Entre sentidos y perlas

Es ridículo limitar nuestra percepción del mundo, del entorno, de nosotros mismos también, a los pocos sentidos físicos, incluso a los abstractos junguianos de sensación, intuición, emoción y pensamiento. Hay otra forma de percepción, de conexión me atrevería a decir, con el mundo, con las profundidades de nuestra psique, con la “realidad”, una forma que pudieran ser muchas, pues está libre de clasificación… Quien ha experimentado ese “nuevo sentido” sabe lo que intento decir. Es… ¿cómo decirlo? Se ven los olores, por ejemplo, y se oye el tacto, y se perciben las cosas como si vieras el código fuente, a lo Matrix.

Estamos acostumbrados a percibir con los sentidos, los cuales están limitados a su función más estricta, como que la nariz huele los olores, pero yendo más allá es una limitación que no tiene por qué existir. La persona que logra encontrar una unificación dentro de sí, una iluminación, un trascender de todo, puede percibir un objeto de mil maneras distintas, hasta tal punto que podría percibir con todos los sentidos conocidos, transcendidos, y otros desconocidos.

A saber lo que sentiría, vería, Buda al alcanzar la iluminación, hasta los verbos sentir, ver, pudieran ser incorrectos, como que habría que inventar nuevos verbos. Son en momentos como esos en los que las palabras, la gramática, carece de sentido y todo se vuelve silencioso, como el que quiere guardar un secreto, pero que más que secreto es imposibilidad real de poder transmitir lo experimentado. Buda (por decir Buda) podría informar poco o nada, pues lo que viviese superaría todo lo conocido, todo lo clasificable. ¿Cómo podrías comunicar a alguien a que sabe una ráfaga de luz?, ¿cómo comunicar que puedes ver decenas de dimensiones un objeto que todo el mundo ve en tres?, ¿cómo comunicar que puedes tener recuerdos del futuro? Hay cosas que superan todo conocimiento, toda intención de aprender, todo lo que conocemos… Ante estas cosas, ¿qué queda? Silencio, mucho silencio. Y en el caso de seguir vivos en este mundo y no tener la gracia de un poeta o ser “tartamudo” cometer miles de errores al transmitir. El caso del sabio que no sabe enseñar. Muchas veces ocurre que el que enseña, transmite, no ha experimentado ese estado búdico, sino que aprende de quién lo ha hecho. Entonces hay que reconocer que el discípulo tiene un don especial del que carece el maestro, como que es capaz de escuchar, comprender y transmitir, sobre todo transmitir. El maestro supremo se queda en silencio, mucho silencio, y es el alumno el que roba del maestro el conocimiento. Una especie de Prometeo que roba el fuego de los dioses para dárselo a los mortales. Un don, sí señor, es el que tiene el buen alumno que reconoce al maestro y es capaz de sonsacarle el conocimiento.

La parábola de Jesús sobre las perlas y los puercos viene como anillo al dedo. Un cerdo no sabe qué hacer con las perlas, lo de siempre, eso sí: pisarlas, revolcarse encima, y como no son comestibles se quedan entre la inmundicia enterrada. Hermosas y ricas perlas enterradas en la mierda, esto tiene casi más significado que la propia parábola. El sabio da sus perlas, con palabras, hechos, suspiros… y la gente común no sabe qué hacer con esas perlas, con esa información, con esa sabiduría, por eso la desechan y las ignoran. Luego un buen buscador, un alumno, encuentra entre la basura del mundo, en lo más profundo del ser humano, donde mora la inmundicia, la podredumbre, esas perlas ignoradas por todos. Es así como el buscador se hace alumno del maestro, rescatando las perlas del fondo del retrete humano. Muchas veces se preguntará el alumno cómo es que nadie se ha dado cuenta de esa hermosura. Muchas otros alumnos perderán el norte y pensarán que el resto de seres humanos son inmorales, indignos, por rechazar esas joyas, y es que no se da cuenta que es inmundicia es de todos y que las perlas solo tienen sentido estando en ellas, en ser rescatadas en ellas. Son las cimientes crísticas, búdicas, divinas, que hacen crecer a los alumnos. Todos estamos destinados a ser alumnos. El alumno verá el brillo de la perla y averiguará lo qué es. Es un buscador que cuando encuentra sigue buscando el significado de lo hallado.

Esto me recuerda al Tarot, como el El Mago recoge el testigo de El Loco después de que este haya recorrido toda la baraja. El Loco fue El Mago al principio de su carrera, cuando fue un buscador. Cuando el alumno llega al final de su periplo, de su viaje del héroe, se encuentra con el sin-sentido o con la locura. Lo que experimenta no puede ser comunicado, pero El Mago sabe rescatar esas perlas que se le caen y comienza de nuevo el ciclo. El Loco, ese Neo de Matrix que va en busca de gente a la que despertar después de haber despertado él por otro loco: Morfeo.

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Algunos poemas

Algunos poemas para una siguiente recopilación, quizás, que probablemente titule Abismos Interiores, tal vez:

BARANDALES

Nadie, no hay nadie,
cae impávida y dolosa
la noche suave,
cae, yerma entre adoquines,
entre barandales,
entre suspiros ahogados,
en el crujido de la mente.
Nadie, nadie,
oídme, nadie lo siente,
cae la noche,
cae, yerma,
entre barandales y
entre rejas verdes.

HUELO

Hoy huelo a tu aroma,
huelo a tu mirada,
huelo a tu azul boca,
oler huelen solas,
tu enaltecida alma,
de tu esencia hermosa.

POR UN CAFÉ

Ojos, profundos ojos,
cuya mirada y pasión,
cuyo alma tras la cortina,
miran más allá,
con amor, con adoración,
con esperanza.
No puedo mirar igual,
pero veo esos ojos,
y aunque no dudo,
tiemblo, me debato,
por dimensiones,
por futuros inciertos,
por un café.

TANTO EN TAN POCO

En poco escribo tanto
y en tanto tan poco,
que me extraña me entiendas
y entendido comprendas,
mi silencio,
mis poemas.

IMPORTA O NO IMPORTA

No, no siento que sea importante,
pero me importa, sin sentido,
no tiene sentido, o sí, ni idea.
Quién marca las diferencias,
cómo sé o no sé si sé,
en qué momento me encuentro,
qué máscara llevo puesta.
Me miro al espejo de cristal y de ojos,
no me reconozco pero sé que soy yo,
algo me suena y me identifico
y sin embargo creo ver a otro.
La vida es una puta mierda
y es algo maravilloso, lo vea yo
o no se capaz de ver nada,
así es esta cosa que llamamos existencia,
mierda, dolor, risas, vinos,
una cosa pegajosa y seca a la vez.
Solamente queda el grito, muchos gritos,
o dormir o estar drogado,
solamente quedan desgarros guturales,
desesperanza cuando se ve.
Y aún podría ser peor.
Nada importa, creo, o todo sí,
qué más da, no puedo con ello,
todo me supo agrio o podrido.

 

© Todos los derechos reservados al autor de estos poemas y del blog.

Pedazos del alma

Retazos

Poesía

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El paso del tiempo

Es curioso el paso del tiempo, el transcurso del mismo… El pasado queda atrapado en el recuerdo como un sueño, apenas se distingue un recuerdo verdadero de un sueño verdadero o de una fantasía o de una reconstrucción imaginada pero no vivida. Se mezclan todos, se camuflan unas de otras y unas con otras. Hay languidez y nostalgia de momentos y también aleluyas por haber pasado ya, afortunadamente, momentos trágicos y cansinos.

A veces adornamos momentos del pasado con vestidos y ornamentos que jamás existieron. A veces quitamos toda importancia a momentos que fueron trascendentales y en las que estando presentes, nuestra mente y nuestro corazón andaban errantes por otros lugares. Todo ese pasado vivido pero no disfrutado, vivido pero no sentido, porque no fuimos capaces de vivir el aquí y el ahora cuando tuvo lugar, todo ese pasado siempre nos viene encima como un tsunami emocional, como una huella del inconsciente que machaca nuestro momento actual.

Recuerdos, recuerdos… Es curioso, sí, el paso del tiempo, el transcurso del mismo. La cosa esa de perder el tren, de no subirse al carro, ¿cuántas lágrimas han desatado en el futuro? La cosa esa de tomar decisiones equivocadas, elecciones imbéciles, ¿cuánto llanto ha producido en la vida futura? Porque es así: eres, estas y vives conforme a elecciones que has hecho, porque te han acondicionado, te han situado ahí. Elecciones de cada uno enlazadas con elecciones de otros: se camuflan unas de otras y unas con otras.

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Ser solidarios

En mayor o menor medida lo que nos sucede lo solemos propiciar nosotros mismos, algunas veces de una manera muy clara y evidente, otras hay que hilar muy fino para ver la causa efecto. Las ciencias esotéricas, herméticas, vienen a decir que todo cuanto nos sucede es el efecto de una causa, causa que puede ser recóndita, extraña, lejana, oculta, de otras dimensiones, de otras vidas, de un efecto mariposa, etc. Esta creencia nos hace responsables de la buena o mala suerte que podamos tener. Es el karma oriental que viene a premiarnos o castigarnos para equilibrar el universo, nuestro universo interior y por suma el universo completo. Creamos o no en este karma es evidente que las decisiones que tomamos en la vida tienen su efecto y que estas elecciones pueden ser muy concretas, palpables, patentes y condicionantes como la elección de la pareja, de tener hijos, de la profesión, etc. Otras veces las elecciones son tan subliminales, tan inconscientes, que sufrimos en un futuro el efecto de una nimiedad del pasado, tales como coger por una calle en vez de otra, entrar en un lugar en vez de seguir y no entrar, herirse con un borde afilado en vez de ponerse los guantes… una simple sonrisa, una mirada furtiva, un ceño fruncido, unos zapatos rotos, una mera brisa, pueden ser la causa de algo que nos pase inmediatamente o en un futuro medio o remoto. Muchas veces, la mayoría, son percepciones y experiencias del inconsciente la causa de todo y a la vez efecto.

