Entre sentidos y perlas

Es ridículo limitar nuestra percepción del mundo, del entorno, de nosotros mismos también, a los pocos sentidos físicos, incluso a los abstractos junguianos de sensación, intuición, emoción y pensamiento. Hay otra forma de percepción, de conexión me atrevería a decir, con el mundo, con las profundidades de nuestra psique, con la “realidad”, una forma que pudieran ser muchas, pues está libre de clasificación… Quien ha experimentado ese “nuevo sentido” sabe lo que intento decir. Es… ¿cómo decirlo? Se ven los olores, por ejemplo, y se oye el tacto, y se perciben las cosas como si vieras el código fuente, a lo Matrix.

Estamos acostumbrados a percibir con los sentidos, los cuales están limitados a su función más estricta, como que la nariz huele los olores, pero yendo más allá es una limitación que no tiene por qué existir. La persona que logra encontrar una unificación dentro de sí, una iluminación, un trascender de todo, puede percibir un objeto de mil maneras distintas, hasta tal punto que podría percibir con todos los sentidos conocidos, transcendidos, y otros desconocidos.

A saber lo que sentiría, vería, Buda al alcanzar la iluminación, hasta los verbos sentir, ver, pudieran ser incorrectos, como que habría que inventar nuevos verbos. Son en momentos como esos en los que las palabras, la gramática, carece de sentido y todo se vuelve silencioso, como el que quiere guardar un secreto, pero que más que secreto es imposibilidad real de poder transmitir lo experimentado. Buda (por decir Buda) podría informar poco o nada, pues lo que viviese superaría todo lo conocido, todo lo clasificable. ¿Cómo podrías comunicar a alguien a que sabe una ráfaga de luz?, ¿cómo comunicar que puedes ver decenas de dimensiones un objeto que todo el mundo ve en tres?, ¿cómo comunicar que puedes tener recuerdos del futuro? Hay cosas que superan todo conocimiento, toda intención de aprender, todo lo que conocemos… Ante estas cosas, ¿qué queda? Silencio, mucho silencio. Y en el caso de seguir vivos en este mundo y no tener la gracia de un poeta o ser “tartamudo” cometer miles de errores al transmitir. El caso del sabio que no sabe enseñar. Muchas veces ocurre que el que enseña, transmite, no ha experimentado ese estado búdico, sino que aprende de quién lo ha hecho. Entonces hay que reconocer que el discípulo tiene un don especial del que carece el maestro, como que es capaz de escuchar, comprender y transmitir, sobre todo transmitir. El maestro supremo se queda en silencio, mucho silencio, y es el alumno el que roba del maestro el conocimiento. Una especie de Prometeo que roba el fuego de los dioses para dárselo a los mortales. Un don, sí señor, es el que tiene el buen alumno que reconoce al maestro y es capaz de sonsacarle el conocimiento.

La parábola de Jesús sobre las perlas y los puercos viene como anillo al dedo. Un cerdo no sabe qué hacer con las perlas, lo de siempre, eso sí: pisarlas, revolcarse encima, y como no son comestibles se quedan entre la inmundicia enterrada. Hermosas y ricas perlas enterradas en la mierda, esto tiene casi más significado que la propia parábola. El sabio da sus perlas, con palabras, hechos, suspiros… y la gente común no sabe qué hacer con esas perlas, con esa información, con esa sabiduría, por eso la desechan y las ignoran. Luego un buen buscador, un alumno, encuentra entre la basura del mundo, en lo más profundo del ser humano, donde mora la inmundicia, la podredumbre, esas perlas ignoradas por todos. Es así como el buscador se hace alumno del maestro, rescatando las perlas del fondo del retrete humano. Muchas veces se preguntará el alumno cómo es que nadie se ha dado cuenta de esa hermosura. Muchas otros alumnos perderán el norte y pensarán que el resto de seres humanos son inmorales, indignos, por rechazar esas joyas, y es que no se da cuenta que es inmundicia es de todos y que las perlas solo tienen sentido estando en ellas, en ser rescatadas en ellas. Son las cimientes crísticas, búdicas, divinas, que hacen crecer a los alumnos. Todos estamos destinados a ser alumnos. El alumno verá el brillo de la perla y averiguará lo qué es. Es un buscador que cuando encuentra sigue buscando el significado de lo hallado.

Esto me recuerda al Tarot, como el El Mago recoge el testigo de El Loco después de que este haya recorrido toda la baraja. El Loco fue El Mago al principio de su carrera, cuando fue un buscador. Cuando el alumno llega al final de su periplo, de su viaje del héroe, se encuentra con el sin-sentido o con la locura. Lo que experimenta no puede ser comunicado, pero El Mago sabe rescatar esas perlas que se le caen y comienza de nuevo el ciclo. El Loco, ese Neo de Matrix que va en busca de gente a la que despertar después de haber despertado él por otro loco: Morfeo.

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Acerca de joluvero

Nací en Sevilla, en 1972, y resido en Las Cabezas de San Juan. Soy esposo, padre de tres niños, trabajador en una farmacia, profesión que compagino con mi afición a escribir. Escribo novelas, relatos, poesía, ensayo, todo desde un punto de vista espiritual y profundo, dándole a mis obras incluso varias lecturas paralelas. Me gusta hacer senderismo, andar por el campo, por el bosque, me gusta leer, escuchar música. Me gusta el misterio, lo paranormal, lo oculto, etc.
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