La verdad del espejo

Cuando me miro al espejo, las pocas veces que lo hago, pienso en la persona que veo frente a mí… Pienso que, aunque me reconozco en la imagen sé que soy otro, como si mi verdadero yo estuviese a la misma vez omnipresente y ausente, es como si, aunque me sienta a mí mismo, me proyectase fuera de mí. Sé que es una locura, propias de la esquizofrenia; pero es lo que siento. En fin, esto de tomar consciencia de uno mismo es, lejos de ser la panacea espiritual, un sinvivir. Debiera decir un tanto o aproximadamente como los poetas-santos: “Vivo sin vivir en mí porque vivo en mí y fuera de mí” El espejo es a veces uno que no es superficie pulida, muchas veces son los conocidos y extraños que me topo en el día a día. Curioso esto de los conocidos y extraños, en muchas ocasiones me cuestiono quién es quién: en cierto modo los extraños son a veces los conocidos y los conocidos, con frecuencia, son unos auténticos extraños. ¿Quién es esa persona para la que trabajo? ¿Con quién me he casado? ¿Quién es la que me trajo al mundo? ¿Es ese mi hermano? ¿Quienes son mis hijos? Y no es que me pregunte porque la estulticia me llene, ni siquiera porque no sepa quienes son, es que los seres humanos, incluso los más allegados, son seres complejos, a los que idealizamos en cierto modo, proyectando nuestras esperanzas, miserias y cuitas, nuestro dolo, nuestras ansias, nuestro fe, en ellos. Es fácil que en momentos y a momentos se nos caiga los palos del sombrajo, ¿quién es ése o ésa? Me miro al espejo y me hago la misma pregunta, ¿quién soy yo? Tengo respuestas, pero no me dejan descansar, no son contestaciones válidas, aunque las sea o las aparente. “Ahora vemos como en un espejo, mañana veremos como somos conocidos”, es, parafraseando, palabras de una epístola de San Pablo, y no es que San Pablo sea santo de mi devoción – nunca mejor dicho -, es que el tío sabía lo que se decía. ¿Hacía donde hay que dirigir la mirada? Pienso que, tanto yo como el que está en el espejo o yo y quien se miró al espejo, no son más que proyecciones de cine, falsedades, desconocidos, mi verdadero yo, esa consciencia, ese ser que tomó consciencia, está sobre ambos. Volviendo a la Biblia, y parafraseándola de nuevo, “Yo soy el que soy”, dijo el señor de la zarza ardiendo al tartamudo de Moisés. Ese epíteto encierra en su meollo el verdadero misterio, el epitafio supremo,  y quizás, sólo quizás, la verdad.

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Acerca de joluvero

Nací en Sevilla, en 1972, y resido en Las Cabezas de San Juan. Soy esposo, padre de tres niños, trabajador en una farmacia, profesión que compagino con mi afición a escribir. Escribo novelas, relatos, poesía, ensayo, todo desde un punto de vista espiritual y profundo, dándole a mis obras incluso varias lecturas paralelas. Me gusta hacer senderismo, andar por el campo, por el bosque, me gusta leer, escuchar música. Me gusta el misterio, lo paranormal, lo oculto, etc.
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