Salto de Fe y las razones del corazón

Dice el matemático y filósofo Pascal que el corazón tiene razones que la razón no entiende o desconoce. He recordado esta cita al pensar en lo que tenía que escribir. Estaba pensando en cómo la razón tiene sus límites y que lo que queda después es un puro acto de fe. No una fe sustentada por creencias o conocimientos o religión, es más bien todo lo contrario, es una fe sin sustento, tan pura que está vacía de contenido, de razón, de lógica, de conocimiento. Esa fe grande, que bien podría comenzarla por mayúsculas, pudiera tener contenido, pero como está fuera de toda lógica actual, humana, podríamos considerarla como vacía de nuestras formas de entendimiento, juicio y ciencia.

Muchos consideran la fe como la creencia en algo que no necesariamente se tiene pruebas empíricas, exactas, precisas. Es una fe producto de una decisión por tradición, como una aceptación de que “mentes superiores” saben lo que dictan y escriben y que por ello debemos aceptar sin rechistar demasiado. ¿Qué pruebas tenemos de que Moisés abriera el Mar Rojo como si fuera un tajo en un flan? Que yo sepa no hay pruebas científicas, más aún, la lógica apoyada en las leyes de la física dictaminan que tal como se presenta en el Éxodo es un imposible, un disparate. Creer entonces en esa acción de Moisés se convierte en un acto de fe, pues se acepta como cierta la Biblia y por lo tanto todo lo que se narra en el Libro. No digo con esto que separar los mares no ocurriese, lo que digo es que en el caso de que sucediera tendría que tener una explicación que se escapa a la lógica actual y que probablemente se escapase a la lógica de entonces o bien fue una cosa exagerada o inventada. Esa fe se sostiene, pues, en una creencia, sacada de la Biblia o de la tradición sagrada o de la religión, pero no en una Fe pura. La Fe pura es como el agua limpia y cristalina, que con ella se puede hacer de todo, convertirse en muchas cosas. Creer en la división del Mar Rojo es como creer que el zumo de naranja hidrata. Claro que hidrata, pero no es la naranja, es el agua que está presente en la naranja. Pero hablar de esta agua cristalina a los bebedores de zumos es anatema, herejía. ¿En qué se apoyan los bebedores de zumos? En que la Biblia está llena de referencias de naranjas, piñas y manzanas. Pero obvian lo esencial, que es el agua.

Todo esto parece paradójico, y pudiera ser que sí, parecerlo y serlo; probablemente. La Fe, la pura, no tiene el respaldo de la creencia, ni de naranjas, se queda sola en la molécula de agua. La fe tradicional, la que todos conocemos y padecemos, tiene un largo equipaje detrás, los creyentes están convencidos o casi convencidos de sus creencias, imposibles de sustentar con la ciencia y la lógica, pero ahí están, felices por ello o sufriendo felices o felizmente sufriendo. La Fe pura está vacía de esto, no tiene contento, no hay convencimiento, no hay creencia de nada ni en nada, si acaso existe una minúscula porción de esperanza o ni eso.

Como sé que esta siendo difícil de explicar y de entender quizás, voy a ilustrarlo con una historia.

“Dos hombres se encuentran al filo de una peligroso acantilado, uno al lado de otro. Ambos se miran, se saludan, y luego corrigen la mirada y observan el mar profundo, las peligrosas rocas. Uno va vestido de azul, con unas ropas hermosas, brillantes, huele bien, tiene brillo en los ojos. El otro lleva una ropa marrón, sucia, rota, los ojos están apagados, lejanos, huele mal.

-¿Cómo has llegado hasta aquí y con esas pintas? -le pregunta el de azul al de marrón.
-No lo sé -le contesta.
-Yo, sabes, he recorrido un largo camino, soy maestro en muchas escuelas esotéricas, un gran profeta, lleno de santidad, adorado por todos, he hecho milagros, habrás oído hablar de mí casi seguro, tengo muchos premios y condecoraciones por mis actos valerosos y mi caridad.
-No sé quién eres, lo siento.
-Raro, ¿y tú quién eres?
-Nadie -dice el de marrón mientras mira hacia atrás y hacia delante.
-¿Y qué haces aquí?
-No lo sé. Bueno, sé que ya no puedo ir hacia atrás, que no me queda más remedio que dar pasos en esa dirección -señala el mar.
-Pues yo sé que voy a la Gloria, que Dios me espera. He recibido un mensaje de que debo estar aquí y saltar. Me esperan grandes cosas.
-Yo no sé qué me espera.
-Entonces, ¿en qué crees, qué merito tienes?
-No creo en nada, no sé nada, no tengo nada.
-Ya -mira los harapos del de marrón.

Ambos se quedan en silencio un largo rato hasta que el de azul habla.
-Voy a saltar, esta noche estaré con Dios -y salta al vacío.
El de marrón ve como revienta su cuerpo entre las rocas y como el mar, con sus estrepitosas olas, lo engulle como un cocodrilo a una gallina. Siente algo de miedo, pero de inmediato deja de tener terror, también deja de tener esperanzas, deja de pensar y se lanza al vacío”.

El segundo en saltar es el de la Fe pura, pues hace lo que debe hacer sin creencias algunas. Y no tiene creencias porque fuera ateo o un ignorante o un loco, bueno, un Loco sí, uno especial. No tiene creencias porque ya antes creyó en todo, lo supo todo, lo sintió y lo experimentó todo, de ahí que tuviera las vestiduras en esas condiciones. Olvidó el motivo de estar allí porque tuvo que desaprender todo lo aprendido, porque tuvo que descreer todo lo creído, porque tuvo que ignorar todo lo conocido. Sí llegó al momento extremo de conocer un último conocimiento antes de saltar, que Dios, por llamarlo de algún modo, era imposible de conocer, pero que contra toda lógica sentía su presencia, su existencia, y que estaba en todo, en él mismo, en el desgraciado de azul también. Supo en ese último momento que todo fue innecesariamente necesario o necesariamente innecesario. Sin su recorrido no podría estar allí. Segundos antes de saltar también perdió ese conocimiento, lo desaprendió y se quedó vacío, sin nada. A ese momento lo llamo yo el Salto de Fe.

Es fácil saltar cuando creemos en algo, es fácil estar motivados por la recompensa de un Cielo o por el miedo a un Infierno. Es un hito de héroes, de hombres de auténtica Fe saltar sin creencias, sin temores, sin amores.

La razón tiene sus límites: la razón de la ciencia y la razón de las creencias, la razón exacta y la razón mística. Hay un momento que no se puede avanzar más con ella. La fe tradicional está sujeta en la razón también, por muy rara e imposible que sea. Llegado el momento nada tendrá sentido, nada podrá ser visto ni juzgado ni valorado ni razonado, solamente quedará una “última” y “desesperada” acción sin sentido, que solamente los humildes de corazón podrán hacer. A todos nos llegará al final del Camino un acantilado. Ambos hombres estaban en el mismo acantilado, ambos probablemente reventasen sus cuerpos, pero uno llegó en un momento de su vida distinto al otro. Uno volvería a la casilla de salida, hasta llegar un día con la ropa raída y sucia como el otro. Y el otro, bueno, el otro es un misterio que nadie sabe.

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El juego de la supervivencia

En la lucha por la supervivencia, en plena faena, que es siempre, existen varias opciones, entre ellas ganar o perder; pero también otra que es rendirse. Rendirse es como perder, pero también se convierte en algo como ganar cuando te das tiempo y forma parte de una estrategia. Existe también el huir, que es como rendirse pero sin darle tiempo al enemigo a exigir sus pretensiones. En rendirse tienes la opción de aliarte al enemigo o ser su súbdito. Huir tienes la opción de volver a enfrentarte cuando estés más preparado o no ver al enemigo jamás. Cuando pierdes tienes las mismas opciones, si no mueres, de rendirte o de huir. Cuando ganas impones tu voluntad.