Nada de esto quita para poder ejercer la solidaridad, la bondad, la generosidad. Saber o intuir que el sujeto de nuestra ayuda se ha ganado sus desgracias con creces no debe ser excusa para abandonarlo. Ser solidarios es una obligación moral y también restituye el equilibrio de nuestro propio universo. La llamada caridad, que es la forma cristiana de llamar a la solidaridad, se ejerce con amor, sin juicio, con generosidad, con bondad. Si tomamos el pasaje evangélico (parafraseando Mateo 25:35-45) que dice “tuve hambre y me distéis de comer, sed y me distéis de beber, estaba desnudo y me vestisteis, forastero y me acogisteis, enfermo o en la cárcel y fuisteis a verme”. Una persona que ejerce la caridad cristiana, la verdadera solidaridad, no dice: “te voy a dar de comer porque te han quitado la comida y no tienes culpa”, simplemente le da de comer, “tampoco juega a ser juez diciendo “no te voy a dar de comer porque estás así por ser un borracho”, simplemente le da de comer y punto. “Estás en la cárcel por criminal, pues no voy a verte”, “estás enfermo porque andas en garitos de mala muerte, así que no te ayudo”, “vas desnudo por jugador empedernido, te aguantas pues”… No, la bondad se ejerce sin juicio y también porque en ese vaivén de causas y efectos, herméticas y patentes, todos formamos una gran mente, un gran cuerpo, una gran conciencia, en la que en menor o mayor medida lo que le sucede a alguien tiene que ver con nosotros, y lo que solemos llamar caridad o solidaridad no deje de ser un acto de justicia o simplemente una restitución del orden en el Todo y en nosotros mismos.

Solidarios, bondadosos, amorosos, caritativos, misericordiosos, se ejerce (parafraseando de nuevo) siendo “astutos como serpientes y sencillos como palomas”. La astucia radica en que debemos obrar con inteligencia, sin contribuir a las malas costumbres, sin perjudicar a otros, ni a nosotros mismos, y sencillos porque debemos alejarnos de las complicaciones de la mente y del corazón, haciendo que las energías del universo fluyan y la voluntad de Dios cumpla eso de “hágase tu voluntad”.

“Eres digno de amor”, de ser amado, de amar…

 

 

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Ni por un segundo

Pasan los días,
hora tras hora,
como vencidos, derrotados,
apenas se alzan en armas
apenas caen molidas,
y pasan, días y días,
semanas, semanas,
y pasan los meses,
llega el otoño,
llega el invierno,
los años,
un año tras otro,
y no olvido por un segundo,
nunca, ni por un segundo,
lo mucho que te amo,
que fuiste mi mundo,
que mis suspiros,
mis anhelos, mis sueños,
son espejismos.

Sin ti, vida mía,
la vida carece de vida,
el reloj y el calendario
son lentos, van despacio.

Llega la primavera,
llega el verano,
y nunca, ni por un segundo,
olvido lo que te amo.

 

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Humus, humilitas, Tierra y Cielo

El origen de la palabra humildad se remonta la vocablo humus, el cual hace una clara alusión a la tierra. Tener los pies en la tierra, ser parte de un todo, forma parte de la humildad. El humus hace referencia a pertenecer a la naturaleza, a formar parte del equilibrio de la vida, a ser el producto y el sustento del ciclo del ser. Es una suerte de alquimia que radica en que la putrefacción es necesaria para alimentarnos, para nacer de ella, para que nos aporta todo los nutrientes necesarios para crecer. En ese crecimiento (alquimia interior) vamos soltando en el camino parte de nosotros que va alimentando de nuevo ese humus. Crecemos con la humildad, sin humildad no hay manera de crecer interiormente, y en la fase de crecimiento, en el desarrollo, en la madurez, aportamos, gracias a la humildad, más ingredientes a esa base en la que otros crecerán. Es una especie de cohete espacial en la que para salir del planeta necesitamos soltar lastre y en el que ese lastre, necesario para nosotros en su momento, es de vital importancia para otros que deseen arrancar el vuelo.

Volar, sí, pero no hay vuelo sin base, nadie puede despegar sin la Tierra (humus), necesitamos de ella, somos de ella. El humilde nunca se distancia mucho de su base, vuela como electrón, tras despegar, alrededor del núcleo. El humilde carga de energía ese átomo. Sin humildad no habría forma de evolucionar, de arrancar el vuelo, de hacer alquimia interior.

Los que siguen mi blog saben que escribo mucho sobre este tema, me repito, pero porque he averiguado, intuyo, que es de una importancia trascendental comprender a la madre de todas las virtudes: la humildad.

El Coloquio de los Perros, de Miguel de Cervantes:

“A lo que me preguntaste del orden que tenía para entrar con amo, digo que ya tú sabes que la humildad es la basa y fundamento de todas virtudes, y que sin ella no hay alguna que lo sea. Ella allana inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre a gloriosos fines nos conduce; de los enemigos hace amigos, templa la cólera de los airados y menoscaba la arrogancia de los soberbios; es madre de la modestia y hermana de la templanza; en fin, con ella no pueden atravesar triunfo que les sea de provecho los vicios, porque en su blandura y mansedumbre se embotan y despuntan las flechas de los pecados.”

Ramiro Calle habla sobre la humildad:

Aseguraban los padres del desierto que no había mayor ascesis que la humildad. Ciertamente, es un aprendizaje difícil, porque el que hace alarde de humildad ya no es humilde y la humildad callada y discreta no es fácil de conquistar. Es una bella y maravillosa cualidad, muy poco extendida en una sociedad que se orienta hacia la apariencia, lo superfluo, el envanecimiento y el “escaparatismo”. La humildad esta en el extremo opuesto del egocentrismo, la vanidad, la infaturacion, la egolatría, la soberbia y el desmesurado orgullo. La humildad es una cualidad hermosa, que hace a la persona amable, sosegada, expansiva, abierta, sin necesidad de parapetarse o atrincherarse psicológicamente. La humildad es modestia, sencillez, bella simplicidad, y muestra a la persona sin afectación, apacible y libre de bloqueos.

Hay pocos ejercicios tan nobles e importantes como ser humilde, pero de una manera genuina y sentida, no ficticia o artificial. Cooperan en la actitud y el sentimiento de la humildad el entendimiento correcto de que todos los seres formamos parte de una sinergia y merecemos tolerancia, respeto y compasión, y que ninguna persona pertenece a un rango superior; también la comprensión clara de que todos estamos sometidos a las vicisitudes de la vida.

También favorece la humildad el desapego, la lucidez, la ecuanimidad, la visión equilibrada e imparcial, el sentido de las proporciones y la actitud equitativa, la compasión, la benevolencia, la actitud de imparcialidad y la comprension clara de que nadie detenga el monopolio de la verdad.

La persona humilde es mucho mas comprensiva, tolerante, cooperante, generosa, expansiva, relajada y amistosa que la persona atrincherada en sus presunciones y en la neurótica defensa de su estructura egoísta.

La persona humilde tiene una especial sensibilidad para descubrir y atender las necesidades ajenas.

La persona humilde brilla por si mismo y no necesita “aullar” para ser notado.

La persona humilde es equilibrada y no se atribuye cualidades de las que carece; ¡cuanto menos las finge!

La persona humilde tiene lo que antaño en la India denominaban los sabios “visión igualadora”, es decir, la que ve a todos los seres iguales y merecedores de consideración y respeto.

La persona humilde no aprovecha sus dones o sus cualidades para “pavonearse” ni abrumar o humillar a otros. No necesita maquillar el rostro de su alma y entre los arrogantes que se envanecen es dichoso en su humildad. Al no tener un ego desmedido , no es tan vulnerable a las criticas de los demás, ni se deja contentar o abatir por el halago o el insulto, ni dominar por los melifluos oropeles. A menudo el bisutero se jacta de su mercancía en tanto que el buen tallador de diamantas hace su trabajo sin alarde.

La persona con el toque de la humildad sabe contemplar todos los puntos de vista y no es autoritaria, coercitiva ni impositiva. No necesita que le den la razón.

Cuando uno se hace mas consciente y se va desplazando del yo psíquico y del yo social al propio yo existencial, el ego pierde parte de su poder y su burocracia comienza a ser subsanada y gobernada. El egocentrismo se retroalimenta con el apego y el apego y la avidez fortalecen la estructura del ego. No es el ego el que puede protegernos de nada, sino el ser; y, desde luego, no es con el ego, ni desde el ego, como se puede lograr el amor incondicional que parte de esa bondad primordial que es lo único que distingue a una persona de otra. No hay transformación interior sin humildad y sin paciencia.

La humildad previene contra el orgullo desmedido, la vanidad, el narcisismo y el falso amor propio. Es una armadura formidable para no dejarse tocar por los dardos del envanecimiento.

