Salto de Fe y las razones del corazón

Dice el matemático y filósofo Pascal que el corazón tiene razones que la razón no entiende o desconoce. He recordado esta cita al pensar en lo que tenía que escribir. Estaba pensando en cómo la razón tiene sus límites y que lo que queda después es un puro acto de fe. No una fe sustentada por creencias o conocimientos o religión, es más bien todo lo contrario, es una fe sin sustento, tan pura que está vacía de contenido, de razón, de lógica, de conocimiento. Esa fe grande, que bien podría comenzarla por mayúsculas, pudiera tener contenido, pero como está fuera de toda lógica actual, humana, podríamos considerarla como vacía de nuestras formas de entendimiento, juicio y ciencia.

Muchos consideran la fe como la creencia en algo que no necesariamente se tiene pruebas empíricas, exactas, precisas. Es una fe producto de una decisión por tradición, como una aceptación de que “mentes superiores” saben lo que dictan y escriben y que por ello debemos aceptar sin rechistar demasiado. ¿Qué pruebas tenemos de que Moisés abriera el Mar Rojo como si fuera un tajo en un flan? Que yo sepa no hay pruebas científicas, más aún, la lógica apoyada en las leyes de la física dictaminan que tal como se presenta en el Éxodo es un imposible, un disparate. Creer entonces en esa acción de Moisés se convierte en un acto de fe, pues se acepta como cierta la Biblia y por lo tanto todo lo que se narra en el Libro. No digo con esto que separar los mares no ocurriese, lo que digo es que en el caso de que sucediera tendría que tener una explicación que se escapa a la lógica actual y que probablemente se escapase a la lógica de entonces o bien fue una cosa exagerada o inventada. Esa fe se sostiene, pues, en una creencia, sacada de la Biblia o de la tradición sagrada o de la religión, pero no en una Fe pura. La Fe pura es como el agua limpia y cristalina, que con ella se puede hacer de todo, convertirse en muchas cosas. Creer en la división del Mar Rojo es como creer que el zumo de naranja hidrata. Claro que hidrata, pero no es la naranja, es el agua que está presente en la naranja. Pero hablar de esta agua cristalina a los bebedores de zumos es anatema, herejía. ¿En qué se apoyan los bebedores de zumos? En que la Biblia está llena de referencias de naranjas, piñas y manzanas. Pero obvian lo esencial, que es el agua.

Todo esto parece paradójico, y pudiera ser que sí, parecerlo y serlo; probablemente. La Fe, la pura, no tiene el respaldo de la creencia, ni de naranjas, se queda sola en la molécula de agua. La fe tradicional, la que todos conocemos y padecemos, tiene un largo equipaje detrás, los creyentes están convencidos o casi convencidos de sus creencias, imposibles de sustentar con la ciencia y la lógica, pero ahí están, felices por ello o sufriendo felices o felizmente sufriendo. La Fe pura está vacía de esto, no tiene contento, no hay convencimiento, no hay creencia de nada ni en nada, si acaso existe una minúscula porción de esperanza o ni eso.

Como sé que esta siendo difícil de explicar y de entender quizás, voy a ilustrarlo con una historia.

“Dos hombres se encuentran al filo de una peligroso acantilado, uno al lado de otro. Ambos se miran, se saludan, y luego corrigen la mirada y observan el mar profundo, las peligrosas rocas. Uno va vestido de azul, con unas ropas hermosas, brillantes, huele bien, tiene brillo en los ojos. El otro lleva una ropa marrón, sucia, rota, los ojos están apagados, lejanos, huele mal.

