La violencia

Vivimos en una sociedad violenta. En todas partes, en cualquier sustrato social, en cualquier ambiente, la violencia explícita e implícita brillan en esplendor. No hace falta irse a verlo a un campo de batalla, en la cola de la pescadería ya triunfa, en la palabras de las gentes, en la mirada de muchos, en los silencios de unos cuantos. La gente está llena de frustraciones, miedos, rencores, envidias, celos… y todo ello les produce un carácter violento, a veces poco distinguible, a veces confundido entre una maraña de contenciones sociales o morales, que explotan cuando menos espera. Violencia y ceguera, la de la ignorancia, pero no la ignorancia del simple, del que es campechano y tiene poca ciencia, sino la ignorancia del que se cree valedor, inteligente, con razón. Esta ignorancia del orgulloso es terrible, carga de odio y violencia todo aquello contra todo aquello que es diferente o que le discute o que no agacha bajo su ego. Es la violencia una prueba de falta de humildad, de un ego hinchado.

El mundo respira violencia, transmite violencia, contagia violencia. Está lleno de guerras y conflictos armados, que es como gustan llamarlo ahora. El mundo está lleno de gente que en sus trabajos, en sus facultades, en sus escuelas, en sus deportes, en los centros comerciales, en la calle, en sus iglesias, en sus mítines, en sus decisiones, están cargados de violencia. Violencia en arrebato, violencia en ataques, y violencia enquistada, como una peste y contagiosa habitualmente.

Desde pequeños nos enseñan a ser los mejores en todo, a que debemos ser los primeros y ganar, a competir, a creernos los halagos de la familia… Nos convierten en máquinas de rivalidad. Buscan y nos obligan a que tengamos las mejores notas, las mejores estadísticas. Nuestros padres nos defienden a capa y espada, aunque no tengamos razón, y que siempre la culpa es de otro. Luego se extrañan del comportamiento que los niños tienen de adulto. Matan a sus mujeres y se dicen a sí mismos: ella se lo ha buscado, es por su culpa. Le pega una paliza a un forofo del equipo rival: él se lo ha buscado, es por su culpa. Abandona a sus padres en un asilo: ellos se lo han buscado, es por su culpa. Mata a un perro que no sirve: él se lo ha buscado, es por su culpa. Bombardea una ciudad extranjera: ellos se lo han buscado, es por su culpa. Excusas, excusas, y nada más que excusas, para intentar tapar el odio, la violencia que los corroe por dentro, pero que no intentarán quitarse jamás porque no la ven, no saben que la tienen o porque la justifican. En los trabajos hay mucha violencia, todo el mundo es tu rival, te quiere quitar tu puesto o se va a quedar con algo tuyo. Esos anglicismos nuevos, como mobbing, bullyng, etc. no son más que definiciones de la violencia proyectada, del odio, del rencor, de la ignorancia, es el acoso, que existe dentro del ser humano y proyecta.

Hay varios aspectos de la personalidad humana, que por morbosidad, está elevada a los altares de este siglo, qué digo, de este milenio: el sexo y la violencia. Es como si estas facetas despertara el depredador que llevamos dentro, el cual por la evolución espiritual jamás debiera salir; pero que sale cotidiánamente. Son esclavos de las pasiones. ¿Quién puede rechazar una afrenta o una ofensa o un desaire o algo peor sin usar la violencia? El poner la otra mejilla no va con el ser humano.

Sin embargo, no es que no sea capaz de amar, puede amar, pero le cuesta mucho hacerlo. Amar es tan sencillo que la complicada mente humana la analiza como imposible, por increible. No sabe amar, es la conclusión, y necesita ser enseñado, para lo cual se debe dejar enseñar, y he ahí la dificultad, que no se deja. Antes debe desterrar toda la mierda que lleva dentro y una vez limpio dejarse llenar por el amor. El amor es contagioso, más que la violencia, más que nada en el mundo, pero para ello el amador debe saber amar y el amado debe dejarse, para lo que necesitará la humildad. Por ello le pido a Dios que me dé humildad para dejarme ser amado y me enseñe a amar, para poder liberar a mis hermanos de las ataduras de la violencia, del odio y de la ignorancia.

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Acerca de joluvero

Nací en Sevilla, en 1972, y resido en Las Cabezas de San Juan. Soy esposo, padre de tres niños, trabajador en una farmacia, profesión que compagino con mi afición a escribir. Escribo novelas, relatos, poesía, ensayo, todo desde un punto de vista espiritual y profundo, dándole a mis obras incluso varias lecturas paralelas. Me gusta hacer senderismo, andar por el campo, por el bosque, me gusta leer, escuchar música. Me gusta el misterio, lo paranormal, lo oculto, etc.
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