Esa mirada a la profundidad del alma, la que te hacen entrar en esa melancolía o depresión existencial, es una búsqueda mayor de un sentido mayor; que por eso no la encuentran o al encontrarle se hallan buscando otro sentido mayor.

Es el viaje del héroe: unos se conforman y les resulta alentador y definitivo con conquistar una ciudadela; pero el héroe grande, el gran héroe, querrá conquistar el país entero o el mundo.

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La propiedad privada

Es tabú en todas pare cuestionar la propiedad privada, su adquisición, su posesión, su transferencia, etc. como si fuera un derecho inalienable al ser humano; sin embargo no lo es. El derecho inseparable del ser humano es a la vida, a la salud, a la protección, a la educación, etc. pero no a la propiedad privada. El concepto de propiedad privada está destruyendo el mundo desde hace siglos, milenios, ha hecho las guerras, los holocaustos, las hambrunas, las limpieza étnicas, las injusticias, etc. Y cuando digo propiedad privada no solo me refiero a la propiedad de bienes, de cosas, sino a la adjudicación de la verdad, creerse en propiedad de la verdad.

La cosa debiera ser así: yo no quiero un automóvil de mi propiedad, quiero el derecho al transporte; no quiero una casa a mi nombre, quiero una casa donde vivir; no quiero comprar libros o música, quiero poder acceder a los libros y a la música, etc. Es decir, abogar por el usufructo de todos los bienes y que sean propiedad de nadie. ¿Es esto comunismo? No, el comunismo puro aboga por la propiedad pública, es decir, elimina la propiedad privada que pasa a propiedad del estado. Yo abogo por eliminar la propiedad privada y la propiedad pública. Entonces, ¿de quién es la propiedad? De nadie, si acaso de la madre Tierra, de la Naturaleza. Ese melocotonero no es de nadie, pero todos pueden comer de él.

Si fuera así, como yo digo, entonces, ¿qué incentivo tendría la población para trabajar, para superarse, para conseguir objetivos, para triunfar? De nuevo nos topamos con conceptos que tanto verlos y ser aprehendidos, nos parece una herejía, una utopía o una locura cualquier otro. Si todos no tenemos nada todos tendremos todo. Yo abogo por trabajar gratis, sin cobrar, pero con el derecho facto de un hogar, de poder divertirme, tener vacaciones, estudiar, ir a un hospital, viajar, comer, etc. Si se hiciese como digo, todos tendrían trabajo y sería de poca carga diaria y semanal, y todos tendrían cualquier cosa que le hiciese falta.

Nos han enseñado que esto es imposible, pero esto lo enseñan desde arriba, desde la altas finanzas, desde el poder, porque necesitan mantener su poder sobre los demás, y nos enseñan tan bien que todos los de abajo nos matamos para que siga siendo así.

Muchos dirán que esto no puede ser porque habría caraduras que vivirían y disfrutarían de todo sin trabajar, sin esfuerzo. Pero no es así, porque llegado el momento de una sociedad de esa calidad, este tipo de personas no existirían o prácticamente serían cuatro gatos. ¿Por qué? Porque una sociedad tan avanzada necesitaría del concierto y compromiso de todos para conseguirse y mantenerse, y eso requiero años, siglos, de aprendizaje, de revolución interior.

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Hay otras formas

Estamos tan acostumbrados, adiestrados, domados, por formas de vivir y convivir determinadas, que no nos planteamos siquiera si existen otras formas. Resumimos habitualmente nuestras posibles formas de convivir y pervivir en agrupaciones de conceptos, ideas, políticas y económicas, tales como el capitalismo, con sus más o menos fanatismos, comunismos, democracias, dictaduras, algunas más ligeras, otras más tiránicas, etc. Siempre nos obligan a elegir y a pensar en dualidades: eres de izquierdas o eres de derechas, o eres capitalista o eres comunista, o eres demócrata o eres dictatorial, o eres creyente o eres ateo, etc. Y así cada uno con sus ideas particulares, ya sean académicas, con varios doctorados detrás o del humilde cabrero sin la primaria terminada. Todos creen en la famosa frase “si no estás conmigo estás contra mí”, que llevada a extremos es: “si no piensas exactamente como yo eres mi enemigo”.

Pero existen otras formas, otras ideas, algunas son tan radicales y tan inauditas que no tienen crédito para nadie, sin embargo, no dejan de ser otras ideas posibles, que merecen hacerse hueco. Pero todas y cada una de esas ideas nuevas necesitan del apoyo condicional del individuo, no por un voto, no por una batalla, sino por un cambio total del pensamiento del mismo, del comportamiento del mismo. Es una revolución interior espiritual, que hace que el ser humano sea capaz de vivir con paz y armonía con los demás. Todas las demás ideas y sistemas requieren de la fuerza, del mando y orden de una parte superior, una verticalidad ejecutiva, sin tener en cuenta la parte inferior.