La vida, pues, es una lucha de supervivencia constante, con grandes batallas y pequeñas escaramuzas, con épica victorias y épicas derrotas, con honrosas huidas y huidas dolorosas, con denigrantes acuerdos, con rendiciones amables y rendiciones humillantes.

Toda esta lucha la hacemos sin darnos cuenta la mayoría de las veces. Ataque y defensa forman parte de nuestra vida diaria sin apenas apreciarlo. Derrotas, huidas, rendiciones y victorias, junto a alianzas, separaciones, etc. son nuestro pan de cada día.

Es el juego de la supervivencia y aunque nos parezca feo, malo, impropio, retrógrado, es en realidad a lo que todos, sin excepción, jugamos todos los días.

Bíblicamente hablando no es solamente un valle de lágrimas, también el mundo es un campo de batalla, un campo donde todo tipo de guerras y contiendas se dan, no solamente colectivas, también privadas, íntimas, sin sangre en la mayoría de los casos, batallas con el corazón, con la mente, que producen un valle de lágrimas.

En el juego de la supervivencia buscamos aliados para tener más posibilidades de vencer, aunque vencer no sea garantía de hacer lo correcto. Buscamos naciones, familias, grupos, clubes, asociaciones, hermandades, para tener posibilidades victoria o para desalentar a posibles enemigos. Los que huyen o se rinden suelen buscar colectivos para no sufrir más humillaciones, aunque sea imposible hacerlo.

Unas veces se gana, otras se pierde, y perder y ganar no significa nada para nuestra evolución espiritual. Hay otro camino en el juego de la supervivencia, un despertar de la conciencia que indica, que te posiciona dentro del juego, no tan solo con la ventaja del que conoce todas las formas de lucha y sus posibles resultados, sino con la dicha y disgusto de conocer de antemano el engaño al que todos estamos abocados en este valle de lágrimas.

Somos luchadores, despiertos o no, así que todos estamos con nuestras armas en ristre.

El otro camino, ese que tiene que ver con el despertar de la conciencia, con el camino del iluminado, del humilde, sera harina de otro costal o pasto de otras llamas.

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La preguntas de la vida

Dice Rudyard Kipling en un poema:

Tengo seis honestos sirvientes
(me enseñaron todo lo que sé);
sus nombres son Qué y Por qué y Cuándo
y Cómo y Dónde y Quién.

Yo añadiría un Para qué, que creo es esencial, el que más, quizás, porque es el que menos se contesta.

Cuando pasamos una etapa de nuestra vida, digamos, como mínimo incómoda, nos arrojamos dentro de nosotros mismos, ya sea para lamentarnos o para buscar soluciones, y nos hacemos preguntas. Quién, Cuándo, Dónde, Cómo son fáciles de contestar. El Quién es el afectado, supongamos que hablo de mí mismo, ese Quién sería yo. El Cuándo es el tiempo, que sin darles muchas vueltas a la física cuántica o al misticismo, el Cuándo es el ahora, ese momento que estoy viviendo, disfrutando o padeciendo, o el momento en el Qué fue contestado. El Qué es aquello que vivimos, imaginemos que tengo una jaqueca de caballo, una bestial y terrible jaqueca. El Cómo también es fácil, es la forma o manera en el que se sufre la jaqueca: “me duele aquí, es pulsátil, me ocurre cuando me preocupo mucho, etcétera”. El Dónde es el lugar: mi cabeza, en una zona geográfica y anatómica exacta. El Por qué es más difícil de contestar, pero más fácil que Para qué. Muy a menudo, dada la dificultad de contestar el Por qué, cuando se obtiene, se averigua, nos damos por satisfecho y pensamos que hemos terminado el recorrido de nuestras pesquisas. El Por qué puede ser solución momentánea, muy duradera, tal vez, para nuestra concepción del Cuándo; pero al fin de cuentas no es definitiva. El Por qué puede ser las preocupaciones del trabajo, de la familia, de una idea obsesiva, una demasía de vino, un tumor en la cabeza, una mala visión y mil cosas más que pueden producir jaquecas.

No podemos confundir el Por qué con el Para qué, ambas cosas son distintas. El Por explica el motivo de algo y el Para la finalidad de ese algo. Por qué me duele la cabeza puede explicarse con uno de sus motivos, si se descubre verdaderamente el que es, supongamos que el motivo es el trabajo. El Para qué va más allá y busca en lo más hondo de nuestra psique. ¿Para qué tengo un dolor de cabeza?, ¿qué finalidad tiene el dolor de cabeza, o un accidente, o una enfermedad, o una separación, o una pérdida? También otros sucesos tienen esa misma pregunta, aunque sean a priori positivos: ¿Para qué me casé o me fui de vacaciones o me tocó la primitiva o tuve hijos o conseguí mi diploma? El Para qué es esencial, es el que nos descubre la verdadera identidad de nuestra existencia y de los entresijos del universo que nos rodea, nos posee, nos embarga.

Qué: suceso en sí.
Por qué: motivos del suceso.
Cuándo: momento del suceso.
Cómo: forma del suceso.
Dónde: lugar del suceso.
Quién: sujeto del suceso.
Para qué: finalidad última y verdadera del suceso.

Ese dolor pulsátil de cabeza es una señal. Sé Por qué me duele, sé Cuándo, sé Dónde, sé a Quién, sé Cómo, sé Qué; pero el Para qué rebasa cualquier respuesta ortodoxa. El Para qué puede ser para que me dé cuenta que debo vivir con más tranquilidad, tomarme la vida con filosofía, sentir con más sabiduría, aprender a amar, etc. etc. Por entraña pasado, Para entraña futuro, ambos son necesarios, pues el Para sin el Por no se lograría.

Cabe preguntarse si no existirá un Para qué gigante, universal, que conteste todas nuestra dudas, que dé sentido a la existencia misma, a la Creación. Estoy convencido que sí, que a cada conciencia, sea esta individual, colectiva o universal, le corresponde sus propias interrogantes y sus propias respuestas. Contestarse el Para qué es buscar el sentido a la vida, y para ello debemos contestar las demás preguntas, sobre todo el Por qué.

Creo que sería un buen ejercicio comenzar, pese a Kipling, a tener un sirviente más en el poema: el Para qué.

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Recuerdo a un niño

Recuerdo un patio con arriate, una casa sin baldosas, una televisión en blanco y negro, un mueble bar desvencijado desde hace siglos, un techo de cañizo, unos largos pasillos, unos cables a la vista, un candil, una colchón de esponjas, unos cuadros de vírgenes, un baúl, una mecedora.

Recuerdo una calle sin asfalto, un arroyo cuesta abajo, unas noches estrelladas en verano, puertas y ventanas abiertas, lagartijas devorando mosquitos.

Recuerdo corrillos de viejas, abuelos con sus vinos, tapitas en las puertas, niños en balcones y terrazas.

Recuerdo el olor a jazmín, a claveles, a geranios, a damas de noche.

Recuerdo al desaborido de mi abuelo, al ausente de mi padre, a mi tía con sus cosas, a mi madre a todas horas; recuerdo a mi abuela con su delantal, su amabilidad, su cariño; recuerdo a mi bisabuela con su bastón, pura dulzura y comprensión.

Recuerdo a mis hermanos, a mi hermana mayor que me enseñó a rezar, a soportar los vaivenes, a mi hermano pequeño, gordito y sonrosado, y a mi hermanita que era un bebé.

Recuerdo la tele, a Jiménez del Oso, a Rodríguez de la Fuente, A José María Iñigo, a Gaby, Fofó, Miliki, Fofito y Milikito… a Curro Jiménez, el Un, Dos, Tres, Barrio Sésamo, Aplauso… y los golpes a la antena.