-¿Cómo has llegado hasta aquí y con esas pintas? -le pregunta el de azul al de marrón.
-No lo sé -le contesta.
-Yo, sabes, he recorrido un largo camino, soy maestro en muchas escuelas esotéricas, un gran profeta, lleno de santidad, adorado por todos, he hecho milagros, habrás oído hablar de mí casi seguro, tengo muchos premios y condecoraciones por mis actos valerosos y mi caridad.
-No sé quién eres, lo siento.
-Raro, ¿y tú quién eres?
-Nadie -dice el de marrón mientras mira hacia atrás y hacia delante.
-¿Y qué haces aquí?
-No lo sé. Bueno, sé que ya no puedo ir hacia atrás, que no me queda más remedio que dar pasos en esa dirección -señala el mar.
-Pues yo sé que voy a la Gloria, que Dios me espera. He recibido un mensaje de que debo estar aquí y saltar. Me esperan grandes cosas.
-Yo no sé qué me espera.
-Entonces, ¿en qué crees, qué merito tienes?
-No creo en nada, no sé nada, no tengo nada.
-Ya -mira los harapos del de marrón.

Ambos se quedan en silencio un largo rato hasta que el de azul habla.
-Voy a saltar, esta noche estaré con Dios -y salta al vacío.
El de marrón ve como revienta su cuerpo entre las rocas y como el mar, con sus estrepitosas olas, lo engulle como un cocodrilo a una gallina. Siente algo de miedo, pero de inmediato deja de tener terror, también deja de tener esperanzas, deja de pensar y se lanza al vacío”.

El segundo en saltar es el de la Fe pura, pues hace lo que debe hacer sin creencias algunas. Y no tiene creencias porque fuera ateo o un ignorante o un loco, bueno, un Loco sí, uno especial. No tiene creencias porque ya antes creyó en todo, lo supo todo, lo sintió y lo experimentó todo, de ahí que tuviera las vestiduras en esas condiciones. Olvidó el motivo de estar allí porque tuvo que desaprender todo lo aprendido, porque tuvo que descreer todo lo creído, porque tuvo que ignorar todo lo conocido. Sí llegó al momento extremo de conocer un último conocimiento antes de saltar, que Dios, por llamarlo de algún modo, era imposible de conocer, pero que contra toda lógica sentía su presencia, su existencia, y que estaba en todo, en él mismo, en el desgraciado de azul también. Supo en ese último momento que todo fue innecesariamente necesario o necesariamente innecesario. Sin su recorrido no podría estar allí. Segundos antes de saltar también perdió ese conocimiento, lo desaprendió y se quedó vacío, sin nada. A ese momento lo llamo yo el Salto de Fe.

Es fácil saltar cuando creemos en algo, es fácil estar motivados por la recompensa de un Cielo o por el miedo a un Infierno. Es un hito de héroes, de hombres de auténtica Fe saltar sin creencias, sin temores, sin amores.

La razón tiene sus límites: la razón de la ciencia y la razón de las creencias, la razón exacta y la razón mística. Hay un momento que no se puede avanzar más con ella. La fe tradicional está sujeta en la razón también, por muy rara e imposible que sea. Llegado el momento nada tendrá sentido, nada podrá ser visto ni juzgado ni valorado ni razonado, solamente quedará una “última” y “desesperada” acción sin sentido, que solamente los humildes de corazón podrán hacer. A todos nos llegará al final del Camino un acantilado. Ambos hombres estaban en el mismo acantilado, ambos probablemente reventasen sus cuerpos, pero uno llegó en un momento de su vida distinto al otro. Uno volvería a la casilla de salida, hasta llegar un día con la ropa raída y sucia como el otro. Y el otro, bueno, el otro es un misterio que nadie sabe.

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Acerca de joluvero

Nací en Sevilla, en 1972, y resido en Las Cabezas de San Juan. Soy esposo, padre de tres niños, trabajador en una farmacia, profesión que compagino con mi afición a escribir. Escribo novelas, relatos, poesía, ensayo, todo desde un punto de vista espiritual y profundo, dándole a mis obras incluso varias lecturas paralelas. Me gusta hacer senderismo, andar por el campo, por el bosque, me gusta leer, escuchar música. Me gusta el misterio, lo paranormal, lo oculto, etc.
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