Mientras no se haga ese cambio de mentalidad del individuo, esa revolución espiritual, todo serán ensayos utópicos sin sentido, revoluciones de sangre y fuego que empiezan pidiendo justicia e igualdad y terminan imponiendo, una vez arriba, injusticia y desigualdad.

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El Yo Esencial

Siempre hemos interpretado, juzgado, al ser humano como el compendio de dos partes: cuerpo y alma. Esa concepción ha tenido su valor, mérito y conveniencia hasta que hemos dilucidado que todo es lo mismo.

El cuerpo y el alma son dos partes que en realidad forma parte de una misma cosa, distintos tipos de energía vibrando a distinto ritmo. El ser humano, ese Yo Esencial, el Self, es un ser multidimensional. El cuerpo carnoso, su mente, sus sentimientos, su espíritu, no son más que parte de sí mismo a distinto niveles, que están en él o más bien que son él. Ese Yo Esencial en realidad supera a su yo transitorio, a su yo consciente, es más que sí mismo, por decirlo de un modo. Así que yo soy yo más otros yoes que no percibo, comprendo, que no soy consciente. No es solo esa parte consciente que identificamos con nuestras máscaras cotidianas, no ese yo en duermevela que percibimos a veces, ni siquiera es yo profundo del inconsciente que hasta compartimos con otros; hay un Yo Esencial que dispone de mas yoes conscientes que uno solo, de más inconscientes. Probablemente todos esos yoes conscientes y separados por muros de inconsciencias, que hace que no podamos identificarnos en el otro, están unidos o enlazados en un inconsciente aún más profundo. Un consciente colectivo puede estar lleno de otros yoes que soy yo y otros que no soy yo, y viajando a las profundidades abisales percibir que todos son un Yo Divino.

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Los toros y la comida

El ser humano come carne y esa carne sale de seres vivos que para estar en la mesa deben morir. Dada la cantidad ingente de personas que vive en el planeta, el recurso cárnico se ha industrializado, lo que significa, que además de matar a seres vivos para comer la calidad de la carne ha bajado mucho. Más o menos los animales sufren estrés, dependiendo del país y del matadero incluso torturas, pero en su mayoría la muerte es rápida, por lo menos quiero pensar en que es así.

Esto no va ser un debate de vegetarianos o carnívoros, voy por otro sitio. Al respecto de esto creo que todos deben obrar en conciencia y comer lo que desee o pueda. Por supuesto que lo ideal es no comer ningún animal, sería señal de evolución espiritual; por otro lado nuestros dientes están diseñados para ser omnívoros, por lo que nuestro cuerpo acepta la carne y los vegetales de igual modo.

Esto va sobre las corridas de toros y fiestas taurinas. ¿Qué necesidad hay de torturar un animal? Entiendo que alguien tenga hambre y le dé caza a un toro o a un ciervo o un gato, da igual, el hambre y la supervivencia justifica con creces ese tipo de muertes. Lo que no entiendo es que alguien disfrute torturando un animal hasta la muerte, por tradición, porque siempre se haya hecho así, porque haya mucha gente que come de las fiestas, etc. Mucha gente vivía del circo romano y de la luchas de gladiadores, así que eso no justifica la lidia. Tampoco se justifica por la tradición, pues las tradiciones cambian, se adaptan a los tiempos o desaparecen o crean nuevas; también es tradición quitarle el clítoris a las niñas en ciertas culturas y no por ser tradición deja de ser aberrante. Otro argumento es que el toro desaparecería por siempre, la extinción, cosa con la que no estoy de acuerdo, pues siempre se le puede dar otro uso al toro. Estoy seguro que se criarían como los cerdos de bellota y ser vendería para carne, aunque si fuera verdad no nos da derecho decidir que especie sigue o no sigue, es como poner una condición a una especie para sobrevivir. Hay que imaginarse otra especie, un adorable y tierno cachorrito de dálmata al que hay que torturar y matar con un cuchillo, pero como no se le haga eso se extingue para siempre y claro, no queremos que los dálmatas se extingan, por eso hay que seguir con la tradición.

¿Qué belleza hay en la lidia? La que se quiera ver, pues hemos hecho estética de cualquier motivo. Conozco tractoristas que ven belleza en los surcos que deja con el arado, y eso ocurre porque quieren ver belleza, no porque la tenga.