Fuente: https://mivozestuvoz.net/2017/08/12/la-humildad/

No hay que confundir humildad con humillación, aunque pertenezcan a la misma raíz. La humillación es un desprecio a nuestro propio ser, sea la humillación impuesta por otros o autoimpuesta. Humillar es caer al suelo, hincar las rodillas, agachar la cabeza, pero estos actos no son necesarios ni muestras de humildad. Pueden ser actos de soberbia, de astucia, de cobardía, pero no de humildad. Reconocer la grandeza de otro, de Dios, de un jefe, de un familiar, etc. no implica la baja autoestima, no implica humillación forzosamente, puede implicar humildad, dependiendo como se sienta. La diferencia entre humus y humilitas radica en la consciencia que ponemos en el acto. Si es forzosa, sin comprensión, por interés, por tradición, sin razón ni corazón, entonces es humilitas. Si ponemos nuestro ser, somos conscientes, hay corazón, podemos volar, entonces es humus.

La naturaleza divina del ser humano lejos de encumbrarlo a priori es una responsabilidad, pues hay una llamada hacia las estrellas mientras nuestros pies están enterrados en cieno y fango. No se puede arrancar el vuelo hasta comprender la esencia de ese barro, más aún, no podemos arrancar el vuelo hasta que no aportemos algo, mucho, a ese cieno. Sin putrefacción no hay redención. La humildad consiste en ser de las estrellas y sentirse de la Tierra, tener los brazos en el Cielo y los pies en el fango. Los que no comprenden esto suelen arrancar el vuelo, no aportan nada al cieno y terminan cayendo como un asteroide al suelo. El fango, humus, es agua y tierra, elementos de la existencia, emociones y actos. Son nuestras emociones y nuestros actos, los que hacen que vivamos en humildad, aportemos algo al resto, seamos generosos, justos; pero si esos actos y emociones están errados no podremos levantar el vuelo, porque lo que aportamos al humus no nos sirve, y como mucho sería un sucedáneo que nos haría caer de nuevo. Cielo y estrellas, aire y fuego, son los pensamientos, las intuiciones, las percepciones, la pasión y la fe, es aquello que nos lleva hacia arriba, que nos ayuda en el vuelo.

No podemos obviar que nuestra naturaleza divina implica un todo, un compendio, donde tiene cabida todos los cuerpos de nuestros ser, todas esas capas que somos, todos esos estratos de conciencia, por lo que podemos decir que somos ese humus, ese Cielo, que nuestra mirada es la que viaja mientras todo está sucediendo ahora. El volar de esa mirada necesita de la humildad.

La Humildad

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Todo y nada

¿Qué somos ante la inmensidad de las estrellas?
Miro al cielo y carraspeo,
miro y me pierdo,
me froto los ojos,
y siguen impasibles a mi mirada.
¡Ay!, triste morada,
¡ay!, si no es nada.
Cielos, venid,
acudid prestos,
mi alma se debate
en un abismo de iluminarias,
en la Luna,
de lunáticas estancias.
¿Que somos?
Todo, nada,
un rayo fulminante,
un eco, una palabra,
una palabra,
una simple y maravillosa palabra,
eso somos,
todo y nada.

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La selva urbana

En ciertos aspectos no hemos cambiado mucho, o nada, pues habiendo pasado de la selva a la urbe de hormigón y neones, hemos mantenido la misma ley, los mismos resortes, las mismas costumbres, cierto que bastante más sofisticadas y tecnológicas, pero en el fondo siendo todo lo mismo, por fuera y por dentro del ser humano.

La ley de la selva: ley del más fuerte, del macho alfa, de come primero y corre, de abandona al débil, de ruge más, de ser de mayor tamaño… Leyes de supervivencia que carecen de sentido en un mundo civilizado y en el que adquiere todo el sentido en un mundo psíquico que se proyecta al exterior. Ley de la selva entre muros de ladrillos y paredes pintadas que viene a decir que: defiende tu territorio, procrea, haz alianzas, se fuerte, sospecha de todo…

Tristemente no hemos evolucionado mucho, porque estos aspectos, relacionados en última instancia con el instinto de supervivencia, se hacen patentes, ya sea de un modo u otro. De un modo descarado o de un modo alterado por la conciencia, esos aspectos animales se muestran.

Basta ver que al final el que más grita, pelea, más músculo tiene y más mala leche es el que es considerado, temido, respetado, etc. Mientras que los tímidos, apocados, gente respetuosa y sin ánimos de llamar la atención son ninguneados.

La ley de la selva al ser tan sofisticada toma como virtud principal la astucia, la inteligencia aplicada, pero no están exentos de ese rugido animal e instinto de conservación. Una persona de las altas esferas, de corpulencia débil pero gran astucia, puede ejercer de rey de la selva, su débil cuerpo es suplantado por una cohorte de esbirros y su sagaz mente es el timón del barco, un barco lleno de fornidos marineros. El resto de seres humanos saben que deben temer a este tipo de personas, los llamados poderosos, así como a cualquiera que pueda llegar a ser una amenaza, ya sea por su fuerza o por su capacidad.

Yo siempre he sido una persona muy educada, que habla en voz baja, que escucha más que dice, muy pacífica, que piensa en los demás hasta en situaciones que para muchos parecería ridícula, pero comprobé una vez que si te haces el fuerte, te conviertes por un momento en un ser antipático, borde, gritón, amenazante, todo a tu alrededor trascurre con pasmosa fluidez. Una vez en urgencias para un familiar, llevando muchas horas esperando actúe de ese modo y surtió efecto. Antes había acudido varias veces a información para preguntar cuándo nos tocaba, incluso me atreví a quejarme un poco, en voz baja y con mucho respeto, de que estaban tardando demasiado, y siempre nos daban largas. Menos la última vez, que casi como experimento, me acerqué de nuevo y con la voz en grito, dando muestras de enfado, de ira, pedí lo mismo, me queje. Pues no tardaron ni cinco minutos en llamarnos. Son estas cosas que te deja anonadado, sin palabras. Parecido al banco que te cobra intereses indebidos, si te quejas te lo devuelven, si no te das cuenta o no dices nada no te devuelven nada. La agresividad tiene eso, que todo el mundo te escucha, te teme, y de un modo u otro no se atreven a meterse en líos con gente así. Este tipo de agresividad impera mucho en la ley de la selva urbana, donde gana el que más ruge. La gente con pasividad se aguantan, no quieren problemas, solo vivir sus vidas y a lo mucho se hacen obedientes y se alían con los agresivos, para sentirse protegidos.

No estoy haciendo apología de la ira, de la agresividad, estoy describiendo un hecho que me apena y en la que todos somos responsables, manteniendo el tópico de la selva vivo y no transformándolo en otra cosa más civilizada y espiritual. La observación empírica del día a día, de las calles, de la gente, demuestra que no hemos evolucionado, sino que hemos afinado ciertas cosas, y que todos seguimos metidos en esa ley. La animalidad impera en nosotros por varias partes: por la exterior, sin cortapisas, por el interior, como complejos, en ambos cosas suele ser terrible como se proyecta y se ejecuta; poca gente transforma esa energía en algo digno, evolucionado.

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Sin propósito, sin nada

Sin objetivos, sin propósitos, qué somos.
Sin anhelos, sin esperanzas, qué somos.
Seríamos como un cubo agujereado que pierde el agua,
un cubo desesperado por tomar agua del pozo
que sin embargo es incapaz de retener un poco.
Somos como una fachada de una casa que se cae a trozos:
rejas oxidadas, persianas desvencijadas, puertas descolgadas,
zócalo destruido, pintura despegada y descascarillada.
Somos como esa casa sin presupuesto para arreglarse,
ni siquiera para derruirse,
que poco a poco se derrumba,
en el que gatos hacen sus camadas y las golondrinas sus nidos.
Somos como esa casa llena de recuerdos perdidos y fantasmas solitarios.
Sin esperanzas, sin objetivos, como el preso inocente condenado a perpetua,
como el perro amarrado de por vida a la pata de una mesa.
Sin dicha, sin sonrisa, como un muerto viviente que perdió el hambre de cerebros,
como el vampiro que no quiere levantarse al anochecer ni beber sangre.
Sin nada, perdidos, desangelados por el mismo aire, por el mismo sol,
sin comprender nada.
Qué somos, sin anhelos, como momificados, sin alicientes, sin ilusiones,
sin infierno ni cielo, sin nada.
¿Qué, qué…? El maldito espectáculo debe continuar.
Vanidad, vanidad, nada nuevo. Todo es lo mismo.
Sin objetivos, sin esperanzas…
Malditos vuelos de niño, malditos sueños,
maldita fe perdida, maldito dios, maldito todo.
Ojos muertos, podridos sobre las propias cuencas, con sangre apestada,
sin ánimo, sin carne fresca ni hueca,
cavernosa historia que se hace eco sin aportar nada…
Maldito dios, maldito vuelo, maldita vida, cubo vacío, sin fe,
sin anhelos, sin esperanza, sin nada.

 

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La dictadura de todos contra todos

En el momento que escribo esto, según el calendario gregoriano, estamos en el 2018; aunque yo juraría que llevamos muchísimos años y lo que queda aún en 1984. No, no me he vuelto loco ni mucho menos, no al menos por esto. Al 1984 que me refiero es al libro profético de Orwell, en este blog hay una post al respecto: 1984 George Orwell (Película en Español)

Vivir en una constante censura o pre-censura, válgame el palabro, es un sinvivir para aquellos que aspiran o desean transmitir sus pensamientos, ideas, inquietudes, y tienen auténtico pavor a las críticas beligerantes, a que le den miles de palos por todos los lados y a desentonar con la sociedad e incluso a penas privativas de libertad o multas. Ese miedo a expresarse mutila a los seres humanos con supuesta libertad de pensamiento, por lo que al final se impone la Neolengua y lo políticamente correcto.  Esa corrección extrema carga el lenguaje de eufemismos y la sociedad completa y sus medios de comunicación se ven envueltos de posverdad.

