Desnudaros sin avergonzaros

El evangelio de  Tomás dice: “¡Cuando os desnudéis sin avergonzaros, os quitéis vuestras ropas y las depositéis a vuestros pies a la manera de los niños pequeños, pisotéandolas! Entonces os convertiréis en los hijos de Aquel que vive, y ya no tendréis temor.” Este evangelio apócrifo, egipcio copto, perteneciente al  códice X de Khenoboskion, atribuído al apóstol en principio, es uno de los más hermosos, en comparación con el resto de apócrifos de su estilo: dichos o hechos de Jesucristo. Este esotérico libro se asemeja en fuerza, aunque centrándose casi en exclusividad en los dichos, a los evangelios canónicos, a medio camino entre los sinópticos y el de San Juan.

Centrándome en el pasaje que he traído, no para examinar en exhaustividad, sino más bien para hacer ver la profundidad del mensaje, he de discurrir por pensamientos un tanto anárquicos, pero no exentos de sentido, con la intención de hacer valer el mensaje en sí y el libro en general. Recomiendo la lectura sin comentarios y luego una posterior lectura con los mismos, como el magnífico monográfico de Jean Doresse, L’Evangile Selon Thomas (El Evangelio según Tomás, Editorial Edaf, 1989)

Es interesante ver como los niños, desprovistos de malas intenciones, de maldad en sí, de motivos para sentirse avergonzados, con capaces de desnudarse, mostrando sus cuerpos sin pudor, y a la vez comprobar como los adultos, en cambio, siente vergüenza, pudor. El pasaje, por supuesto, no habla de cuerpos reales de carne y hueso, un evangelio gnóstico como éste expone parábolas, hace comparaciones, pero siempre se refiere al alma, al espíritu. El cuerpo es el alma, a veces el propio Cristo, a veces la Iglesia, entendida ésta como el conjunto de seguidores o discípulos de Cristo, más que como institución. ¿Qué significa, pues, la desnudez?, ¿y la ropa?, ¿y el acto de pisotear?, ¿cuál es el temor que se pierde? Aquel que vive se entiende por Dios, por el Padre, con apuros incluso un Cristo Pantocrátor; aunque dado lo que se describe en otros pasajes, tiendo a creer que Aquel que vive es Padre de Aquel que resucitó entre los muertos.

Despojarse de las ropas es librarse de los supérfluo, de aquello que estorba, de todas las capas que producen dolor, pudor, que impide transpirar nuestra verdadera identidad. Conforme crecemos en la mundo vamos vistiéndonos cada vez más, una capa de esto, una capa de aquello, y al final es tal la carga que no podemos ni andar. Mientras no nos damos cuenta de lo que soportamos no sentimos vergüenza, creemos que es lo natural, lo normal, la lógica, la ortodoxia; pero cuando despertamos  y miramos lo que portamos, sentimos el pudor de estar de ese modo, lo cual es positivo puesto que nos obligamos a cambiar. Desvestirnos es el siguiente paso, buscando la desnudez, la pureza, la esencia, la transparencia, el brillo de nuestra alma. Entonces, desvestidos, libre de aquello que nos producía tántos males y sufrimientos, nos mostramos ante Aquel tal como somos, hijos del que vive, reconocidos por Él como tales. Pisamos entonces nuestras ropas, en señal de rechazo: me he desvestido y no quiero volver a vestirme. En el acto final de esta obra, perdemos el temor, palabra, acepción que guarda el verdadero secreto del pasaje. ¿Qué es “perder el temor”?

Vivir con miedo es horrible, nos demos cuenta o no de lo horrible que es, seamos o no consciente del miedo que tenemos. Lo tememos todo: perder el trabajo, perder el honor, la fama, el dinero, la salud, perder en definitiva, nos da miedo y vivimos con el miedo de perder, de perder lo que apreciamos, y más aún, de no encontrar lo que buscamos o deseamos; es miedo, pánico, temor pegado en las carnes, como aquellas vestiduras descritas, porque no solamente nos vestimos de vergüenza, también de miedo. La paz es la que nos trae el fin del miedo, la paz sosegada, cuando no tenemos nada que temer, cuando el lastre de toda la roña que debe avergonzarnos y nos avergüenza, queda fulminada bajo nuestros pies descalzos. Sí, pies descalzos, mirada clara y corazón desnudo, verbos, sustantivos y adjetivos que debieran ser nuestros objetivos.

No me canso de repetir, en todos los post que puedo: la humildad es la que nos acercará, la que hará que lleguemos a sentir la paz. Es una paz eterna, porque el pasaje habla de muerte, pero no una muerte que llena cementerios de ladrillos, sino una muerte que destruye el hombre viejo para hacer renacer un hombre nuevo, la muerte del hombre vestido para que renazca, resucite, un hombre desnudo, un uno con Aquel que vive; porque disfrazados no somos reconocidos, pero mostrándonos como realmente somos en esencia sí seremos reconocidos.

Sé que este tipo de lenguaje es difícil de entender, del mismo modo es tremendamente agotador intentar hacerlo comprender, explicarlo, porque al margen de evangelios, de incluso creer en Aquel que vive, hay ciertas pautas que se deben cumplir y ciertos caminos que se deben recorrer para que podamos evolucionar espiritualmente. Espero haber cumplido hoy mi misión de explicar lo que siento, lo que osadamente creo conocer.

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Acerca de joluvero

Nací en Sevilla, en 1972, y resido en Las Cabezas de San Juan. Soy esposo, padre de tres niños, trabajador en una farmacia, profesión que compagino con mi afición a escribir. Escribo novelas, relatos, poesía, ensayo, todo desde un punto de vista espiritual y profundo, dándole a mis obras incluso varias lecturas paralelas. Me gusta hacer senderismo, andar por el campo, por el bosque, me gusta leer, escuchar música. Me gusta el misterio, lo paranormal, lo oculto, etc.
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