Recuerdo mi primera cartilla, mi primera carpeta, negra como la de un notario.

Recuerdo la monjas pasear por la calle, a la Guardia Civil en el cuartel, los matojos de la iglesia.

Recuerdo mis pantalones cortos, recuerdo mi pelado de escupidera, mi timidez.

Recuerdo con cariño, con amor, aquel que fui, a mis hermanos, a mis abuelas, al seco de mi abuelo. Recuerdo el hermano de mi abuela, con todos sus hijos, Recuerdo a mis tíos, aquel gamberrete que tanto nos quería, y al otro, a aquel que ya se fue. Recuerdo a mi tía, guapa, chillona y que se desvivía. Recuerdo a mi abuela, a la que siempre echo de menos.

Recuerdo todo.

Como un sueño parece lo vivido, lo recordado, y los años, las décadas, que sepultan todo bajo la manta de las obligaciones, de las preocupaciones, de los quehaceres, no pueden anular mi recuerdo.

Sí, recuerdo todo: un vestido, una sonrisa, un grito, una puerta, un umbral, una bombilla, una tinaja, un níspero, unos pájaros, lo que sentí, lo que viví… Recuerdo: una brisa, las estaciones, lo bueno, lo malo, lo oculto, lo dicho… Recuerdo a un niño.

 

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Profundidad de El Bosque Negro

Jacques puede ser, podría ser, cualquiera de nosotros, desde un punto de vista psicológico. Él peregrina por el mundo conocido por parajes desconocidos, se adentra en lo más hondo de sí mismo y solamente ve monstruos contra los que lucha. Su Sombra siempre le está amenazando, siempre se hace patente. Él tiene varias personas: es un cartero, alguien que lleva paquetes de un lado a otro, y además de es un mago poderoso, que tiene que descubrirse a sí mismo.

El Bosque Negro y El Libro Rojo es una novela clasificada de fantasía, de dragones y magos, pero en ese primer libro de la serie, un libro nada fácil de escribir, subyace una psicología jungiana muy fuerte, toda una filosofía. Por eso hay dos formas de leer esta historia: como un entretenimiento puro, cuyas aventuras te atrapará y tendrás ganas de más, y como una novela iniciática, donde emprenderás un camino de autodescubrimiento. Escribir un ensayo dentro de una novela es una tarea titánica. A veces he pensado que he sacrificado la narración por hacer visible lo que subyace; pero cuando lo releo entiendo que podría pasarse por alto.

Muchos leerán la novela y solamente verán las aventuras de un mago, y  esperarán con ansias una segunda parte (El Bosque Negro y El Dragón Blanco). Otros descubrirán algo más y se quedarán extasiados.

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Un combustible llamada Humildad

La humildad es el combustible con el que funciona el caminante, el peregrino que busca la verdad, el conocimiento, la redención, el perdón, la sabiduría, etc. Es el combustible que se necesita para despertar, el que se necesita para caminar por el valle sombrío, el que se necesita para adquirir conocimientos y para descartarlos.

En este tortuoso y espinoso peregrinar hacia la sabiduría, hacia el conocimiento de lo oculto y de lo patente, se corre el peligro de que el caminante se olvide de repostar, de llenar sus motores de una humildad de calidad y potente. Si llena el motor de otra cosa, por ejemplo, soberbia, vanidad, porque se cree que ha llegado a algún sitio, que por experiencias, estudios, edad, etc. es una persona importante, sabia… entonces estaría perdido aunque no fuese consciente de ello.

Muy a menudo, los que han llegado a ese punto en el que se creen que son y no son, fundan sectas, movimientos new age, religiosos, lideran formas de pensar, capitanean a gente que buscan la verdad, que van por sus propios caminos, pero que se han desviado para seguir a “maestros” de este tipo, que por supuesto, con la mejor intención casi siempre, piensan que son unos elegidos, portadores de una verdad trascendental y que están haciendo un bien a la humanidad. Los discípulos, a parte de perjudicarse a sí mismos, también aúpan al gurú al pedestal de una pseudo-divinidad, que a la larga también le perjudica.

Puedo comparar esto con aquel que lleva toda una vida luchando, buscando un tesoro, y que cuando lo encuentra no sabe qué hacer con él y comienza a malgastarlo, en vez de invertirlo y disfrutarlo con cabeza. Dice una frase evangélica que “donde está tu tesoro estará tu corazón”, y ese punto, el del maestro fallido, es una abominación para el corazón, una profanación de lo más sagrado. Si no es capaz de actuar como debe con ese tesoros, ¿qué se puede esperar de él cuando deba hacer lo impensable con ese don?

Malgastar el tesoro es como llevar una luz por medio de un túnel oscuro y conducid a la gente por donde no le corresponde o por donde solamente debiera ir él. Tal como describo en otro post, todos debemos seguir nuestro camino y portar nuestra propia antorcha. No hay maestros, y si los hay son tan humildes que se niegan a tener discípulos. Los auténticos maestros, los que de un modo u otro podrían considerarse como tales, son aquellos que tienen tanta luz que iluminan todo un camino, pero que ayuda a los demás que acrecienten su propia luz y sigan su rumbo particular.

 

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La sombra escurridiza

Este pequeño cuento o fábula formará parte algún día de un libro de cuentos y fábulas, que poco a poco estoy escribiendo, y que espero acabar antes que Anubis asome su hocico.

La Sombra Escurridiza

Había una vez una sombra que no se quedaba quieta, ni aunque su dueño estuviese dormido o atado a una estaca. Fuese cuando fuese que la sombra apareciese, la sombra no paraba, iba de un lado a otro, dando vueltas al dueño: a la derecha, a la izquierda, ahora se alarga, ahora se achica, es que no paraba.

Cansado el dueño de tan esquiva sombra quiso pagarle con su misma moneda, se montó en pleno y soleado día en un tiovivo. Al principio la sombra seguía como si tuviera el baile de San Vito, pero al poco tiempo apreció para su desgracia, que su dueño se movía más que ella. El dueño daba una vuelta, y otra, y otra, minuto tras minuto, hasta que ya no aguantó más la sombra y se agarró quieta, como una estatua, a su dueño y así estuvo hasta que terminó de dar vueltas.

Desde aquel día la sombra está cuando debe estar, y se traslada donde debe trasladarse, y su dueño estuvo contento para siempre.

Tiene su moraleja, desde dos puntos de vista. Primero, a simple vista, el punto de vista de “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”, frase célebre evangélica que pudiera redondearse o completarse con otra “haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti”. Segundo punto de vista: la sombra de nuestro cuerpo es la sombra de nuestro interior, lo que Jung llama, precisamente, la Sombra. La Sombra es nuestro espectro tenebroso, donde se guarda todo aquello que nos resulta vergonzoso, inmoral, impropio, etc. son aspectos de nuestro ser que no queremos ni nos gusta, principalmente negativos. Esa Sombra siempre nos está dando guerra, normalmente sin darnos cuenta. Cuando la persona, el ser, se da cuenta de lo que le pasa, su acción es moverse, tomar consciencia, para que la Sombra tome el puesto que debe tomar y no siga haciendo de las suyas.

 

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La sombra de tu sonrisa

La sombra de tu sonrisa aparece
desvanecida entre palabras,
palabras que van y vienen
y quien como yo no entiende,
palabras desdibujadas,
mezcladas, apabullantes,
que en lo profundo duelen.

Duelen y huelen a desafío,
a nuevos amaneceres,
y da miedo, es desafiante.

La sombra desvanecida,
desdibujada,
en palabras que van,
en palabras que vienen,
a tropel lo hacen.