Matamos animales, sí, pero ¿es necesario hacerles sufrir tanto, martirizarlos tanto? No me imagino a un carnicero haciendo lo mismo con un cordero o con una vaca, no me imagino clavándole banderillas en el lomo al cordero y una pica después, además de marearlo, cabrearlo, estresarlo, para al final clavarle un cuchillo en el lomo, para que llegue al corazón, fallando multitud de veces, para al final rematarlo. Un tiro en la cabeza o cortarles el cuello es más compasivo, dentro de la brutalidad de cualquier muerte.

Es cierto que debemos mejorar nuestros hábitos alimenticios, y es cierto que nuestros hábitos van con nuestra evolución; pero lo del toreo, así como otras fiestas de pueblos en las que se tortura animales, son incomprensibles ya.

Eso sí, todo es un fiel reflejo de la sociedad, de lo que cada uno de nosotros lleva en su interior. No nos escandalizamos con la violencia, de hecho la gente le encanta el morbo de la misma. Llevamos en nuestro interior esa furia asesina, del depredador, y fiestas como estas son proyecciones de nuestro interior. Si estuviéramos evolucionados no haría falta prohibir nada, desaparecería por sí sola las barbaridades. Plazas de toros vacías, fiestas de toros sin gente, vídeos violentos sin visitas ni visionados, políticos decentes y honrados… será cuando todos queramos que sea y eso será cuando todos estemos evolucionados y nuestra violencia interior, nuestra maldad, estén bien reconducidas.

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La mente en medicina y terapias alternativa

Llevo muchos años dispensando medicamentos, la pura y dura ciencia hecha pastilla, jarabe o inyectable, y tengo la certeza que funcionar funcionan, otra cosa es que te cure de algo y te mate de otro, otra cosa es la mafia de la industria farmacéutica, pero si tomas un paracetamol lo más seguro es que te baje la fiebre y te alivie el dolor. Pero también me consta, pese a la segura eficacia de muchos medicamentos, que el coco del paciente, sus creencias, sus ideas, su mente, afectan a esa eficacia terapéutica, tanto para bien como para mal, con el famoso efecto placebo y nocebo. No es que tenga un estudio serio ni estadísticas, ni mucho menos, es la mera observación año tras año. Hay medicamentos que pienses lo que pienses poco puedes hacer para alterar su eficacia, si te pinchas morfina, te quedas KO; pero hay otros en el que la mente puede hacer de las suyas, porque su impacto químico en el cuerpo no es tan bestia o por lo menos no tan radical, así que me he encontrado gente que se tomaba un antibiótico para dormir, pues creía que era un somnífero, y resulta que le hacía efecto, dormía. He visto gente que al cambiar la caja de color, siendo el medicamento el mismo, pensaba que le haría menos y voila, le hacía menos efecto. También he visto gente que repetía el medicamento y como pensaba que eran distinto no tenía sobredosis, y al contrario, que no tomaba medicamento (en los polimedicados puede suceder estas cosas) pensando que lo tomaba y la tensión la tenía bien. Lo que quiero decir con esto es que si con la química más pura y dura la mente hace de las suyas, ¿qué se puede esperar de las terapias alternativas?

Si tomas algo o haces un ritual o te hacen un exorcismo o un hechizo, donde la química es casi inexistente o simplemente no está, claro que pueden ser efectivas, muy efectivas, o nada efectivas. Pienso que todo depende de las creencias del paciente, de su capacidad mental, de su fuerza de voluntad. Eso significaría, para mi, que la inmensa mayoría de las terapias alternativas, con química o no, deben contar con el efecto placebo o nocebo del paciente. No digo que esas terapias sean inútiles o meros fraudes, pues tendría que decir lo mismo de los medicamentos de la farmacia. Ni unos ni otros son en sí fraudes, que los hay y muchos en todas partes, sino que la eficacia de los tratamientos radica en parte, en más o menos grado, en la mente del paciente.

Necesitaría un libro para explicarme mejor, así que, ya que no tengo tiempo de escribirlo, lo diré en pocas líneas.

Si te tomas un medicamento para bajar la fiebre, necesitas menos injerencia de tu mente para que la fiebre baje. Si tienes injerencia positiva bajará más rápido, si tienes injerencia negativa más lento, incluso si es mucha, ni bajará (esto también va a depender del poder del medicamento).