Cierto que tiene que haber un equilibrio entre la libertad de expresión y sus consecuencias por ser expresadas, esa libertad, por ejemplo no puede incitar o hacer apología del odio, no al menos directamente, pues cada cual puede interpretar unas palabras o un mensaje según sus ideas. El problema radica en que la libertad de expresión de unos pocos, gente poderosa, se impone a través de la manipulación de las masas a la de los demás, y lo demás, para tener hueco en este mundo, se unen al pensamiento que subliminal y descaradamente (de ambas formas) se ha impuesto. La célebre frase de Voltaire: “Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo“, es ideal para describir lo que sucede: la libertad de pensamientos de unos pocos, que ha contagiado a la mayoría, se convierte en la dictadura de las masas sobre las masas. No hay mejor forma de someter un país o al mundo que todos hagamos de policías de todos (pues creemos que hacemos bien) y todos pensemos lo mismo y no permitamos las diferencias sustanciales, penando de algún modo a todo aquel que se sale del tiesto o exprese un pensamiento radicalmente opuesto a lo impuesto o tiene visos de revolucionario.

El hecho es que clasificamos a todo el que se expresa de un modo distinto como peligroso, incitador del odio, terrorista, machista, xenófobo, racista, etc. por el simple hecho de no coincidir con la mayoría. Se mezclan verdades con mentiras, realidades con fantasía, para que todos piensen lo que se quiere que se piense. De ese modo, mezclando, se usan palabras como racista, por ejemplo, contra quién no lo es en realidad, con el peligro de que esa palabra pierda su verdadero significado, se escapen de la crítica los verdaderos racistas y pasen por malas personas quienes no los son de verdad. Al mismo tiempo, el sistema, dueño de la Neolengua, que sí es racista, machista, etc. pasa desapercibido y arroja toda su furia contra gente inofensiva para que desde abajo, pueblo contra pueblo, estemos entretenidos odiándonos, matándonos…

A mí no me da miedo que un personajillo bromee con un hecho escabroso, de mal gusto, tampoco me da miedo un mensaje en las redes haciendo apología de un delito, o que un cantante grite vivas al terrorismo o que un cómico haga chistes sobre un monumento o un político, esas cosas, junto a otras presuntamente más graves, no me preocupa, lo preocupante es que se metan a todos en el mismo saco, y por supuesto que nadie se dé cuenta que la sociedad está tan corrompida y podrida, permitiendo atrocidades, y que la inmensa mayoría vea con normalidad este comportamiento y pensamiento colectivo.

Es más cómodo, requiere menos gasto de energía, ir a favor de la corriente, pensar como piensa la mayoría, decid lo que dice la mayoría, sentir lo que siente la mayoría, dar likes a lo que todo el mundo le gusta y criticar con vehemencia lo que a nadie le gusta. Es más cómodo vestir como los demás, perfumarte como los demás, caminar como los demás. Es más cómodo no ir contracorriente, no posicionarte en un pensamiento o expresar algo que sabes de antemano no va a gustar. Y no va a gustar no porque todos sean unos librepensadores, gente informada y libre, y tú seas un rebelde inculto. No va a gustar porque la inmensa mayoría está programada, anestesiada, manipulada, por medios de comunicación, por tendencias culturales y contraculturales, por sujetos de las altas esferas políticas y económicas, y por un sistema que se retroalimenta. Por todo ello, dada la dificultad de ir contra todo, terminamos haciendo lo más cómodo: ser como los demás, pensar como los demás, sentir como los demás… y por castigar a todo aquel, persona o grupo, que no lo hace, ya sea con leyes, con menosprecio, con aislamiento, etc.

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Definitivamente vivimos estancados en 1984, camino de Un mundo feliz (Huxley) o de Planeta Prisión. Cierto que hay bastantes salvedades, propias de la fantasía literaria, pero en cierta forma es lo que hay: manipulación sistémica y sistemática, y una lucha controladora de todos contra todos.

Para ilustrar mis palabras los vídeos de aquí abajo:

 

 

 

 

 

 

 

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Mi fe es otra

Hace tiempo que perdí la fe, esa fe ñoña y sin sentido, esa que imagina un dios infantil, un dios vengativo, un dios sentado en un trono esperando oraciones.

Puedo creer en muchas cosas sin sentido, puedo pensar en cuestiones y sentirlas como reales que helarían cualquier alma; pero no, no creo en ese dios ridículo que se enfada porque yo no sea perfecto o me compense porque le dé gracias o le ponga velas.

No, no creo en ese dios que balancean en primavera, ni en ese que acunan en invierno.

Yo creo en una magia espiritual, una cosa extraña sin nombre, sin etiqueta, que mueve el universo, creo en el amor, en la vida, en el movimiento; creo en Dios, en uno con mayúscula que no conozco, que no puedo imaginar, pero que por lo que sea intuyo, creo en Dios al que puedo rendirme sin miedo, en un único y último acto de fe.

Y no es que haya perdido la fe, la fe es un acto, uno libre de creencias, uno que supera toda religión, toda historia.

Mi fe es otra.

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Mentes confundidas

Nuestras mentes están llenas de historias, donde se cruzan realidades y fantasías, donde el tiempo, hoja tras hoja del calendario, las confunde, de modo que sueños parecen historias vividas e historias vividas se recuerdan como sueños.

Pero sin viajes a través de cronos también la confusión se presenta, nuestro visión es parcial, nuestras emociones nos juegan malas pasadas o al menos, extrañas pasadas… de modo que ninguna persona sobre la faz de la Tierra puede asegurar, con acierto, ni siquiera lo que sus sentidos más lógicos están percibiendo.

Todo se reduce, que no es poco, a percepciones y sensaciones, a intuiciones, a una explosión de energía mental en que la realidad es nuestra realidad y la verdad nuestra verdad, ni más ni menos.

Las dudas, la inseguridad, son un océano, pero por el océano se puede navegar y llegar al destino.

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Destrucción y creación

Estoy convencido que la normalidad, la base de la normalidad del ser humano, se basa en un ciclo interminable de destrucción y creación, más aún, creo que el Universo completo se basa en ese principio dual. Destruimos y luego creamos. Creamos y luego destruimos. Es como el ciclo de vida y muerte, como el ciclo del amanecer y anochecer. Esa normalidad bien trabajada y definida nos da felicidad, es estar en comunión con el Universo donde ese ciclo no acaba nunca. “Haz lo que el Universo y estarás bien”, “ve en contra del Universo y serás infeliz”.

La cuestión aquí  es cómo hacemos ese trabajo, cómo destruimos bien y cómo creamos bien, qué es lo que hay que hacer y deshacer…

Estoy convencido también que la propia esencia del ser humano, aquello que hace que enriquezcamos nuestro ser, nuestra identidad, que hace nuestra personalidad, que determina toda nuestra psique, es un proceso bien llevado o bien rescatado en el caso de salirnos del tiesto de destrucción y creación. En este convencimiento sé que una de las curas o más que cura (pues en realidad es un proceso, no una enfermedad) de la depresión es la creación y de la ansiedad es la destrucción. En realidad solemos hacer lo contrario, cuando estamos ansiosos nos medicamos con ansiolíticos y tranquilizantes para contra restar toda esa vorágine que nos impulsa. Y cuando estamos depresivos nos medicamos con antidepresivos para animarnos a ser más activos. La ansiedad es una invitación al movimiento y la depresión es una invitación a la quietud. Claro está que hay límites en todo esto, aunque ahora no podría precisar la línea de los mismos. Lo que sí puedo precisar es que el empuje de esas dos patologías al movimiento y a la quietud nos invitan a hacerles caso y llevar con equilibrio lo demandado. Que quiere mi ansiedad que no pare, pues no paro, pero ese “no parar” debe hacerse con talento. Del mismo modo, con talento, debo hacer caso a mi depresión y quedarme quieto.

La ansiedad se vuelve patológica o enfermiza cuando nuestro cuerpo, nuestra emociones, piden movimiento, destrucción, y no le hacemos caso. La depresión se vuelve enfermiza cuando nos pide estarnos quietos, crear, y no le hacemos caso.

¿Qué es lo que hay que destruir o qué es lo que hay que crear? En cada persona puede ser distinto. Puede ser que tengamos que destruir un yo egoísta o un muro de piedras o un sueño o una pareja o un trabajo; puede ser que tengamos que crear un hijo o una pared o un trabajo o una pareja o un viaje. Todo va a depender de las exigencias y necesidades, mejor dicho, de cada cual. Hacer muchas cosas a la vez, si nos gusta, si nos entusiasma, si nada nos perturba, puede darnos felicidad; pero en el caso de no gustarnos, de no hacerlo bien, puede ser fuente de sufrimiento. Esperar un autobús que no llega puede provocarnos ansiedad, pero si nos da igual llegar tarde o tenemos alternativa nos dará tranquilidad. Estar tristes, apáticos, puede ser una experiencia muy buena y creativa, pues podemos sacar de ahí grandes reflexiones, un nuevo carácter, una lección de la vida; pero estar de ese modo y no saber qué hacer con nuestras vidas sería torturador.

El problema a este ciclo, a esta manera de pensar y obrar es la sociedad, el entorno, pues lo normal, y no me refiero a la normalidad de estar en sintonía con el Universo, sino a lo normal de estar atrapado en un conjunto de nimiedades diarias, de compromisos sociales, familiares y laborales, que no te dejan respirar ni la remota posibilidad de buscar esa sintonía con la otra “normalidad” celeste.