¡Ah!, y yo no comprendo,
a que juegan,
cuánto valen,
pero suenan y huelen
a amor o a quién sabe.

(Abril 2016)

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Poesía y conversión

Recuerdo que de niño, de adolescente, era muy religioso, muy católico, si se compara con la mayoría de católicos de BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) y de SS (Semana Santa). Yo era practicante, de misa, de comulgar, de confesar, de creer en los dogmas de la Iglesia, en sus mandamientos. Quizás la Iglesia fue un refugio para mí, un lugar donde sentirme acogido y comprendido; pero me equivoqué. Con el tiempo fui cambiando, fui convenciéndome de que había muchas cuestiones que no me cuadraban, muchas creencias católicas que estaban fuera de la lógica. Fui experimentando la soberbia, la desmedida autoridad, la discriminación, que los ideales de la Iglesia transmitía.

Comprendí un día que Jesús y la Iglesia son dos cosas distintas, que el Evangelio era pisoteado constantemente por la Iglesia de Roma. Poco a poco me fui apartando, hasta que un día apostaté oficialmente ante notario de la Archidiócesis de Sevilla.

Vi la trampa de las creencias religiosas, no solo de las católicas, y aunque nunca dejé de ser creyente sí dejé de ser practicante. En todas y cada una de las religiones del mundo observé los mismo fallos, las mismas trampas. Eso sí, siempre respeté a los que sí practicaban, más bien todo lo contrario, me parecía respetuoso ser creyente y practicarlo, lo que no me parecía de recibo es ser de BBC y SS.

Una cosa es respeto y otra compartir. Decir que soy tolerante es mucho decir, pues no soy nadie para tolerar o no, aunque muchas creencias religiosas me parecen criminales y otras me parecen incluso positivas. Pero la cuestión no es esta. La religión en sí se ha convertido y es un freno para la evolución espiritual del ser humano. Espiritualidad y religión se enfrentan, pues la primera es pura, va a la fuente, está llena de humanidad, y la segunda presume de lo primero, está llena de normas y rituales, y está tan institucionalizada que es una auténtica aberración.

Pero como dije, fui muy católico y escribí muchas oraciones y poemas al respecto. Cuando releo la serie de Poesía Interior y me encuentro con esos poemas, me sale una sonrisa de complicidad, de cariño, como si aquel que escribió fuese otro que este que escribe ahora mismo. Una complicidad del que ha tenido una misma experiencia. Es verdad lo que decía Jesús a Nicodemo, que hay que nacer de nuevo, y aquel chiquillo era otro, un hombre viejo. Eso sí, ya apuntaba maneras y muchos poemas dudaban del status quo, se adentraba en la mística, y se veía una conversión. De otra manera no hubiera podido ser el de ahora, apostatar, si de aquellas reflexiones hechas poesía o aparente poesía, no hubieran ahondado en la verdad, mi verdad, en el mundo, mi mundo.

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El maestro y la antorcha

Un maestro es un ser que lleva una antorcha dentro de un mundo subterráneo y oscuro de laberínticos corredores y pasadizos.

Un buscador, un luchador, un guerrero, un navegante de esa oscuridad también lleva su antorcha, pero es una que ilumina menos que la antorcha del maestro. Los discípulos o buscadores se apegarán al maestro, irán a su lado. Pero el buscador debe saber que el maestro es otro buscador, con una antorcha más luminosa, pero que cada cual tiene su propio camino. Debe saber que no debe estar siempre con el maestro, que debe aspirar a que su antorcha ilumine más y no le haga falta la del otro. Debe saber que lo importante es su propia luz, que por ello no debe descuidarla y abandonarla de modo que se apague.

¿Qué pasará cuando el maestro decida ir por otro camino, un camino que no es el del discípulo? Que el discípulo tiene dos opciones: se queda solo, sin luz propia ni ajena, perdido por completo, o sigue a su maestro, aunque ese no sea su camino. Normalmente eligen seguir al maestro, pues el sufrimiento de la soledad absoluta, de la oscuridad total no la aguantan, prefieren una luz ajena, para ellos inservible, que estar sin luz.

Lo ideal hubiera sido acompañar al maestro mientras tenían el mismo trayecto y aprovechar para que su antorcha estuviera tan viva como la del otro. Pero si llega al extremo descrito es mejor caer en la oscuridad total, en la “muerte”, para poder resucitar con una luz grande y continuar su camino.

¿Cuál es el camino correcto de cada buscador? Aquel en el que la antorcha cobra vida, se ilumina más. La antorcha, al final de su viaje, iluminará tanto que parecerá de día y cuando llegue a la salida, verá que todo tiene la misma intensidad.

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La necesidad de saciar

Saciar una necesidad, sea la necesidad real o ficticia, encontrada o buscada, supone una dosis de placer. Pasar hambre y comer por ejemplo, pasar sed y beber. No hay el mismo placer en comer sin hambre y beber sin sed que cuando el hambre y la sed te acucian. En el sexo es igual, en el defecar, en el ducharse, en las adicciones a las drogas, etc. Todo aquello que requiera un malestar y sufrimiento, producto de una necesidad, conlleva un placer, una complacencia, un contento, cuando es saciado.
Esos mismos placeres de la saciedad de las necesidades, no solamente son biológicas, también hay niveles superiores, de necesidades emocionales, mentales, espirituales, que hay que saciar. Todo esto me lleva a pensar que si el malestar por una necesidad biológica es tan dura, ¿cómo será el malestar por la imposibilidad de saciar una necesidad superior? Un ejemplo pudiera ser el amor de pareja, el amor profano, que puede llegar a destruir a un ser humano, en el sentido romántico, cuando ve que no puede saciar esa necesidad amorosa, incluso aunque llegase a saciar una necesidad sexual. El sexo es en sí el sucedáneo o hermano menor del amor; muchos confunden ambas cosas y piensan y sienten que si hay sexo hay amor, el amor está un paso o dos por arriba, y el placer es mayor que el del sexo, aunque no descarte que se puede paliar ambas. Esa es la diferencia entre tener sexo y hacer el amor, por ejemplo. Lo mismo se podría decir de otras necesidades.Es como, si se piensa bien, hubiera una escala de necesidades y de paliaciones, paralelas entre sí, aunque colocadas en distintos estratos del ser humano. La necesidad espiritual, es a todas luces, la mayor de las necesidades y es, por lo consiguiente, la que mayor malestar y sufrimiento produce, y la que mayor placer dará, casi con toda seguridad porque abarcará no solamente su estrato sino todos los demás. Porque pienso que una posición superior en este binomio de necesidad-paliación abarcaría estratos inferiores.
Las necesidades superiores, la espirituales, también, al ser integrativas, abarcan necesidades inferiores y hace que el ser humano tenga multitud de necesidades, multitud de sufrimientos, y que ante la ignorancia de la verdadera magnitud de lo que sucede, busque la paliación por las zonas más bajas. En cierto modo es normal que suceda esto, pues darse cuenta de lo de arriba implicaría un camino recorrido, y ese camino llevaría a un despertar, a la búsqueda de saciar esa sed que se padece en el espíritu.

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El Santo Grial y el sentido de la vida

Buscar el sentido de la vida, hasta cierto punto es una futilidad y llegados a cierto punto es una paranoia sin sentido, sin embargo todos lo hacemos, de un modo u otro, más conscientes o menos, incluso inconscientemente. Buscar el sentido de la vida es una tarea más de nuestro organismo, de nuestra mente más bien, porque necesita comprender el por qué y el para qué, necesita sentirse vivo en la vida, necesita alejarse de la pesimista y negra sombra de la muerte, aunque muerte y vida vayan de la mano. Esa búsqueda siempre está presente, aunque no nos percatemos de su presencia. Ser animales tan avanzados, ser conscientes de nosotros mismos, de nuestras limitaciones, de nuestros sueños, de nuestra imaginación, de nuestras posibilidades, nos sitúa en una tesitura muy peliaguda en el mundo. Porque vivimos, es obvio, pero es una obviedad que escuece cuando no sabemos los motivos y cuando sentimos la plenitud de la vida misma, y vemos que somos seres mortales, que nuestros cuerpos son débiles, que acabaremos bajo tierra, bajo una lápida o en el crematorio.

