La Humildad de Nuevo

En el bosquejo de los pensamientos y las sensaciones, a veces, solamente unas pocas veces, parece vislumbrarse con claridad algunas afirmaciones sobre uno mismo. Pese a todo, ante una realidad que no conocemos, ante la duda absoluta sobre todo lo que existe, ante la duda relativa sobre todo lo que he sido capaz de etiquetar, me muestro ténuemente aseverativo.

En este bosquejo he pensado y sentido a la vez, con el corazón, con toda sinceridad, aunque sin saber la verdad sobre mí, que pese a que actuo sobre unos conceptos formulados por mi volcánico cerebro y mi frenético corazón, no puedo asegurar con convicción que actúe con consecuencia y coherencia.

He conocido, en cierta forma, el mundo que me rodea, y me conozco, hasta donde sé, bastante sobre mí. Esto me conduce a meditar ciertos aspectos de mi vida, de mi ser y a decir: ¡cuán grande es mi ignorancia!

Creo que actuo siempre de buena fe, algunas veces, pocas, sé que no, pero la mayoría del tiempo y de mis actos, están repletos de buena fe, es decir, con la intención de hacer lo correcto. Otra cosa es que lo consiga o que mi criterio de lo que es correcto, positivo o esté bien sean los idóneos o los justos. Como padre me doy cuenta que aunque por más que me esfuerce en educar bien a mis hijos, siempre tendré la sensación, que como forma de autoridad que represento para ellos y como espejo en el que se reflejan, la responsabilidad es tan enorme que me sobrepasa. No quiero ser el ideal de mis hijos, quiero que ellos sean mejor que yo, otra cosa que considero que es facilmente alcanzable, y no es falsa humildad. Creo que como persona tengo mucho que mejorar, sobretodo marcándome objetivos tan trascendentales y en apariencia lejanos. De todas formas, es parte de mi obseción el conseguir que mis hijos me superen en todo, quiero empequeñecer  a su lado y sentir rubor ante su sapiencia. Mientras tanto son objetos de mi manipulación, consciente o inconsciente, como todos los padres, pese a que quiero convertirlos en libre pensantes y que sean capaces de decidir sin coacciones y acondicionamientos. Para ello debo darles las herramientas necesarias y ayudarles a caminar los primeros metros del camino, después es cosa de ellos, ya no podré hacer nada. He aquí mi tremenda responsabilidad, pues en cierto modo, el éxito de mis hijos depende de mi comportamiento, a parte de otras cuestiones.

He estudiado mucho, más que a nada a mí mismo, y he tomado para ello caminos ortodoxos y caminos heterodoxos, senderos de locura algunos, un baturrillo de ideas casi siempre; pero al final he sentido que he estado cerca de la verdad, de tocar con la punta de los dedos la verdad. Hasta lo paranormal se ha alineado para ayudarme en este camino de conocimiento que emprendí hace mucho. Y ahora, cargado como estoy de la soberbia y el egocentrismo, pido a Dios humildad, pues considero que o bien no tengo o no tengo suficiente para obtener resultados. Es como si estuviera estancado en mi propia complacencia. Aunque parece que ultimamente me he dado cuenta de la necesidad y urgencia de salir del pozo.

Considero la humildad como una de las grandes virtudes, necesarias para que vengan a tropel las otras. La humildad nos hace seguir buscando conocimiento, nos hace ser menos egoístas, aleja la soberbia y el orgullo, destruye la envidia y la avaricia, nos llena de paciencia, que según el refranero es “la madre de todas las virtudes”. Sí, definitivamente, quiero ser humilde. La humildad hará que no intente justificarme a cada paso, que no intente quedar bien siempre o que quiera tener la razón conmigo, hará que ame más la sencillez y el silencio, a que aleja la violencia y la ira de mi corazón, a que no luche en guerras sin sentido ni en batallas ridículas, a que la amargura y el resentimiento no vayan acompañándome a donde vaya siempre, a que deje de ser un quisquilloso, a que acepte a los demás sin emitir juicios.

Quiero la humildad, la del Cristo, la de María, la de “hágase en mí tu voluntad”, la de “en tus manos encomiendo mi espíritu”, la de “he aquí la esclava del señor”. Esto me gustaría enseñar a mis hijos, y por extensión a toda persona con la que me tope en mi vida: la humildad es el primer y más absolutamente necesario escalón de una larga escalera, quien se salte este escalón y camine por esa escalera, tarde o temprano resbalará, y será la humillación quien lo ponga de bruces, contemplando ese primer escalón, donde tendrá que pisar primero. No es baladí ni nimia mi petición, a vistas de lo referido, al Creador.

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Acerca de joluvero

Nací en Sevilla, en 1972, y resido en Las Cabezas de San Juan. Soy esposo, padre de tres niños, trabajador en una farmacia, profesión que compagino con mi afición a escribir. Escribo novelas, relatos, poesía, ensayo, todo desde un punto de vista espiritual y profundo, dándole a mis obras incluso varias lecturas paralelas. Me gusta hacer senderismo, andar por el campo, por el bosque, me gusta leer, escuchar música. Me gusta el misterio, lo paranormal, lo oculto, etc.
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