Muchas patologías de la psique, de las emociones, e incluso del cuerpo, se producen por la falta de coherencia con las exigencias más profundas de nuestra psique, del espíritu y en la lucha incansable y suicida que tenemos contra nosotros mismos. Nuestro espíritu nos grita a voces que busquemos y hallemos nuestro ser, nuestro yo más profundo, y nuestro yo más personal, más de las máscaras y de la cotidianidad gritan que no podemos buscar ese yo profundo, que debemos vivir para fuera, no para dentro, buscar el contento más inmediato, no el más duradero.

En fin, es buscar el equilibrio entre Shiva (dios destructor) y Brahmá (dios creador), lo que dará lugar a Visnú (dios que mantiene el Universo). Esa trinidad hindú viene a decirnos que destrucción y creación son necesarias y deben estar en equilibrio, y que cuando están en equilibrio el Universo o nosotros mismos estaremos bien, dichosos y evolucionando.

 

Imagen: Trimurti (imagen de https://www.flickr.com/photos/nozomiiqel/)

 

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Como Lázaro

Hay cosas difíciles de explicar, cosas tan de uno, tan del interior, que apenas pueden librarse en la batalla de la gramática y de la lengua; cosas tan obtusas, tan oscuras, tan profundas, que apenas pueden ser descritas. Hasta ahora mismo que intento decirlas me cuesta; sé que la premisa es que al no ser posible exponerlas serán ininteligibles, que serán malinterpretadas por el oído conocido y extrañas para el oído ajeno. Pero es lo que hay, me encuentro impedido para hacerlo mejor. Es como lanzar una sola palabra que signifique un millón de libros y esperar que alguien lo capte, una espera infructuosa, ahora y en mil años. ¿Por qué? Porque cada cual está lleno de sí, y al decir esto ya hago real mi promesa de extrañeza, pues cada cual está contaminado de sí mismo y cada cual tiene su propio lenguaje, sus propios códigos, su forma personal e intransferible de percibir un poema, de entender un cuadro, de ver un acontecimiento, de comprender una novela, de asimilar unas palabras, propias o ajenas.

Cuando leí la Divina Comedia, de la que apenas recuerdo nada, había una parte, creo que del Cielo que decía que la visión que tuvo se desvaneció al despertar y que solamente quedó la sensación, que las imágenes, los sonidos, se van yendo; pues más o menos así es el interior que padezco de mí mismo, es como un sueño constante, como un lugar que está lleno de palabras, de sonido, de magia, de monstruos, de sombras, de luces, pero que aunque tenga conatos de claridad en la exposición de ese lugar tan cercano y lejano a la vez, solamente quedan sensaciones, sensaciones tan imposibles de definir que ni siquiera pueden ser transmitidas o transferidas.

Los introvertidos sufrimos así, es como un egocentrismo extremo que únicamente nos daña a nosotros mismos, un daño y un consuelo a la vez, pues el mundo exterior suele ser para nosotros un lugar ruidoso, lleno de violencia y de oscuridad, un lugar incomprensible, un lugar de otro lugar al que creemos no pertenecer. Únicamente obtenemos consuelos viajando dentro de nosotros mismos, pues hallamos, en ese ruidoso silencio interior, en esa maraña de universos que flotan como marionetas del alma, la paz. Pero es momentánea, algo o alguien tira de nuestros pies cuando metemos la cabeza en ese pozo, un mundo exterior que nos llama, que nos dicen a puro grito: levanta y anda. Sí, como Lázaro resucitado nos sentimos, pues si ya hemos conocido el otro mundo, ¿por qué tenemos que volver a pisar este valle de lágrimas? Aquí Jesús se lució, como Lázaro, queremos volver al abrigo de la tumba, de esa tumba que es una puerta al interior.

Quizás los que vivimos dentro de nosotros mismos, no en nosotros mismos, tengamos como reto levantarnos y andar, dar testimonio de la hazaña de vivir más que en la vida, de aportar una nueva visión al mundo; pero quizás como Lázaro, nos llevemos toda la vida lamentándonos de ser forzados a pisar este suelo extraño y ajeno. Jesús se lució, sí, pero probablemente él fuese uno de los nuestros, de esos que una vez vieron la luz y luego despertaron para vivir en un nuevo sueño, un introvertido forzado a caminar por estas tierras olvidadas, un ser misterioso obligado a hablar en forma de cuentos para ser entendido…

A fin de cuentas, mi mundo, ese mundo abismal y abisal, lleno de infinitos planetas, es semejante al de otros, al de todos juntos, pero hay puentes rotos, puentes de cristal rojo hechos añicos, puentes que debemos reparar. Hoy voy a caminar, como Lázaro, y voy a contar lo que he visto detrás de aquel lugar, un lugar inimaginable y a la vez imposible de describir. Hoy, como ayer, como siempre.

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La tristeza es necesaria

No sé o sí sé, o por lo menos sospecho e intuyo, que la tristeza no es una dama muy deseada, pero que es tan necesaria como la alegría o como cualquier otra emoción. No hay emociones malas o buenas, o unas emociones positivas y otras negativas. El problema o la psicopatía o la enfermedad vienen cuando algunas emociones, una o dos, o varias, copan todo el espectro del ser o campan a sus anchas y no dejan que otras tomen partido o lugar en la vida, en el día a día o en situaciones concretas. No es sano estar siempre alegres, pase lo que pase, ni estar siempre tristes, ni estar siempre enfadados, no es sano que una emoción gobierne sobre las otras. Pero hay emociones que muchos tildan de positivas y otras de nefastas, nadie piensa que sea bueno estar triste o enfadado, sin embargo todos desean con ahínco estar alegres, mientras más tiempo mejor, y si es siempre mejor aún.

Yo creo que cada emoción tiene su hueco y su momento. Creo que todas son necesarias y que cada cual tiene una enseñanza y cometido. Sé que cierta dosis de tristeza te hacen reflexionar, meditar, hacer un viaje de introspección. Sé que cierta dosis de alegría te hace comunicarte con los demás, transmitir optimismo. Sé que cierta dosis de ira es necesaria para no morir por dentro y dejar que la energía fluya.

Pero nadie se toma una pastilla para dejar de estar siempre alegre, no existe una fluoxetina para luchar contra la alegría. Esto demuestra que popularmente se entiende como patológico sentir y vivir la tristeza, la depresión, la ansiedad. Nadie te dice: “¡qué envidia, tío, tú tienes la oportunidad de la introspección! Ojalá estuviese yo depre”. No es que esté haciendo apología de la depresión o de la tristeza, para ser concisos la tristeza es un síntoma de la depresión y la depresión es una enfermedad. Si cierta dosis, por eso he repetido varias veces “cierta dosis” es algo necesario e ideal, dosis extraordinarias no conduce a nada, sino a todo lo contrario. Una tristeza exacerbada o depresión mayor, no ayudan en nada a la evolución del individuo o al encuentro del Self o con uno mismo. Así como algo traumático relacionado con la tristeza puede dar lugar a un despertar, mantenerlo en esa intensidad en el tiempo puede ser contraproducente y lograr que un individuo se aleje de cualquier posibilidad de evolucionar. Y digo “puede”, porque creo que no hay nada definitivo en esto.

Me surgen dos ideas encontradas: la evolución como consecuencia de la introspección, causada por la necesidad de encontrar respuestas en nosotros mismos, causada por la tristeza o la depresión; y el estancamiento producido por la necesidad de huir del sufrimiento, de la tristeza, ya sea medicándonos o distrayéndonos con otra cosa. Esas dos ideas me surgen porque la gente suele tener miedo de sí mismos, no les gusta andar por esos caminos del interior, porque suelen ver su Sombra, sus complejos, su realidad, es como un túnel de alimañas y espinas que cuesta mucho trabajo atravesar. Muchos se asoman o recorren los primeros metros y pronto regresan a la comodidad del estancamiento, recurren a la “alegría química” o a la distracción más pueril. No saben que al final del túnel está la Realidad, con mayúsculas, y que aunque el viaje no acaba, sí intuyen o sospechan la auténtica esencia de la vida, del mundo y del ser humano.

Si fuera terapeuta, aunque en cierto sentido sí lo sea, recomendaría a mis pacientes o amigos o clientes que aprovechasen la oportunidad que ciertas emociones, en principio patológicas, les da. Hombre, no es cuestión de dejar sufrir a alguien, ya dije que exacerbado no conduce a nada. Hay que reducir la intensidad en el tiempo y en el malestar de la persona, pero no hay que huir, hay que aprovechar la dosis exacta de pena, de tristeza, de congoja, para evolucionar y conocerse a sí mismo. Extrapolado a una parada cardíaca, no es cuestión de decir “nada de RCP”, que conozca al Creador, mejor es “reanimarlo, que conozca las segundas oportunidades”. En esto, como en todo, estamos en el mismo barco, y todos debemos ayudarnos. Creo que es necesario replantearnos el tema de las patologías, síntomas, mentales y emocionales y darles un enfoque nuevo.

Para terminar: en el equilibrio está el secreto, el quid de la cuestión. Las emociones que son patológicas o no patológicas, tienen una función concreta o una misión, que cada cual debe buscar, aunque muchas de ellas sean parecidas o casi idénticas. Pero al final todo lo que se busca es que vivido y sufrido, nuestro cuerpo, corazón, mente y espíritu, logremos un conocimiento de nosotros mismos, un encuentro con lo profundo y trascendental, un equilibrio en nuestro interior.