Un de las defensas de nuestra mente para situarse bien en esa búsqueda, es engañar al ser humano con la sensación de haber encontrado el sentido. Ese engaño consiste en sentirse parte de un algo mayor que nosotros mismos, de un grupo, cuyas conexiones son evidentes, patentes con nuestros gustos, aficiones, reivindicaciones, físico, etc. Al sentirse compenetrados con otros, parte de otros, sentimos la vida con mayor plenitud. Esa falso hallazgo siempre ocurre en grupos mayores que el individuo, pero no ocurre a niveles universales, pues la búsqueda del sentido de la vida, ya que la vida es algo universal, debe ser universal, y eso requiere una búsqueda mayor, mayor que una etnia, mayor que una nación, mayor que una clase social, mayor que una familia, mayor que un club. La mente apacigua su frustración intentando que no busquemos más, pues si buscamos más nos sentiremos mal en esos grupos porque veremos que son excluyentes, ya que la vida, que es universal, no es excluyente. Cuando buscamos de verdad tenemos que ser conscientes de la muerte, y aceptarla como algo más, no como el final, como un proceso que vivimos.

No es que la mente sea esa perra mala que nos gobierna, el hombre es dueño de su mente, debe ser dueño de su mente, no la mente dueña del hombre. Pero al igual que nuestro organismo, se defiende, se posiciona, nos avisa, nos trastoca, enferma, pero para que nos demos cuenta y rectifiquemos, para que nos podamos sanar. Buscar el sentido de la vida es buscar el sentido de nuestra propia vida, y si no lo conseguimos vivimos en un estado depresivo. Ese estado es necesario para mirar mejor en nosotros mismos, pero ordenamos a nuestra mente huir, buscar soluciones rápidas. Esa orden es aceptada rápida, nos hace, por ejemplo, meternos en un taller de cerámica, o un club de fans, o coleccionar sellos, o jugar al tenis, etc. Y nos conformamos ahí, en esa nimiedad, teniendo una falsa sensación de satisfacción, de pertenecer a algo mayor que nosotros.
Curiosamente, cuando logramos hallar el santo grial, el del sentido de la vida, el verdadero sentido, estamos en el mayor grupo de todos, del universo completo, aunque a veces eso requiere estar solo, físicamente hablando o emocionalmente hablando. La búsqueda del santo grial requiere de heroicidad, de valentía, de sacrificio, porque casi siempre se hace solo, en los terribles abismos de nuestro interior. Pero cuando bebes del grial, cuando experimentas su poder, su esencia, nunca más te sentirá solo, porque sabes a ciencia cierta que estas con todo, en todo, que eres Todo.

¿Por qué es una futilidad, una paranoia sin sentido? Porque la búsqueda debe hacerse al revés, no debemos buscar el sentido de la vida, porque nos presentaría miles de formas falsas del sentido. Debemos rechazar lo que encontremos, siempre, porque el sentido auténtico supera cualquier cosa que seamos capaces de encontrar, debemos buscar sin querer buscar, el santo grial viene a nosotros cuando vemos que es un imposible y nos damos por vencido. Esto es difícil de explicar y de entender; pero es así.

Debemos vivir y vivir, adorar la vida y respetarla, es lo primero, eso requiere amor a nosotros mismos y a los demás, que en cierto modo son también nosotros mismos. A lo largo de nuestra vida sentiremos la necesidad de encontrar el sentido, y aparecerán muchos sucedáneos, pero deberemos rechazar esa autosatisfacción que nos conduciría al estancamiento. No quiere decir que no debamos pertenecer a grupos menores, eso quiere decir que debemos tener miras mayores, no excluyentes, pues vivir la vida requiere de amor y el amor no excluye, como la vida misma. Vivir y vivir, amar y amar, y el sentido de la vida aparecerá, dentro de nosotros. Lo sabremos cuando seamos capaces de ver lo vivo y vernos en lo vivo reflejado como en un espejo. Y si sentimos esa depresión, esa tristeza, deberemos mirar al interior y trabajar para conocernos a nosotros mismos, para colocarnos en esa situación en la que deberá colocarnos: sentirnos parte del universo.

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Somos hermanos

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Todos somos hermanos y vamos en el mismo barco, por más que nos empeñemos en pensar los contrario o en hacer oídos sordos. Y ante tal hecho, lo que nos hacemos a nosotros mismos se lo hacemos a los demás, cualquier acto tiene una repercusión directa e indirecta en el prójimo.

Por más que me esfuerzo en entender qué lleva a un ser humano a afanar, a correr como poseso por el mundo, a acumular riquezas, bienes, mi cerebro no da abasto. No comprendo que uno deba usar más de lo que necesita o guardar más de lo que requiere. No entiendo a aquellos que, gracias a su talento o a su ignorancia, se hacen ricos. En este barco, en este planeta, limitado, donde lo que hay es lo que hay, tener más significa restar. No, no, tener talento, capacidad, no nos da derecho a tener más, nos da obligación de dar más, de enseñar más, de ser buenos samaritanos, de pasar salando. Porque somos hermanos, todos, por más que queramos ignorar este hecho.

Nuestra principal obligación como hermanos es hacer todo lo posible por llevarnos bien. ¿Qué querría un buen padre? Tener a sus hijos unidos, alegres, esperanzados. Los hermanos debemos sacar lo mejor de nosotros y mostrarlo. En el corazón humano hay mucha bondad, lo sé, pero se empeña en guardarlo bajo mil capas, y nada más muestra esa parte dolida, rota, que muestra odio, rencor. En lo más hondo de todos hay bondad, aunque parezca mentira a la vista de las tragedias y de las barbaridades. Somos capaces de los mejores sueños, no solamente de las peores pesadillas. Y aunque ahora, veo y lloro, miro y me desespero, y estoy más cerca de maldecir que bendecir, de huir que de creer, sé que todavía tenemos esperanza. Creo en el ser humano, creo en mis hermanos.

La risa, las lágrimas, la sangre, la música, el arte, la heroicidad, la belleza, todo eso nos une. Somos iguales, somos hermanos, somo libres. Sí, somos eso, lo que pasa es que no lo vemos, no lo sentimos, no lo percibimos; porque necesitamos abrir los ojos y Despertar.

Despierta hermano, despierta…

 

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Extravagantes hijos de mi fantasía

Comienza el insigne y romántico poeta, Gustavo Adolfo Bécquer, en su prólogo de Rimas y Leyendas, diciendo:

“Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo”.

En la escena del mundo presento los extravagantes hijos de mi fantasía, de mi experiencia, también. Sobre una alfombra infantil, de casitas y trenes, los inmortalizo.

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Son hijos míos, forjados de adn emocional, de células del pensamiento, como si mi alma pudiera yacer con mi corazón y engendrar. Todos y cada uno de ellos con su historia, con su recorrido, con su potencial. Y encinta ando, de muchos más. Algunos están en la cuna, aún son muy jóvenes para lanzarlos a sobrevivir al despiadado mundo, otros, muchos de ellos, nonatos, pero todos están. Y estos nueve, estos que valientes y descarados, sin vergüenza pero con pudor, se presentan sobre una alfombra, cual baratillo en plazuela, cual Aladino en busca de la lámpara, son dignos hijos, con sus defectos, corregibles, con otras taras, salvables, pero al fin y al cabo sangre de mi alma y carne de mi espíritu.

