Hermana Muerte

Efímera es la vida, cual gota de rocío, está destinada a convertirse en vapor o en torrente de río, con los primeros rayos de Sol. La herida de muerte del alba, es gozo y alegría, es progreso, es evolución. Así debiéramos mirar a la muerte, aquella señora o señor con guadaña, aquel ángel impertérrito, con luz en los ojos, con gozo, y en vez de temerla, debiéramos llamarla hermana, como San Francisco, que la llamaba “hermana muerte” Es como cruzar un río, lleno de gotas, de presuntos peligros, de incertidumbre, y ver, al otro lado de la orilla, que no fue para tanto, sólo temores infundados, sólo pensamientos erróneos. Cruzar el río es solamente un paso, sin peligro, sin esfuerzo.

Es abrir los ojos y ver un mundo inacabable, un lugar sin lugar donde suceden todas las fantasías, donde todo es posible, donde no hay limitaciones, donde cual quier imaginación queda corta. Cerrar los ojos y abrirlos, es un pestañear, no hay que temer. El temor es nuestro peor compañero en el transcurrir, el que más dificulta el paso. Sin miedo a nada, hay que dejarse llevar por los impulsos del alma, por el sentir del corazón, por el amor. Morir no es una tragedia, es un acto natural de nuestra especie, rodeado casi siempre de tabúes y cortapisas, pero que en realidad es algo positivo, porque nos permite seguir viajando por el basto y ancho universo, por los infinitos mundos y dimensiones.

Sin embargo, ¡cuánto sufrimiento nos produce la muerte! Ya sea la muerte de un ser querido o amado, ya sea la perspectiva de nuestra propia muerte, como norma general, en nuestros sentimientos, esos primeros rayos de Sol duelen mucho, muchísimo. Pero no es porque la muerte en sí sea horrenda, que no lo es, ya que lo horrendo puede estar en la forma de morir, pero no en el acto final de pasar; es porque la muerte nos parece el final, ya sea de nuestra existencia o nuestra convivencia, y esto no lo soportamos. Se llora a nuestros difuntos por la incertidumbre que nos provoca y por el vacío que nos deja.

Pero si supiéramos lo que hay después, más allá de nuestro acá, más allá de nuestro temor, en la otra orilla, nuestro sufrimiento sería menor o desaparecería. Pero no sabemos estas cosas porque no estamos totalmente evolucionados, porque empáticamente nos empapamos de nuestro mundo y su forma de vivirse. No obstante es cierto, que hay una división clara entre mente y corazón, y que, aunque nuestra mente sepa de todas estas cosas o al menos mantenga fe inquebrantable en la perennidad de nuestra alma, nuestro corazón llora, se descalabra en un mar de llantos y sollozos con la perdida, con el tránsito, con el paso, con la vista de la “hermana muerte”.

Estar empapados de humanidad es sentir empatía por los sufrimientos ajenos, captarlos y hacerlos propios, ya sea en los acontecimientos ordinarios y duros del vivir cotidiano, ya sea en el acto extraordinarios de morir o todo lo que le rodea. No es de extrañar que Jesús llorase a Lázaro, sabiendo Jesús lo que sabe, siendo Jesús lo que es, en ese momento se empapó de humanidad.

Somos unas almas desvalidas en un mundo trágico y en unos vehículos de dolor; pero la muerte nos libera.

Hay muchas clases de muerte, hay muchas clases de renacimiento.

Se puede morir y resucitar todos los días, una metanoia es una forma de tránsito, la persona que eras antes no lo eres después, y esto también es una forma de morir y resucitar.

¿Qué hay después? Todas las noches tenemos el más claro ejemplo: el sueño. Los grandes místicos, poetas, escritores y filósofos pensaban en el dormir, soñar y despertar como un ensayo de muerte y transitar. Yo pienso de este modo, aunque no sea un gran místico, poeta, escritor o filósofo. Si estás predispuesto antes de morir a ciertas visiones, te resultará más fácil tener esas visiones. Si estás con un espíritu libre, evolucionado y despierto, la muerte solamente será una mera rutina. Por ello no hay un Cielo o un Infierno, hay tantos cielos e infiernos como clase de pensamientos y deseos tenga la humanidad. No hay más límites que el que nosotros nos imponemos, ni más castigos que el que nosotros nos sometemos. Es como un atracción, porque nos sentiremos atraídos por los lugares o estados de los que nos sentimos más identificados, sea este un horrendo infierno o un grato cielo.

Quería dejar claro lo dicho; pero el tema da de sí. Ya me extenderé en otro momento.

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Acerca de joluvero

Nací en Sevilla, en 1972, y resido en Las Cabezas de San Juan. Soy esposo, padre de tres niños, trabajador en una farmacia, profesión que compagino con mi afición a escribir. Escribo novelas, relatos, poesía, ensayo, todo desde un punto de vista espiritual y profundo, dándole a mis obras incluso varias lecturas paralelas. Me gusta hacer senderismo, andar por el campo, por el bosque, me gusta leer, escuchar música. Me gusta el misterio, lo paranormal, lo oculto, etc.
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