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Integrarnos por dentro: yin y yang

“Uff, en menudo follón voy a meterme”, “en boca cerrada no entran moscas”, “cuidado con lo que dices y cómo lo dices”, son frases que me dictan mi cabeza, entre otras muchas, cuando me planteo hablar de temas tan viscerales y tan encofrados de lo políticamente correcto, y cuando despiertan tanta pasiones. Hablar del feminismo, del machismo, de las diferencias y similitudes de género, y todo lo que tenga que ver con el hombre y la mujer, debe hacerse con mucho tacto, sobre todo cuando se es como yo, macho de la especie humana. Aunque por amor a la verdad, eso de macho de la especie lo considero una circunstancia, yo soy más que eso. En este tema, si eres mujer llevas una credibilidad añadida, porque en esta historia, no me cabe duda, la mujer es la víctima principal que no única y eso hace que la solidaridad y el afán de comprensión se incremente, cosa por otra parte bastante comprensible.

A mí estos temas me dan mucho coraje, que en mi tierra andaluza, lo de dar coraje quiere decir que provoca enfado o animadversión, pues yo parto de la premisa que somos iguales muy en el fondo, y digo muy en el fondo porque ahí está el alma y yo veo a los seres humanos no como machos o hembras u otra cosa, tampoco veo el cóctel de hormonas y funcionamientos cerebrales que parece ser diferencia los sexos, veo más hondo, el alma, y en ese territorio ignoto somos todos iguales. Como persona espiritual que soy o supongo que soy, me da mucho coraje estas luchas de sexos, porque yo veo a la mujer con ojos de normalidad e igualdad, lo mismo que al hombre. Eso sí, una cosa es que yo lo vea de este modo y otra cosa es la realidad social e histórica.

Sin duda la mujer siempre ha sido menospreciada, despreciada, infravalorada, apartada, humillada, maltratada, asesinada, etc. a lo largo de la historia y prehistoria humana. Sin duda seguimos viviendo en un mundo de machos, cuya energía marciana impera en todas las civilizaciones. Lo veo desde ese punto de vista, de energías, porque todo es energía y esto no va ser menos. Pero por desgracia siempre ha estado desequilibrada, demasiado yang y poco yin, demasiada masculinidad y poca femineidad.

Creo que hay errores de fondo o de forma, no lo tengo claro, en la lucha reivindicativa feminista. Veo demasiado yang en esa lucha. Se usan armas de machos para hacer una guerra de hembras, cuando las hembras tienen armas poderosas. Se usan métodos de hombres, formas de hombres, roles clásicos de hombres, para ganar la guerra. También veo errores, muchos y muy graves, en la postura de los machos en un mundo en el que la masculinidad arcaica no tiene hueco y deben reinventarse. No, hombres, no es una ofensa directa ni un ataque personal a la masculinidad, es que ya va siendo hora de modernizarse.

Yo no quiero un futuro en que las civilizaciones, la sociedad, el planeta sea gobernado por mujeres, que el sitio del hombre lo ocupen las mujeres. No quiero un futuro en que la energía yin impere y el yang sea maltratado y denostado. Yo quiero un futuro de personas, con independencia de los genitales, un mundo de hombres, mujeres, en equilibrio perfecto, pero sobre todo en equilibrio interior, porque esto es otra, se piensan que los hombres son puros hombres y que las mujeres son puras mujeres y se ignora que todos tenemos de los dos, Ánima y Ánimus, que todos tenemos las mismas hormonas en nuestro interior aunque con distintas proporciones, todos ignoran que espiritualmente hablando somos una integración de los dos, una especie de hermafrodita.

Esa lucha mundial entre hombres y mujeres es una proyección de nuestro interior, donde todos luchamos para equilibrar nuestra psique. Cuando el hombre encuentre la mujer que lleva dentro y la mujer al hombre, metafóricamente hablando, entonces estaremos completos y tendremos una sociedad admirable.  Ánima y Ánimus deben estar en equilibrio, al margen de los genitales de cada uno.

Yo explico desde este punto de vista la violencia machista, el terrorismo doméstico, en el que los machos de la especie no saben qué hacer, como si la civilización hubiese avanzado más que la integración de su animalidad. Son demasiados milenios haciendo el borrico como para cambiar en tan pocos años. Y psicológicamente hablando con los arquetipos nombrados, la falta de equilibrio.

Creo que el macho debe aprender a vivir en una nueva sociedad con unas nuevas exigencias, adaptar el rol masculino a los nuevos tiempos. Es duro también ser macho en una sociedad que te exige tanto. Antes, con ser fuerte, duro, alimentar a la prole y protegerlos ya cumplías. De hecho se castigaba la sensibilidad en los hombres, eso de llorar se veía mal. Hombres con cierta sensibilidad eran ofendidos o confundidos por el resto de hombres y mujeres. Ahora se les exige que hagan lo mismo, pero con la diferencia que deben tener cierta sensibilidad y se les ve muy descolocados. La mujer como madre contribuyó al machismo (obligadas por las circunstancias) porque criaban hijos para ser hombres y a mujeres para ser esclavas de hombres, y muchas hijas de entonces están descolocadas ahora porque no saben cómo convivir con sus “amos” con las nuevas reglas.

Se ven avances con respecto a otras generaciones, en cuanto a los derechos de la mujer, pero aún queda mucho, hay muchos asesinatos y mucha discriminación, incluyendo en ello la discriminación positiva. No sé las estadísticas de los asesinatos de antes, pero me figuro los habría; ahora, la verdad, es una lacra que debiera avergonzarnos como sociedad. No se puede consentir esta matanza de mujeres.

La solución es simple pero nada fácil: integración en nuestro interior de las dos energías, aceptación y adaptación a los nuevos roles sin distinguir sexos y vernos los unos a los otros como almas o como mínimo como personas, sin tener en cuenta lo que tenemos entre las piernas.

En qué consiste la teoría del Yin y el Yang

Cómo ser hombre en la nueva era del feminismo

Animus y Anima

 

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Mi extraterrestre azul

Mi novela Eterno Retorno, antes de osar a publicarlo en Amazon, le pedí a un amigo que lo leyese y lo primero que me dijo, después de que le gustó, etc. es que si me había copiado de Avatar para crear mi extraterrestre gigante azul. Yo le dije que en realidad me había copiado de los pitufos, pero que como eran tan pequeñitos le dí unos metros más de longitud, cosa que era broma. En realidad parte de ese libro es producto de un sueño donde literalmente aparecía ese extraterrestre, sueño que ocurrió mucho antes que James Cameron estrenase la película. Pero en realidad me da igual. Los autores no podemos escribir de la nada, yo escribo de sueños y los sueños son algo que vienen de algo y la manera en que plasmo las letras, el texto, lo que cuento, tampoco viene de la nada. Consciente e inconscientemente todos plasmamos lo que hemos vivido, experimentado, visto, etc. Lo original es coger todo ese conjunto y hacer con ello algo nuevo y original. Nadie puede acusar a una madre de fabricar un bebé igual que el de su vecina porque su bebé tenga las mismas clases de moléculas y tejidos. Todo esto lo escribo porque he visto el vídeo de Jaime Altozano, por cierto, este señor es un genio, y me he acordado de mi extraterrestre azul. También me acordé de algo que escribí, no me acuerdo dónde, sobre que todo surge de los primeros hombres de las cavernas, alrededor de un fuego y que todo lo posterior, genios de la literatura, de la pintura, del cine, etc. son “plagios” o reconstrucciones de aquello.

Eterno retorno 

Eterno retorno

Actos creativos

 

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Caminantes

Es como la primavera, una larga pero caduca primavera, cuando el sol suave te caricia la cara, cuando la brisa suaviza todas las aristas. Todo emerge y florece, resucita como si un ave fénix hubiese sobrevolado el campo. Las sensaciones son fuertes, son de pura vida. Pero la primavera pasa. Sin darte cuenta, sin mediar verano, llega el otoño. Así es la vida, así la vivimos.

Todo es camino, un peregrinar constante, no hay vuelta atrás, si alguna vez retrocedemos no es vuelta, es otro camino, es otra dirección. Viajantes del mundo, suspiradores de la vida, somos eso, caminantes.

Cuando de nada nos sirve rezar, caminante, no hay camino, el camino se hace al andar. Golpe a golpe, paso a paso, verso a verso…

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Capacitado a tu lado

No es fácil vivir con una discapacidad en un mundo de “capaces”.

Nunca me ha gustado esta palabra, la de “discapacitado”, aunque peor suena “inválido”. Eso de discapacitado suena como que se es menos capaz que otros; pero en serio, ¿no somos todos menos capaces que cualquier otro? Yo no sé cantar, ¿soy un discapacitado? Para el canto sí, pero no creo que nadie me tenga lástima por ello, al revés. Si entendemos por discapacidad el tener un defecto físico o mental que nos impide de algún modo hacer vida normal, entendiendo como normal aquello que hace la mayoría, pues entonces muchos tenemos discapacidades, aunque algunos más que otros. La mayoría de la gente puede trabajar, pero otros no pueden o no pueden en todo lo que quisieran. La mayoría pueden correr, pero no todos pueden correr. La mayoría viven sin dolores, pero otros viven cada día de su vida con dolor. La mayoría pueden estudiar, pero algunos se han visto obligados a dejar los estudios por carencias. La mayoría puede desarrollarse dentro de un contexto normal, pero algunos están fuera de esa normalidad contextualizada. Es, por consiguiente, que aunque muchos adolecemos ciertas discapacidades, no todos tienen el privilegio de poder vivir como quisieran.