Ya que he empezado con el prólogo de Bécquer, me gustaría pegarlo completo:

Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma.
Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse, al beso del sol, en flores y frutos.
Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en formidable aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por dónde salir a la luz, de entre las tinieblas en que viven. Pero, ¡ay!, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra, y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos. Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. ¡Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino!
Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término, y a éstas hay que ponerles punto.
El insomnio y la fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia disputándose los átomos de la memoria, como el escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo.
¡Andad, pues! Andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables; os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estrofa tejida con frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. Mas es imposible.
No obstante, necesito descansar; necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas henchidas venas se precipita la sangre con pletórico empuje, desahogar el cerebro, insuficiente a contener tantos absurdos.
Quedad, pues, consignados aquí como la estela nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa, como los átomos dispersos de un mundo en embrión que avienta por el aire la muerte antes que su creador haya podido pronunciar el fiat lux que separa la claridad de las sombras.
No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos en extravagante procesión pidiéndome, con gestos y contorsiones, que os saque a la vida de la realidad, del limbo en que vivís, semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse este arpa, vieja y cascada ya, se pierdan, a la vez que el instrumento, las ignoradas notas que contenía. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo, una vez vacío, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido común, que es la barrera de los sueños, comienza a flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los días y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre.
Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la muerte, sin que vengáis a ser mi pesadilla maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron en un alma que pasó por la tierra sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas.
Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje. De una hora a otra puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones más puras. No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanqui, el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasía en los desvanes del cerebro”.

 

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Actos creativos

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A lo largo de la historia, desde el Paleolítico, y con más seguridad, desde el Neolítico, la narración, el cuento, la fábula, se convirtió en el entretenimiento de la tribu, del clan, de la familia. Al mismo tiempo, a la luz del fuego, al arropo de la cueva o de la cabaña, nació el pensamiento mágico. No es de extrañar que la observación del cielo nocturno, con sus estrellas, con la Luna, y la observación de las nubes, del Sol, en el cielo diurno, junto a los cambios meteorológicos, estacionales, brindarán toda una oportunidad para unir el pensamiento mágico con la narración. Probablemente las primeras religiones nacieran en ese momento, en que lo incomprensible fue narrado y adorado.

No quiere decir que lo mágico, misterioso, extraordinario, fuesen fabulaciones y que la herencia milenaria de esas primeras muestras religiosas fueran incorrectas. El hombre busca explicación a todo, comprensión, la observación de la naturaleza invitan a buscarlo, las lagunas de ignorancia se rellenaban con fantasía. Pero eso no quita que la base sea incorrecta, sino más bien que el conocimiento humano era parco y estaba en sus inicios.

La observación dicta que el milagro de la vida, de los ciclos naturales, por muy extraordinarios que resulten, no dejan de ser naturales. Lo mismo ocurre con los dictamines de la observación de aquello que desconocemos a priori, observaciones de lo sobrenatural. El error está en las explicaciones, en las narraciones, pero no en el hecho en sí, pues no dejan de ser sobrenaturales.

Todo aquello impulsó las religiones futuras, fueron las bases de la literatura, del arte en general como expresión creadora contrarrestando la destrucción, la muerte, lo desconocido, y buscando la esencia misma del ser.

La parquedad, sencillez, de la acción creadora, artística, lejos de ser pobre, fueron las bases fundamentales, los tres colores primarios con los que se crean infinitos matices. Se puede buscar la esencia de la pintura, también de la ciencia, y por supuesto de la literatura. La narración nacería sencilla, simple, pero se convertiría en algo sin freno, lleno de matices con el tiempo. Estoy convencido, como así se busca la lengua primaria, esa única o pocas lenguas que con los milenios serían miles, la narración tendría un argumento único o muy pocos argumentos, una pequeña historia base que sería el inicio de los millones de cuentos, narraciones, relatos actuales. La poesía nacería junto a la música, la canción sería la madre de la poesía, pues la poesía son palabras con musicalidad intrínseca. Palabras con música sería canción, la fusión de la música, ese ruido armonioso, sonoro, melódico, de los primeros seres, junto a esas palabras, historias, de las primeras fabulaciones o descripciones.

En fin: música, poesía, narraciones, religión, están unidas, son frutos del árbol de la vida del ser humano. Un canto a la vida, un canto a la creación, una pataleta contra la muerte y la depresión.

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Vara de medir

Intentamos medir a todo el mundo, todas las circunstancias, con la misma vara de medir, y no nos damos cuenta que eso es injusto a la par que ridículo. Cada situación, cada persona, son únicas, excepcionales, irrepetibles, aunque en apariencia parezcan lo mismo.
La educación, por ejemplo, ¿cómo se puede valorar, juzgar, clasificar, puntuar, a todos los alumnos con la misma vara de medir? Cada alumno es distinto, aunque muchos, por la moda o por la costumbre, parezcan clones; pero son diferentes, sienten diferentes, piensan diferentes, aunque solo sea una proporción ínfima. Cada alumno es hijo de sus padre y de su madre, tiene una familia distinta, unas costumbres desiguales, un corazón, un cerebro, un alma, que calibran de un modo distinto.
¿Cómo se puede valorar igual un alumno introvertido que un alumno extrovertido?, ¿a un alumno capacitado para las artes que a otro para las matemáticas?, ¿a uno que se le da bien escuchar que a otro que se la fenomenal hablar?, ¿a uno que trabaja rápido a otro que trabaja lento? ¿Cómo se puede valorar del mismo modo a niños, adolescentes, personas, tan distintas?
En algo falla la educación cuando se ha generalizado tanto, la propia palabra currículo tiene su perversión intrínseca. ¿Qué digo o pretendo decir? Que todo está equivocado en el sistema educativo, prácticamente de raíz, con tales errores que están pasando factura al ser humano. Hablo del sistema español, pero sé que la mayoría del mundo tiene un sistema parecido, aunque en apariencia les vaya muy bien a otros países.
La primera perversión es que se educa, instruye, al niño, desde pequeño a competir; la segunda es que los preparan como trabajadores y consumidores, propio del aquelarre que viene de la Revolución Industrial; la tercera, que se omite la diferencias cualitativas de cada uno de ellos. Tales perversiones son imperdonables, como que no se les eduque para la colaboración. Examinarlos constantemente, con exámenes estandarizados para más inri, es una crueldad.
Los exámenes, sí, es una cosa que debiera dejar de existir. Entonces ¿cómo se valora a un niño o estudiante? Hay muchas formas. Los trabajos interdisciplinares, por ejemplo, donde cuenta más la colaboración, la voluntad, que los propios resultados, que los tendrá también.
Mi colegio ideal es aquel en que un maestro tiene pocos alumnos, que no está limitado por las paredes de un edificio, que enseña de manera distinta a cada uno de los alumnos, en el que competir está prohibido, y los exámenes, y los horarios rígidos, y las burocracias. Tal es así que a un alumno se le puede aprobar porque se sepa todo en matemáticas o porque se sepa poco, porque el que sabe mucho de una cosa puede saber poco de otra y viceversa. Si se conoce al alumno se sabe qué virtudes y defectos tiene, cuales son sus posibilidades, sus capacidades, y a un niño que tiene muchas capacidades intuitivas o narrativas, por ejemplo, no se le puede exigir el mismo nivel de matemáticas. No hay injusticia en aprobar a uno y a otro, lo injusto es tener la misma vara de medir para ambos.