Si te tomas, por ejemplo, una sal de Schussler para bajar la fiebre, al ser su química menos invasiva o fuerte, necesitarás mucha más injerencia mental. Si no tienes injerencia, prácticamente no te hará efecto, si tienes injerencia negativa te pondrás hasta peor, si tienes positiva te bajará unos grados, si es muy fuerte te pondrá la temperatura bien.

Todo dependerá del tipo de persona, normalmente el que toma una sal, siguiendo con el ejemplo, pensará que es más sano, que es efectiva, y le hará efecto; este mismo paciente piensa que el paracetamol es dañino, y si se lo toma le entrará dolor de estómago, nauseas y la fiebre no le bajará o casi no le bajará.

La ventaja de las terapias y tratamientos alternativos, descontando la mala fe y el fraude descarado, es que es menos invasiva, suele tratar al paciente en varios aspectos a la vez y en diversos campos, tales como las emociones, el cuerpo, la mente, y el efecto placebo es más fácil y fuerte. Su desventaja radica en la fe o predisposición negativa del paciente.

La ventaja de las terapias alopáticas y sus tratamientos es que necesitan menos de la injerencia mental, pero que se puede volver una desventaja si el paciente tiene injerencia negativa. Es ventaja que son más directas, rápidas. Es desventaja que tiene muchos efectos secundarios, interacciones, efectos adversos.

A mi juicio, lo ideal sería poder asociar las terapias tradicionales con las alternativas y tomar lo mejor de cada para ayudar al paciente. La medicina tradicional occidental debe aprender a tomar con seriedad la mente del paciente como una parte indispensable de la sanación, y debe comprender que las emociones afectan al tratamiento y en muchos casos son la raíz del problema, y por lo tanto, mente y emociones son importantes en la medicina o debiera serlo. Las terapias alternativas también debieran mirarse menos al ombligo y aceptar la eficiencia, eficacia y efectividad de la medicina tradicional, pues son muchos siglos de investigación, centrados en el cuerpo, y por lo tanto saben mucho del mismo. Un buen terapeuta alternativo nunca debiera quitarle al paciente sus visita al médico ni retirarle su tratamiento, lo ideal sería que ambos terapeutas hablasen, pero esto es muy difícil, ya que el médico suele ser arrogante o ignorante ante lo alternativo, y el terapeuta suele ver conspiraciones y mala praxis en todo. En un mundo ideal, el médico de cabecera y el maestro reiki o el biodescodificador o el homeópata hablarían. Aunque, en un mundo ideal el paciente se curaría solo a conocer los resortes que mueven su mente y qué hacer para interferir en una cosa u otra.

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Para terminar: creo en energías sutiles que son las que la mente manipula o transmuta para que actúe en el organismo, creo que esas energías se manejan mejor a través de las emociones y los pensamientos, pero que hay muchos que se manipulan rápidamente a través de la química del cuerpo. Creo que en esencia las enfermedades provienen de los sentimientos, emociones, pensamientos, y que estos se manifiestan en el cuerpo, y que si bien son efectivos los medicamentos que tratan el cuerpo, debiera ser acompañado con una terapia que tratase la mente, las emociones del sujeto.

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Me gusta la poesía

Me gusta la poesía. No es que me lleve todo el día leyendo poemas, ni que me vaya a dormir con Machado y me despierte con Góngora, es más bien una afición sin fanatismos, como ser religioso cuando conviene o estás necesitado. Yo sólo rezo cuando estoy desesperado; otra cosa es el concepto místico de la oración, cosa esta que probablemente practique a todas horas, pero lo que se dice decir letanías… bueno, cuando estoy muy mal, lo lanzo casi como un hechizo. Con la poesía es lo mismo, pues aunque considere que la poesía está en todo, es como el éter de los sabios, solamente recurro al poema cuando quiero decir mucho en poco y de la mejor manera posible.

Más que lector de poemas soy constructor de los mismos, no podría decir el nombre de un autor de poesía contemporáneo, de hoy, vamos, de la Generación del 27 hacia atrás sí podría nombrar algunos. Me gusta componer, casi siempre poemas libres, no sujetos a métrica y casi ni rima, pero con musicalidad siempre. Pienso que los libros de poesía, y bueno, todos los libros, novelas y ensayos también, debieran ir con música de fondo, o con recomendaciones tipo: “Para leer este poema escuche de fondo la Lacrimosa Dies Illa del Requiem de Mozart”. También compongo con métrica e intento ser original, lo último fue dos estrofas de seis versos con las tres primeras endecasílabas y las tres segundas eneasílabas. Pero pensar en sílabas es un coñazo sino se hace con pasmosa facilidad, ya que, al menos me pasa a mí, cuando compongo lo hago con inspiración, como si explotase dentro de mí algo y no pudiese parar, así que no voy a decir a mi alma: “espera, que no sé si llevo ocho o siete sílabas, y no me acuerdo si tengo que restar o sumar uno a las agudas, ah, y quizás esta rima no deba ser consonántica, ¿y qué hago con el hiato?”.