Es muy cansina la idea esa de motivarse, superarse, como si fuera fácil, como si por el hecho de repetir ese mantra positivista ocurriera el milagro. No hay milagro, en esto los dioses o los santos están un poco perdidos o dormidos, tendrán mejores cosas que hacer que ir resolviendo discapacidades. Es muy cansina la idea esa de que todo es una oportunidad. Vale que todo es una oportunidad, una patada en los huevos es una oportunidad también, pero eso no quiere decir que deseemos recibir una patada y muchas veces no se aprende nada de esas oportunidades. Cansinas y estúpidas son muchas de estas afirmaciones dichas por gente de buena voluntad, que quizás buscan una salida heroica a su situación o quizás hayan leído muchos libros de superación personal.

Yo, como dolido, me cago en todo cuando contemplo la “discapacidad” y mando al puñetero infierno a los dioses, a la fe y me repatea la gente que quiere consolar, aunque pudieran tener razón, aunque lo hagan de corazón, porque no deseo ser consolado, si no más bien lo contrario, tengo la necesidad de ser infeliz y sufrir por solidaridad.

Desgracias a mares peores que cualquiera que me imagine ya la viven otros seres humanos, no es consuelo que otros lo pasen peor, tampoco es consuelo que otros hayan superado sus discapacidades aumentando sus otras capacidades o haciendo oportunidad de los inconvenientes. Sé que es cuestión de tiempo asimilar, que no aceptar.

Se lo puedo decir: es una putada lo que te pasa, una auténtica putada, podremos sufrir juntos o superarlo juntos, tú decides. Sí deseas hacer de tu mundo un valle de lágrimas ahí estaré yo con cajas de pañuelos, si decides luchar y sonreír cada día como si no pasara nada, estaré a tu lado luchando y contando chistes. No entiendo nada y si lo entiendo me importa una mierda, lo único que me importa es que te amo y que te amaré siempre. Decidas lo que decidas, incluso si no puedes decidir, yo estaré siempre a tu lado. No me hace falta la “discapacidad” para aprender nada, lo hubiese aprendido de todas formas aunque fueras de ese grupo de “capaces”, porque aprender a amar a tu lado es fácil, no tiene ningún mérito porque es lo único que sé hacer cuando te miro.

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Nadar en el interior

Son los procesos mentales los que te dictan lo aburrida o entretenida que va ser la vida, dicta cómo viviremos ciertas situaciones, se decantará por una postura u otra, por unas sensaciones en vez de otras. Ese intrincado mundo interior y su proyección exterior, ese intrincado mundo de conexiones con otros y grupos, hace que seamos de un modo u otro. En el fondo de toda máscara, de cualquiera careta que nos sirva para vivir, subyace el misterio más maravilloso y a la vez más horripilante.

Cuando intentamos conocernos a nosotros mismos nos topamos con un gran inconveniente, la imposibilidad de ser imparciales y neutrales con nosotros mismos. Así que por mucho que avancemos por esos océanos no llegaremos jamás a poder afirmar, al menos con acierto, que ya nos conocemos. Debiéramos partir de esa premisa antes de lanzarnos a nadar por esos mares, cuya premisa también puede ser que no sabemos que sabemos nadar hasta que nos tiremos al agua. Tendremos esas dudas que no podremos resolver hasta que nos sumerjamos de lleno en sus intrincadas aguas. Es indudable que habrá un gran conocimiento de nosotros mismos, que llegaremos a tener cierto nivel espiritual o psicológico, pero es obvio que nunca podremos alcanzar la cima del conocimiento.

Se abre una gran interrogante tras obtener una respuesta anterior, de hecho mientras más se sepa más interrogantes se abren, es exponencial, demencial añadiría. Tras resolver una incógnita llegan dos, tras esas dos vendrán cuatro, ocho… Al final el proceso se hace agotador, que creo es lo que realmente marca un punto importante en esta carrera de locos. En el agotamiento comprendemos que no hay una verdadera meta, que es infinito, inabarcable, y que lo único que tiene sentido es el propio camino, la senda o siguiendo con el símil del agua, lo único que tiene sentido es nadar o navegar, no llegar al puerto. En todo esto es esencial la humildad, es ese don el que nos permite admitir y creer de verdad en nuestras limitaciones y posibilidades. No somos todopoderosos, pero puede que algún día -o ya- nos acerquemos tanto que lo parezcamos, pero sin humildad nos hundiríamos al fondo del mar como una piedra.

Si proyectamos toda esta búsqueda interior, todo lo que creemos conocer de nosotros mismos, esa navegación por los mares, al exterior, en forma de máscaras, la vida nos parecerá igual que para otros, tendremos los mismos fallos, haremos las mismas estupideces, un día nos levantaremos con ganas y otro no, algunos días nos apetecerá pelear en este mundo de riñas y otros nos rendiremos, todo nos parecerá aburrido o de repente diremos que merece la pena. La diferencia sustancial entre los navegantes y los que no son es que haciendo lo mismo conocemos los motivos, jugamos sabiendo que es un juego.

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Soy escritor

“Escritor??¡¡???”, es lo que vi en un mensaje privado en Facebook, privado y anónimo. No pude contestar a la persona que me hizo esa pregunta exclamativa, si es que ese concepto lingüístico existe, porque técnicamente no podía y porque si hubiese podido tal vez no lo hubiera hecho. El mensaje fue enviado a mi página, una discreta y nada jaleada página que tengo, en la que me etiqueto como Escritor. También tengo el perfil personal y varios grupos del que soy administrador. Por supuesto tengo este blog en WordPress en el que oso subtitular: Blog Oficial del escritor José Luis Velázquez Rodríguez (ni que hubiera blogs extraoficiales). También estoy en otras redes en las que me presento como escritor y bloguero, también como técnico en farmacia.
Profesionalmente hablando diría que soy técnico en farmacia, que es lo que me da de comer, paga facturas y mantiene un hogar; es un oficio al que debo mucho, pero no es mi vocación, si se entiende por vocación aquello que te quita el sueño o en lo que sueñas, que te da la vida o te la quita, aquello que no puedes dejar de hacer, aquello por lo que maldices que la vida sea tan corta. En el sentido vocacional soy escritor, no porque viva de ello, pues no da para mucho, en realidad no me da para nada. Autopublicarse en Amazon no es lo que diría yo un éxito editorial y comercial, a no ser que te hagas viral o salgas en la televisión. Es vocacional porque es lo que hago desde que sé escribir. Pasé de dibujar y pintar a escribir cuando aprendí en la escuela infantil. Para mí expresarse de un modo artístico es un proceso creativo que necesito como terapia. Se podría decir que para mí escribir es vocacional y terapéutico. En aquellos tiempos escribía poemas, la mayoría religiosos, luego fueron amorosos. Después comencé a escribir mis pensamientos y sensaciones, lo que opinaba sobre temas en concreto. Todo lo que escribía, como aquello que pintaba, permanecía en lo más oculto de los secretos ocultos. Con el tiempo fui escribiendo más y más, hasta que me atreví con una primera novela y conatos de novela. Hoy tengo publicado en Amazon varios.
Sí, soy escritor, sin éxito, que tiene que hacérselo todo a sí mismo, desde maquetar a corregir, con los fallos esperables cuando no lo hace un profesional. Soy escritor porque escribo con la idea de comunicar, de entretener, de enseñar, de decir algo, sea como sea el método que escoja para hacerlo. También soy bloguero, sin éxito, porque en esta blog escribo, comunico, digo, enseño y lo hago regularmente. No todos los oficios y profesiones tienen un talón esperándote a final de mes.
Es verdad que se necesita una proporción de vanidad considerable para decirse escritor, para escribir, publicar y publicitarse como tal. Esa vanidad me avergüenza un poco, pues no me gusta, aunque en este mundo de Internet y de las Redes se necesita perder un poco el corte y lanzarse a vociferar a los cuatro vientos: ¡Yo soy, yo soy, miradme, miradme…! Y gracias a Dios que existen estos medios informáticos, pues en el mundo real cuando me preguntan “¿tú escribes?, ¿tienes libros escritos?, ¿eres escritor?”, me da tanta cortedad que bromeo conmigo mismo, le resto importancia, como si hubiese hecho algo malo o inoportuno.
Lo penoso de este mundo, informático y real, es que como no te des a valer, como no te anuncies y grites de verdad a los cuatro vientos, nadie te toma en serio o te echa cuenta. Es penoso porque creo que los que son como yo, gente introvertida, tímida, su mensaje no llega a todos los que tienen que llegar.
Da igual, de todas formas yo seguiría escribiendo, porque lo necesito, es como el músico que necesita componer o tocar o cantar aunque nadie sepa de su existencia. Si oso tener algo de vanidad, solamente en este mundo de las Redes, es porque creo que pese a mi torpeza, de mis defectos, lo que tengo que comunicar es importante y podría servir a alguien del mismo modo que a mí me ha servido y sirve. En fin, sí, soy escritor, lo soy.

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Somos lo que elegimos ser

Es cierto que el pasado marca, que aquello que nos hicieron hace mella, deja cicatrices. Fuere lo que fuere lo que nos hicieron en el pasado, desde nuestra tierna infancia hasta el momento actual, la realidad es que somos los responsables de lo que hacemos con todo ello y la personalidad que tengamos ahora, nuestra forma de ser, es cosa nuestra. Puedes coger ese pasado inmundo, trágico, doloroso y convertirte en una bella persona o en un bicho de cuidado. Lo que somos ahora puede ser entendido, comprendido, justificado hasta cierto punto, al conocer nuestro pasado. Pero nada de eso quita para que estemos obligados a ser lo que no queremos ser. Estamos invitados para el buen discurrir de la vida a tomar toda esa basura del pasado y convertirla en estiércol fértil.