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El viejo: maestro o decrépito

El viejo, son como dos caras de un dios dual, como un Jano, ambos son arquetipos, pudiendo ser un viejo maestro, que enseña cosas nuevas con ideas antiguas, o el viejo decrépito, incapaz de enseñar nada, atrapado en su soberbia. Al igual que Jano, cuyo mes es enero, es el mes que mira al futuro, a los otros meses, a la evolución, el mes que decidimos hacer cosas nuevas, cambiar de vida; pero enero también es ese mes frío que viene de diciembre, del anterior año, incapaz de soltar lastre. Como Jano, pues, como enero, entonces, el viejo aparece en nuestros sueños, en nuestra vigilia, y puede significar dos cosas: es un gran maestro que nos enseña el correcto camino, la verdadera sabiduría, o es ese monstruo agonizante que se aferra al ego y que con sus consejos nos destruye.
El auténtico maestro, alcanzando su madurez, no hace más que derramar su sabiduría y dejarse ir, poco a poco, para que el discípulo tome las riendas. Lo mismo del padre con sus hijos, que debe perder esa sacralización de la que es objeto para pasarle el testigo a los hijos. Pues saber soltar es tan importante como saber atrapar, debe haber un perfecto equilibrio, que requiere una fuerte dosis de humildad, para el viejo y para el joven; el primero porque debe saber soltar y el segundo porque debe saber atrapar, y para ambos, porque deben saber cuándo y cómo. Eso no quiere decir que el joven tome toda la sabiduría y sea comparable con el viejo, pues a ese joven le queda toda una trayectoria para aprender a soltar. El joven debe aprender a soltar cuando llegue a su cenit, pero antes debe aprender a atrapar.
Si en la vida nos tropezamos con la versión enferma, decrépita, cercana a la muerte, podemos confundirnos, creer que es un maestro, cuando en realidad es un alumno, discípulo de la vida, que no ha podido soltar. Pues el conocimiento, la experiencia, es como agua que si no corre te ahoga o como fuego que si no se propaga te quema, y muchos, al final de sus días, se ahogan o se queman, y esa sensación es la que traspasan a sus discípulos, a sus hijos, nietos, que terminaran reverenciándolo y viviendo equivocados con una enseñanza envenenada y errónea.
El arte de soltar, de que todo transite, transcurra, emane, es el que debemos adquirir, y los viejos, que bien han sabido hacerlo, son los que pueden ayudarnos en ello.
Soltar es quitarle importancia a la vida, perderle miedo a la muerte, tener humildad plena y sincera, conocer las virtudes de la soledad y el silencio, del recogimiento, de la navegación interior, saber mirar, no juzgar… Pero una cosa es decirlo y otra bien distinta adherir ese conocimiento a nuestro ser, que requiere años, muchos años.
En resumen: el viejo maestro nos enseñará a soltar y el viejo decrépito nos enseñará a amarrar, el primero será modesto, el segundo será soberbio, el primero será flexible y el segundo será rígido. Y el discípulo debe reconocer ante quien está presente y si su capacidad de soltar va creciendo conforme transcurre su vida.

 

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El Bosque Negro

Bueno, pues ya es un hecho, El Bosque Negro, subtitulado: El Libro Rojo, es el primer volumen de la serie Crónicas del Bosque Negro. En la actualidad estoy escribiendo, aunque muy despacio, demasiado, la segunda entrega, también titulada El Bosque Negro, pero subtitulado: El Dragón Blanco.
Es una historia típica de magos, dragones, venganzas, luchas, amor, pero con unas variantes que la hace atípica, extraña, mágica, que está escrita desde un punto de vista psicológico y místico. Por eso este libro, esta primera entrega, tiene algo especial: tiene una lectura superficial, que hará las delicias de los amantes del género, pero también tiene una lectura profunda o esotérica, que hará las delicias de los amantes de lo oculto, del conocimiento humano, de la psique, de lo profundo. Pasa un poco como en Eterno Retorno, otra de mis novelas, o como Planeta Prisión, que son como parábolas, como grandes metáforas, que encierran más que enseñan y enseñan más de lo que parece.
Quizás por ello no me gustan los lectores fáciles, aunque por favor, acercaros a leer, por muy sencillos que os creáis. Me interesa el lector comprometido, el que busca más allá de las palabras, más allá del párrafo, los que intentan buscar el sentido y el significado de las cosas. De este modo, al acabar la lectura, no solamente se dirá: “bonita y entretenida”, sino que afirmará: “he descubierto cosas de mí, sobre mí, en mí, que me han cambiado”. Puede que parezca demasiado pedante y atrevido el propósito, puede sonar altisonante y descabellado, pero es lo que creo y no sería sincero ni honesto con mis lectores sino lo confesara.

Os dejo el enlace de Amazon por si queréis descargaros el libro, u otros, buscando por autor:

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El Bosque Negro y El Libro Rojo

Pronto publicaré en Amazon mi nueva novela, que aunque fue escrita en el 2013, al igual que Eterno Retorno, es ahora cuando me animo a hacerla pública. Trata de un mensajero llamado Jacques y sus aventuras hasta convertirse en un gran mago. Hay magos, hay dragones, hay monstruos, hay batallas, hay venganzas, hay psicología, hay amor.

Mapa del libro, lugares donde trascurre la historia. He obviado los pueblos y aldeas más pequeñasMAPA_REINOS copia copia

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Eterno retorno

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El fantasma sin memoria

 

Desde el 9 de febrero hasta el sábado, podéis descargarlo gratis en Amazon.
Aunque es un relato para niños, jóvenes, lo escribí pensando en los adultos que son como niños

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Mascarada

Según la RAE:

persona.

(Del lat. persōna, máscara de actor, personaje teatral, este del etrusco phersu, y este del gr. πρόσωπον).

Persona es máscara, un antifaz, una versión adaptada de nosotros mismos que damos a la sociedad, al otro. Esa versión adaptada es la que el sujeto piensa y siente necesitar en ese momento, en esa circunstancia concreta, ante el otro u otros presentes, es la versión mejor o peor de nosotros mismos, según convenga.

Todos nosotros usamos máscaras, tenemos, tal vez, miles, si no más de ellas, una para cada relación, para cada encuentro con otra persona, con cada una de sus máscaras ajenas. Y eso no es hipocresía, ni engaño, pues siempre tenemos una máscara puesta. Muchas de esas máscaras se parecen, es como si hubiera una línea que las igualara, pero en realidad son distintas. La máscara que usamos con nuestro padre puede ser parecida a la que usamos con nuestra madre y muy parecida a la que usamos con ellos dos juntos, pero en realidad son ligeramente distintas. La máscara que usamos con nuestro hijo es parecida, tal vez, a la que usamos con otro de nuestros hijos y muy parecida a la que usamos con otro, y otro, y con todos nuestros hijos a la vez; pero son distintas. Cuando las máscaras son manifiestamente distintas nos pueden acusar de hipocresía, de engaño, de otras cosas, pero en realidad debe ser así, no porque en el fondo no seamos aquello que nos acusan, sino porque tenemos que tener una máscara para cada persona exterior y para cada grupo de personas y entra dentro de la normalidad la diferencia entre máscara y máscara, así como el parecido entre máscara y máscara si las relaciones son parecidas.

Saber crear, de manera inconsciente, por supuesto, nuevas máscaras, es signo de salud mental, de capacidad de adaptación. Crear máscaras intencionadamente sí es maquiavélico, o una representación teatral consciente, es como si a la máscara le superpusiésemos otra máscara. A ese inmenso juego y enorme abanico de antifaces le denominamos persona.

La persona, todas esas personas que somos, que representamos, se alimenta de nuestro interior, de nuestro Inconsciente, tanto el personal como el colectivo, pues ambos están entrelazados y forma uno parte del otro. Ese Inconsciente es un maremágnum de arquetipos, complejos, sueños, recuerdos, etc. Entre esas parcelas más importantes de la psique humana cabe destacar la Sombra, la cual es el abono de la persona, pues actuamos como actuamos por lo que llevamos dentro y por lo que rechazamos de nosotros mismos, que eso es lo que representa la Sombra.