La poesía es algo grande, muy grande, y se suele transmitir en poemas, pero la mayoría de las veces va con latidos, con visiones, con la misma vida.

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Violencia…

Violencia

No se puede justificar la violencia. Entenderla sí, comprenderla sí, estudiarla sí, pero no justificarla.

La violencia en sí no es ni buena ni mala, son como las piedras o los cuchillos o el dinero, que depende lo que se haga con ellos.

Hay muchos tipos de violencia, algunas son duras, sangrientas, otras silenciosas y apoyadas por leyes y comunidades enteras.

El mayor valor del ser humano es la vida y su derecho a vivir con dignidad.

Al final, lo que realmente cuenta, es la libertad de cada uno y en que esa libertad no coarte la de los demás.

No se debe confundir el mal gusto con la apología, ni la estupidez con la incitación.

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Soy

Soy: lo que ya no soy y lo que aún no soy. Soy el que es y el que no es.

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Errar es de humanos…

El ser humano tiene una gran incapacidad para reconocer sus propios errores, y sin embargo, le cuesta muy poco trabajo ver los errores ajenos: criticarlos, usarlos a su favor e incluso alegrarse. Pero “errar es de humanos”, tan de humanos que lo hacemos a diario y todos, en mayor o menor medida, más conscientes o menos, inconscientemente muchos diría.

Hay una concepción muy equivocada sobre el error, se piensa que es fruto de la ignorancia, de la dejadez, de la falta de instrucción, etc. y hasta cierto punto es así. Yo pienso como Edison, “no fracasé, sólo descubrí 999 maneras de como no hacer una bombilla”. Es decir, hay que tomar una concepción positiva del error, por muy grave que pudiera representar y perjudicar, en que el error es una forma de aprendizaje. Y cuando hablamos de error hablamos también del fracaso, en cualesquiera de las facetas de la vida, como por ejemplo la vida sentimental. Y no es que haya que alegrarse de cometer un error, es que hay que sobreponerse y aprender la lección.

Otra cuestión es si estamos capacitados para aprender de los errores y los fracasos. Lo mismo que tenga una concepción positiva del error, también tengo una concepción negativa a este respecto: el ser humano es torpe para aprender de los errores. ¿Por qué? Pues porque su ego tiene dimensiones estratosféricas. Es un palo muy fuerte a las costillas del ego reconocer errores, admitirlos, afrontarlos e intentar aprender de ellos, para que no sucedan más y para que nos deje la lección de vida necesaria.

Nuestra sociedad tiene una cultura del éxito que no perdona el error, que discrimina y señala al “fracasado”, y a todo el conjunto de personas diferentes. Porque eso es otro tema, una cosa es errar y otra cosa es que te achaquen errores inexistentes. A veces lo que para la sociedad es un error, resulta que nunca lo fue. A veces, lo que creemos que es un error no lo es tanto si no mirásemos con lupa la opinión ajena y del grueso del colectivo. Un hombre puede estar en lo cierto y toda una población estar equivocada, aunque sea difícil de determinarlo fehacientemente. Todo puede suceder. De hecho, los errores colectivos están a la orden del día, si no que se lo digan a la Alemania Nazi o a la Inglaterra colonial, por poner ejemplos, o a los sistemas capitalistas consumistas de la actualidad, aunque sea mi mera opinión.

La palabra mágica en este tema es de nuevo, como en otras cuestiones: humildad. La humildad favorece el aprendizaje, minimiza la cantidad de errores, te posiciona en el mundo y resta severidad en todo. La humildad, normalmente, es más misericordiosa que severa, y con frecuencia está más en el equilibrio de ambas, en el pilar del medio. La humildad te enseña a no juzgar, a no condenar, en definitiva, te enseña a amar al prójimo y a uno mismo.

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Dar o no dar, that is the question.

Dar lo que no te sobra, que vas o puedes usar, que necesitas, es de gran santidad; dar lo que te sobra o no usarás o ha dejado de gustarte o interesarte, no es tan loable; pero no dar nada, ni lo que necesitas o no necesitas, es de gran iniquidad. La solidaridad, la generosidad, el compañerismo, la amistad, son reglas fundamentales que todos deberíamos aprender, desde el jardín de infancia.

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