El condicionamiento es una realidad, pero no una excusa en sí, ya que el pasado, como tiempo vivido, condiciona nuestra psique, alimenta nuestro interior de complejos y engorda arquetipos; también el presente condiciona, pues las circunstancias históricas actuales de cada uno, sus vivencias personales y colectivas, inciden mucho en el comportamiento y en nuestras elecciones. Eso sí, nada de lo dicho, de estos fuertes condicionamientos, excusan nuestro aquí y nuestro ahora. Lo que hacemos con ese pasado es cosa nuestra, pues los condicionamientos no son obligaciones, no estamos abocados irremediablemente a ser lo que no queremos ser. Eso sí, la linealidad del pasado con el presente, con su carga psíquica, impulsan a una forma de ser concreta, a un relación vital y colectiva concreta, porque es la que menos energía cuesta. Es más fácil ser un ladrón si toda mi familia y mi pasado están basados en robar o ser robado; por lo que intentar cambiar a honradez cuesta mucho más que dejarse llevar por los condicionamientos.

No es ni por asomo fácil la conversión, y no es fácil porque a menudo cogemos esa parte que no deseamos de nosotros mismos y la enterramos en el sótano de nuestro interior, con mil candados y tiramos las llaves en ríos de lava. Equivocamos la táctica en la elección de ser, pues no es cuestión de huidas, de enterrar, de olvidar, ya que nada se olvida, ni se entierra, y de nada sirve huir de algo que llevamos siempre encima. La táctica consiste en integrar y equilibrar, hacer de la basura estiércol, tal como apunté, no tirar la basura para que nadie, ni nosotros mismos, podamos verla.

Elegir ser lo que queremos ser, a parte de mover la dinamo de nuestra alma con elecciones, decisiones, conlleva ser lo que no queremos ser, integrarlo todo en nuestro interior y proyectarlo equilibradamente.

 

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Perspectivas de inmortalidad

Por rebotes y circunstancias de la vida, y de la muerte, acabó en mis manos un libro de Casimiro Calvo Zapata, un libro escrito en 1984, en la vecina Utrera. El preámbulo ya merece la pena, es toda una declaración de intenciones, un auténtico alegato, magistral y coincidente con mis pensamientos y pesares. Dice cosas como:

“La vida nos presenta una cara absolutamente atrayente y alegre y otra completamente repugnante y trágica. Ante esta contradicción cabe deslizarse hacia dos actitudes: o bien la de quedarnos atrapados en el lado trágico, como hipnotizados por él, sin estímulos y dejando que las aguas de la depresión nos aneguen y nos hundan, o bien la actitud paranoide de inflar el globo de la fantasía, vivir en la estratosfera y engañarnos constantemente para no ver que realmente hay un lado repugnante y trágico.
Ambas actitudes nos alienan igualmente y nos impiden vivir lo que es nuestra verdadera existencia; la actitud “depresiva”, porque nos quita el gusto por las cosas y nos agua la fiesta de la vida; y la actitud “paranoide”, porque nos vela la verdad y porque el “viento” de fantasías que almacena termina siempre explosionando por algún lado, hace que alguien a nuestro alrededor esté pagando las consecuencias de nuestras mentiras vitales y que uno mismo tenga que dar de vez en cuando con sus huesos en la desnuda realidad de la que huye”.

Aún no he terminado de leer el libro, aunque leyendo esto podría satisfacer ya mi ansia, pues creo que el autor ha dado en el clavo en lo que muchos sentimos, en lo que muchos vivimos y experimentamos, lo que muchos en una especie de baile en zigzag sufrimos. La vida, tal como dice, nos presenta dos caras con clara diferencias, como un yin y yang. Una cara alegre y una cara triste, pero en la que no es todo lo que parece, en la que la alegría no es sinónimo de superación, sino más bien de embelesamiento, y en la que la tristeza no es sinónimo de rendición o derrota, sino más bien de lucha y conocimiento. El autor nos avisa también de lo terrible de los extremos. No lo dice pero entrevé que en el equilibrio está el secreto.

Pesimismo & optimismo

¿Está mal estar mal?

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Pesimismo & optimismo

Después de leer a Carmen Posadas en su artículo de la revista XL Semanal:  Pesimistas 2.0 y enlazar con lo que escribí sobre sentirse mal o estar mal: ¿Está mal estar mal? no puede uno más que convencerse que vivimos en una sociedad profundamente enferma. Y no es que sea una enfermedad que esté a la cara de todos y toda persona pueda ver lo que sucede, no es una lepra o una viruela o una dermatitis, es un cáncer que nos devora por dentro e ignoramos que lo tenemos. Es una enfermedad de una sociedad que está construyendo un nuevo mundo y en el que, salvo pepinazo atómico, la putrefacción se hará patente cuando sea demasiado tarde para corregir o amputar.
Yo creo en el equilibrio de las cosas, de las situaciones, de las emociones, de las acciones, no creo en que una parte debe prevalecer sobre la otra. Hemos endemoniado todo aquello que tenga que ver con la sombra, con lo negativo, con sufrir, con el mal, hemos llevado la Sombra, ese arquetipo junguiano, de lo personal a lo colectivo, y esa Sombra es tan poderosa que hace que vivamos en un mundo desquiciado, hipócrita, enfermo…
La Sombra de Jung es esa parte que ocultamos, de la que nos avergonzamos, pero que siempre termina saliendo por todas partes y se manifiesta, normalmente de manera atroz e irrefrenable.

Las palabras, las acepciones, prácticamente el diccionario completo ha sido secuestrado y expuesto ante todos como una Neolengua, y toda persona que no esté totalmente de acuerdo o difiera del pensamiento global impuesto es anatemizado. Lo peor de todo esto es que no es una imposición de una dictadura o una guerra, es una imposición de todos con todos. Es una especie de lavado de cerebro del que por supuesto no somos conscientes. Antes era muy amante de las conspiraciones, hoy en día no tanto, pero lo que es obvio es que si todo esto es una pirámide de poder, nosotros, los de abajo de la pirámide estamos haciendo el trabajo sucio de los de arriba. Nosotros los de abajo estamos todos contra todos, nos imponemos cadenas, nos castigamos, hacemos de policía política, etc. Este juego macabro en los bajos fondos estarán partiendo de risa a los hipotéticos señores de arriba.

Habría que dejar de ser optimistas y ser pesimistas, habría que ser algo entre los dos, o más bien juzgar qué situaciones requieren un cariz optimista o una postura pesimista. Habría que dilucidar qué cosas deben estar llenas de esperanza e ilusión y qué cosas nos debe sumergir en una sana negatividad. Digo sana negatividad porque aquello que forma parte de un equilibrio, de una balanza con el mismo peso o casi el mismo peso, es algo sano. No me digan que es sano reír en un entierro o llorar en cuando te dan la paga o alegrarte cuando te insultan o entristecerte por un nacimiento… Sé que hay muchas corrientes filosóficas y psicológicas que intentan buscar la gestión de las emociones de una manera equilibrada, pero en general la sociedad está desequilibrada, desde el comportamiento de la gente hasta las propias leyes y decretos de gobiernos, tanto lo que los medios de comunicación con su opinión transmiten hasta lo que vemos en series y películas. Hay una especie de campaña propagandística en subyace en casi todo lo que vemos, leemos, sentimos, etc. En esto puede que sí haya una intencionalidad que se acerca más a la conspiración, de todas formas no es necesario que exista tal conspiración, nosotros mismos somos capaces de auto-imponernos la propaganda para hacer del mundo un sitio homogéneo y de un solo pensamiento, en pro de vete a saber qué. Quizás de un modo que desconozco nosotros mismos hayamos decidido canjear libertad por seguridad, evolución por tranquilidad, y estemos ahora, como especie, estancados en un mundo ridículo que busca con desesperación la felicidad y la seguridad sacrificando la esencia de su propia naturaleza y ser, donde las elecciones se basan unicamente en cuestiones de consumo, no en cuestiones del ser. No me negaran que desde que nacemos estamos totalmente dirigidos por leyes educativas, policiales, laborales, etc. Y ahora con la tecnología, las redes sociales, internet, estamos más pillados y entregados que nunca.

Señoras y señores, bienvenidos a 1984, la novela de Orwen o a Planeta Prisión, mi novela, que trata, con menos talento, pero no con menos razón que Orwen, un mundo futurista en la que todos estamos manejados por todos, donde todos somos dictadores.

Libros que pueden arrojar un poco de luz:

Encuentro con la sombra

Cómo integrar tu sombra

Vídeos que pueden dar luz:

Hay más vídeos y más libros; pero creo que con estos podemos hacernos una idea. La enfermedad de la sociedad, cuyo uno de sus síntomas es lo política correcto y su antípoda, lo transgresor, muestran que algo no va bien, que el equilibrio está roto. Cargamos de energía ciertas valores y ciertas manifestaciones, y descargamos de energía otras. Todo esto hace que vivamos en una proyección enfermiza de la Sombra colectiva, de la que no estamos aprendiendo nada, solamente huyendo del malestar, del pesimismo, de los valores negativos tan necesarios como los positivos. Esa huida nos pasa factura y nos pasará más.

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