Cada máscara, por ejemplo, la que te pones en la relación con tu jefe, es única, porque es máscara se alimenta del interior, que determina todo en ese juego de antifaces: cómo hablas con tu jefe, el tono, la simpatía o el odio, el respeto, el engaño, el amor, la indiferencia, y esa relación, juego de máscaras, se actualiza constantemente, aunque a grandes rasgos se pueda mantener en el tiempo. A parte de la máscara que te pones para tratar con tu jefe, hay otras máscaras que se pueden superponer, como cuando estás en situaciones distintas al trabajo: hay una máscara para con el jefe en el trabajo y otra para con el jefe en una cena de navidad; y no es que sean distintas máscaras, es la misma, la que te pones con el jefe, pero adaptada. La cuestión es que para cada relación existe una máscara, que puede ser en una relación individual o en una colectiva, y que las máscaras están siempre presentes, un paso atrás en el presente y en el consciente, salvo la que necesitamos, y que pueden estar relacionadas, contaminadas, por ejemplo: tienes la máscara puesta que llevas cuando estás con tu marido, llegas al trabajo, te pones la del trabajo, sea la del jefe o del compañero, pero la de tu marido contamina, por motivos que sea, a la del trabajo, y ese día o esos momentos, estás como perdida, no sabes cómo actuar o bien confundes, como por ejemplo tratar con ira (sin darte cuenta) a un compañero, con el que siempre tienes una máscara de cortesía, porque has discutido con tu marido.

Conforme somos más despiertos, más conscientes, hacemos más interiorizaciones, las máscaras se vuelven más igualitarias, pero cuidado con esto, una psicopatía total hace que un sujeto tenga muy pocas máscaras y que trate con todos con la misma careta, pero un gran sabio, un maestro de maestros puede llegar a lo mismo; el primero por eliminación de sus máscaras, pues su Sombra a contaminado por completo a su persona, y el segundo por igualación de su infinitas máscaras por la iluminación de su Sombra.

Lo ideal sería crear máscaras, personas, para poder tener una para cada segundo y momento de nuestras vidas, al ser tantas el Ego pierde fuerza y la empatía crece sobremanera. Teniendo tantas lo correcto sería igualarlas: misma amabilidad, misma cortesía, mismo amor. No me cabe duda que el mismo Dios tiene todas las máscaras posibles existentes pero que cada una de ellas es casi igual o exactamente igual a las otras.

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Buscar el sentido

El único objetivo que tenemos los seres humanos en esta vida es buscarle sentido, pues de lo contrario nada merecería la pena y seríamos pasto de nuestra propia grandeza, de nuestra propia evolución, machacados por el peso de nuestras emociones, de nuestros pensamientos.

Venimos al mundo, como animales no tenemos más que sobrevivir, con todo lo que ello conlleva: comer, beber, protegerse, procrear como impulso ante el miedo a no ser, a no estar. Pero tenemos un intelecto, unas emociones, que determinan todo en nuestra vida, incluso nuestra salud, incluso nuestra capacidad de supervivencia. Eso hace que si somos conscientes de nosotros mismos busquemos razones, motivos de nuestra existencia, de nuestra labor en la vida y en el mundo; y al ser conscientes no nos conformamos con el mero hecho animal, pues adquirimos trascendencia. Ahí es dónde entra la búsqueda del sentido de la vida, en que el sentido no es ya el mero hecho de vivir.

Como una pulsión, algo instintivo, todos buscan y encuentran un sentido, incluso sin tener muy desarrollado su intelecto, su espiritualidad. Es como una defensa de nuestro organismo, de nuestro ser, a no perecer bajo nuestra propia grandeza. Ese sentido puede ser loable o ridículo, y puede ser uno u otro, cambiar sin darse cuenta; pero son programas, objetivos, que hacen que el individuo viva, no quiera dejar de existir, no quiera alejarse de todo cuanto le produce placer y satisfacción.

Las almas más complejas, esos seres que entran dentro de su propia grandeza, que son conscientes de lo trascendente, puede hallarse ante la tesitura de tener mayor capacidad de encontrar el sentido, pero mayor dificultad para hacerlo. Entran, pues, en una crisis existencial, en una depresión o melancolía, que les hace ser diferente, especiales. Estos seres pueden llevarse toda una vida buscando el sentido de la vida, su sitio, su objetivo, y no encontrarlo.

Y es que el sentido de la vida tiene niveles de dificultad, como los juegos, y hallado los niveles primeros del sentido, una vez superadas, se busca uno mayor. Esa mirada a la profundidad del alma, la que te hacen entrar en esa melancolía o depresión existencial, es una búsqueda mayor de un sentido mayor; que por eso no la encuentran o al encontrarle se hallan buscando otro sentido mayor.

Es el viaje del héroe: unos se conforman y les resulta alentador y definitivo con conquistar una ciudadela; pero el héroe grande, el gran héroe, querrá conquistar el país entero o el mundo.

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La propiedad privada

Es tabú en todas pare cuestionar la propiedad privada, su adquisición, su posesión, su transferencia, etc. como si fuera un derecho inalienable al ser humano; sin embargo no lo es. El derecho inseparable del ser humano es a la vida, a la salud, a la protección, a la educación, etc. pero no a la propiedad privada. El concepto de propiedad privada está destruyendo el mundo desde hace siglos, milenios, ha hecho las guerras, los holocaustos, las hambrunas, las limpieza étnicas, las injusticias, etc. Y cuando digo propiedad privada no solo me refiero a la propiedad de bienes, de cosas, sino a la adjudicación de la verdad, creerse en propiedad de la verdad.

La cosa debiera ser así: yo no quiero un automóvil de mi propiedad, quiero el derecho al transporte; no quiero una casa a mi nombre, quiero una casa donde vivir; no quiero comprar libros o música, quiero poder acceder a los libros y a la música, etc. Es decir, abogar por el usufructo de todos los bienes y que sean propiedad de nadie. ¿Es esto comunismo? No, el comunismo puro aboga por la propiedad pública, es decir, elimina la propiedad privada que pasa a propiedad del estado. Yo abogo por eliminar la propiedad privada y la propiedad pública. Entonces, ¿de quién es la propiedad? De nadie, si acaso de la madre Tierra, de la Naturaleza. Ese melocotonero no es de nadie, pero todos pueden comer de él.

Si fuera así, como yo digo, entonces, ¿qué incentivo tendría la población para trabajar, para superarse, para conseguir objetivos, para triunfar? De nuevo nos topamos con conceptos que tanto verlos y ser aprehendidos, nos parece una herejía, una utopía o una locura cualquier otro. Si todos no tenemos nada todos tendremos todo. Yo abogo por trabajar gratis, sin cobrar, pero con el derecho facto de un hogar, de poder divertirme, tener vacaciones, estudiar, ir a un hospital, viajar, comer, etc. Si se hiciese como digo, todos tendrían trabajo y sería de poca carga diaria y semanal, y todos tendrían cualquier cosa que le hiciese falta.

Nos han enseñado que esto es imposible, pero esto lo enseñan desde arriba, desde la altas finanzas, desde el poder, porque necesitan mantener su poder sobre los demás, y nos enseñan tan bien que todos los de abajo nos matamos para que siga siendo así.

Muchos dirán que esto no puede ser porque habría caraduras que vivirían y disfrutarían de todo sin trabajar, sin esfuerzo. Pero no es así, porque llegado el momento de una sociedad de esa calidad, este tipo de personas no existirían o prácticamente serían cuatro gatos. ¿Por qué? Porque una sociedad tan avanzada necesitaría del concierto y compromiso de todos para conseguirse y mantenerse, y eso requiero años, siglos, de aprendizaje, de revolución interior.

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