Día de mar y sueños

El mar, ese mar que da de comer a tantos… Leí en una ocasión que en tiempos de sequía, un pueblo costero granadino se quedó sin granos y no pudo alimentar tampoco a la ganadería, por lo que el único sustento le vino del mar. La mar o el mar, nunca he tenido claro cómo llamarla o llamarlo, dicen que si eres marinero o vives del mar es la mar, y si no, que te beneficias como todo el mundo pero no vives ni trabajas por esos lugares, entonces es el mar. Pasa como con el calor, que si lo sufres o la sufres y eres de Andalucía, entonces es “la calor”, para el resto de transeúntes y sufridores es el calor. Calor y mar van de la mano en el verano. La brisa marina ayuda a soportar la canícula. Si tienes tiempo, y dinero para tener tiempo, puedes hacerte un Verano Azul antes que cante un gallo, de lo contrario tendrás que correr con la nevera, la sombrilla y la tortilla española condimentada de fina arena playera. La calor y la mar van de la mano, sí señor, y el sol, el despiadado y bendito sol tiene la manía de quemar a los incautos, a esos señores que no suelen ponerse protección solar porque no saben que el astro rey te pone rojo como una gamba o negro como un tizón.

El mar tiene vericuetos, entresijos, fascinación, peligros. No es que los tiburones salten sobre ti o los piratas te aborden al primer chasquido, gritando ¡al abordaje!, ¡dadnos los móviles y la crema solar! El mar, ironía a parte, es una madre que nos ama y a la vez una mala perra sin escrúpulos, quizás nada de esto o quizás más aún. Tal vez sea totalmente imparcial y ecuánime, quizás somos nosotros los que achaquemos emociones al mar, cuando en realidad ni siente ni padece, pues el mar es solo eso: la mar.

Aquel mar, el Mar Mediterráneo escupió una persona o tal vez la trasladó con cortesía y santa devoción a la orilla, a la playa de incautos bañistas y gambas rojas. Él sí era negro como el tizón, de nacimiento, aunque su ropa era azul, tan azul como un cielo abierto de par en par y de marca deportiva, probablemente de segunda mano o de imitación. Alrededor de la cintura una cartera sujeta con cinta adhesiva y dentro de la cartera algunas monedas, papeles varios y un documento identificativo. De Mauritania, dijo el socorrista de la playa, aunque el resto ni oyeron lo que decía con el ruido del tumulto. La mayoría se acercaban para ver un cadáver, pues la verdad, no ves un muerto todos los días. Las autoridades tardaron en hacer acto de presencia y acordonar el sitio, aunque tardaron muy poco en hacer el levantamiento de cadáver y trasladarlo a no sé dónde. Ya fue la comidilla del día, de los que estaban cerca, porque el grueso de bañistas y gambas rojas ni se inmutaron, continuando con el juego de cartas, de pelotas, comiendo tortilla de arena fina.

Ahmed, 20 años, un cabeza loca para su familia probablemente, posiblemente un héroe para sus amigos. 20 años en Mauritania es como 40 en España o 60 en Japón, ya son personas que se han enfrentado a mucho, muchas veces. Jóvenes que han sufrido esclavitud social, hambre, tropelías de todos los colores. Tendría una novia, y como tantas novias de la zona, habrá sufrido mutilación genital, por estar donde estaba, como sufren millones de mujeres los avatares de la guerra, de la religión mal practicada, de las costumbres arcaicas…

El dulce sueño europeo se desvaneció al instante, en el preciso instante que un malasangre lo arrojó al mar desde la lancha, para que llegase a nado a la costa, pues el traficante de personas, un ser despreciable, sin escrúpulos, no le preguntaría si sabía nadar, no le diría que tendría que llegar a la costa flotando con un chaleco salvavidas roto, gastado; tampoco le comunicaría que la mitad del peaje lo tendría que pagar con esclavitud en Europa, si sobrevivía, por supuesto. El dulce sueño de llevarse a su novia, de sacar a su familia de aquel infierno, se perdió en un segundo.

Mirando el mar, las olas que se postran en la orilla, las cometas que vuelan, los surfistas a lo lejos, me pregunté a mi mismo por la madre de ese chaval, que qué haría si nadie supiese de él en años. Me pregunté por las leyes de inmigración, las de asilo. Me pregunté por el mundo, por su perversión, por sus tradiciones. Me pregunté el motivo por el que se arroja a una persona, no solamente de una embarcación, sino de un país entero. Una dura patada en las costillas de la razón y de la paz, haciendo añicos a jóvenes, a niños, haciendo que mueran cinco mil en mi amado mar. La mar, esa mar que ya es un cementerio y una vergüenza para todos.

Cogí la sombrilla, la hamaca, mis pensamientos y me fui de allí despotricando: me había quedado sin batería.

 

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Acerca de joluvero

Nací en Sevilla, en 1972, y resido en Las Cabezas de San Juan. Soy esposo, padre de tres niños, trabajador en una farmacia, profesión que compagino con mi afición a escribir. Escribo novelas, relatos, poesía, ensayo, todo desde un punto de vista espiritual y profundo, dándole a mis obras incluso varias lecturas paralelas. Me gusta hacer senderismo, andar por el campo, por el bosque, me gusta leer, escuchar música. Me gusta el misterio, lo paranormal, lo oculto, etc.
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