Ángeles y demonios del interior

Por estas extrañas, pero buscadas, coincidencias, estoy estudiando historia del arte e historia del mundo contemporáneo, a mi modesta altura y comprensión, que no es mucha. Y me asombro de ver, de leer, de saber, que esa misma especie que es capaz de crear tan bellas catedrales, tan magníficas pinturas, tan extraordinarias melodías, es la misma de hacer dos guerras mundiales, de crear bombas atómicas, de construir campos de concentración, de fusilar a su propia familia, de violar mujeres y reventar niños. Da que pensar que sea la misma especie, que tal vez antes de lanzar un misil sobre una población sea capaz de emocionarse con Bach, o que después de temblar de rubor ante una pieza de Brahms pueda matar a un ser humano o algo con vida. No me cabe en la cabeza, aunque entiendo que es así, que el ser humano tiene en su interior todos los demonios del infierno a la vez que todos los ángeles del cielo, y que unas veces afloran unos y otras veces los otros. Extraña raza.

Tal vez no haya santos perfectos, ni malos perfectos, tal vez es un cúmulo de actos los que determinan qué somos más. El propio Hitler, estereotipo de maldad, era capaz de emocionarse con Wagner, que digan lo que digan los que odian (y con motivos) a los nazis, era un compositor muy bueno, un gran músico. ¿Puede un hombre sensible hacer cosas malas? ¿Puede un hombre rudo hacer cosas buenas? ¿Está en las sencillez más absoluta la más absoluta belleza? ¿Puede la belleza conducir al horror? ¿Puede haber una bondad sesgada? Son muchas preguntas de este estilo. Hasta un hombre malo es capaz de dar cosas buenas a sus hijos. Pero hay tántos puntos de vistas, tántas clases de personas, tántas formas de expresar los sentimientos… El autor del Pijama a Rayas, con su genial nóvela, muestra a un padre bueno que era el director de un campo de exterminio, una narración mezcla de inocencia y de locura, de sinsentidos, de sueños rotos, de pesadillas reales… La Lista de Schindler es otro ejemplo. Pero no hay que centrarse en el ambiente nazi y en el exterminio judío. En otras guerras, en otras contiendas, en otras persecuciones, en otras catástrofes, el ser humano a sacado lo peor de sí y lo mejor de sí, incluso en la misma persona ambas cosas. ¿De qué madera estamos hechos? Creo que en los grandes acontecimientos es donde sale a relucir lo que realmente pesa en nosotros.

Yo tengo mis respuestas a preguntas como estas, y aunque equivocado puede que esté, sé los entresijos del corazón humano, porque al examinar mi alma veo la condición humana, y todos somos así. No puedo creer que en lo más profundo del más horrible asesino no hay un rescordo de amor, quizás gritando salir, quizás enterrado entre millones de toneladas de rencor. Me cuesta creer, asimismo, que la profundidad más absoluta de un santo no haya un hueco para la ira, para la lujuria, para el rencor, quizás machacado por millones de toneladas de buenas acciones, de amor, de bondad. Por los frutos los conoceréis, será que al final solamente cuenta lo que hemos hecho, no lo que somos capaces de hacer; porque todos somos capaces de hacer las cosas horribles que vemos y las cosas maravillosas que comprobamos.

Conociendo estas cosas no es de extrañar que tengamos que pedir el perdón de nuestras deudas, a la misma vez que perdonamos a nuestros deudores. Pero, ¡es tan difícil perdonar! Lo es, y lo es porque nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos, nos cuesta porque la ceguera del rencor no nos deja ver más allá del sufrimiento. No podemos encontrar la paz en nuestro corazón porque el perdón no es sincero, porque la mansedumbre no está en nuestra alma. Nos falta la humildad, esta mágica virtud tan imposible obtener.

Hoy voy a bajar la cabeza y voy a pedir perdón, a Dios tal vez, a mí mismo seguro. Será un primer paso para poder perdonarme a mí mismo. No sé si seré lo suficientemente humilde como para pedir perdón a otros, quizás se me debieran de abrir los ojos para ver a quién ofendí, que de seguro fue a muchos; porque esta es otra cuestión, la capacidad de ver el daño es primordial para enmendarlo.

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Acerca de joluvero

Nací en Sevilla, en 1972, y resido en Las Cabezas de San Juan. Soy esposo, padre de tres niños, trabajador en una farmacia, profesión que compagino con mi afición a escribir. Escribo novelas, relatos, poesía, ensayo, todo desde un punto de vista espiritual y profundo, dándole a mis obras incluso varias lecturas paralelas. Me gusta hacer senderismo, andar por el campo, por el bosque, me gusta leer, escuchar música. Me gusta el misterio, lo paranormal, lo oculto, etc.
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